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Al asumir, la semana pasada, el cargo de primer ministro de Gran Bretaña, Alexander Boris de Pfefell Johnson —más conocido simplemente como Boris—, fijó como fecha para formalizar el Brexit, o salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, el 31 de octubre próximo. Ya sea con un “Brexit salvaje”, con uno duro o idealmente uno moderado. Aunque Bruselas advirtió que no habrá cambios ni concesiones a lo negociado con la antecesora, Theresa May.

Para Johnson ha pasado mucho tiempo desde el referéndum de 2016, en que la ruptura obtuvo un 52% de apoyo electoral; razón por la cual no pueden darse más largas al asunto.

En este momento el horizonte favorece esa ruptura dura, que tendría graves consecuencias para ambas partes, pues existen muchos vínculos que no se acaban con la salida británica de la Unión Europea (UE), como los miles de trabajadores no ingleses que trabajan en Gran Bretaña y las sedes de grandes corporaciones, que tendrán que trasladarse a territorio continental. Para lograr su propósito, Johnson optó por un gabinete de euroescépticos, pero con diversidad étnica y de género, para tratar de mostrar a la “Gran Bretaña moderna”, considerando que el Ejecutivo no puede mostrar ninguna fisura para la ardua tarea a realizar. Incluso convocó a Dominic Cummings, el gestor de comunicación de la campaña por el Brexit —que hace recordar al antiguo asesor de Trump, Steve Bannon—, pues utilizó recursos de posverdad para atraer a los votantes hacia la ruptura con Europa. Durante la campaña del referéndum, Cummings promovió un anuncio publicitario indicando que el Brexit generaría grandes recursos para el sector de salud inglés. Por ello, se pueden encontrar importantes similitudes entre Johnson y Trump.

Esto resulta preocupante, pues se establecería un eje entre dos gobernantes dados a la posverdad, la verdad alternativa y las fake news. Incluso sus actividades anteriores, fuera del ámbito político, son coincidentes. Boris ha expresado que le encantaría compartir con Trump como mandatarios, y que ve un futuro “fabuloso” en las relaciones bilaterales.

El nuevo gabinete aumenta las divisiones internas en el Partido Conservador, los tories, por lo que no se puede descartar que, a mediano plazo, el nuevo primer ministro pierda la confianza del Parlamento, sobre todo en la Cámara de los Comunes, y tenga que convocar a elecciones parlamentarias. Que, si se produjeran en el escenario de un “Brexit salvaje”, el panorama no resultaría el más prometedor para la quinta economía mundial. Porque no se trata solo del Brexit, sino de los desafíos a la seguridad británica, por las tensiones con Irán, producto de las detenciones de petroleros en el estrecho de Ormuz, y la relación en asuntos de seguridad continental, sobre todo con sus dos principales socios en este campo: Alemania y Francia. Pero también, porque la economía inglesa enfrenta problemas diversos. Londres abandona la Unión Europea, pero no otros esquemas de cooperación europea, y no se puede obviar la OTAN, que en las actuales tensiones globales constituye un esquema político-militar clave.

Un punto vital en la ruptura es la deuda de 35.000 millones de Euros que Gran Bretaña mantiene con Bruselas. Sobre esto Johnson ha expresado que no se cancelará, pues el país ha hecho grandes contribuciones en el marco de los proyectos regionales.

Respecto a la UE, si se tienen en cuenta los problemas que enfrentan países como España e Italia, en términos de la estabilidad política, los cambios en el mando en Alemania con la salida de Ángela Merkel, el distanciamiento entre Berlín y París, entre otros, bien puede considerarse que se está frente a la transición entre la UE y la FE (fragmentación europea).

Pero el Brexit, en cualquiera de sus escenarios, no es solo un asunto británico o europea, sino que tendrá repercusiones a escala global, en distintos ámbitos, incluido Costa Rica. Aunque por ahora no vemos que este asunto ocupe un lograr relevante en las relaciones exteriores de la administración Alvarado Quesada (en parte porque no se conoce la agenda de política exterior del Gobierno).