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Hubo momentos de la historia en donde la Iglesia Católica Romana —al margen de los intereses políticos que le guiaban— fue promotora y gestora de conocimiento. Los monasterios, las más antiguas universidades, se desarrollaron en un contexto en el cual la Iglesia se interesaba en promover las ciencias y las artes. Si bien monopolizaba ese conocimiento, y a la vez lo empleaba para justificar su poder político, al menos lo promovía.

De aquellos tiempos, cuyo punto álgido aconteció en el medioevo, queda poco o nada. La Modernidad, el Renacimiento, la Revolución Industrial y más recientemente la Revolución Científica y Técnica han colocado a las autoridades eclesiásticas en una posición más reactiva que proactiva.

El quehacer científico no solo se ha secularizado, sino que ha producido evidencia que ha puesto en entredicho el entramado de pseudo conocimiento sobre el cual se había asentado la fe judeocristiana. La publicación de El origen de las especies (Charles Darwin, 1859) representa un hito dentro de este proceso.

Tras la aparición de nuevos datos científicos capaces de conducir a un cambio en las pautas normativas que rigen la vida social, la Iglesia no ha dejado de pronunciarse (siempre invitando a una conservación del estatus quo). Los tópicos han sido variados: anticoncepción y control de la natalidad, vacunación, anestesia, aborto y eutanasia.

Pese a la variedad de los temas referidos, —y a la vacilante, incluso posición religiosa, en algunos de ellos—  es posible advertir la presencia de un común denominador: el rechazo del poder eclesiástico a aceptar el control de las personas sobre sus propios cuerpos.

En este sentido, no es de extrañar que en nuestro país la Conferencia Episcopal, por medio del sacerdote Mauricio Granados, haya vertido una opinión desfavorable sobre el contenido del proyecto de ley 21.383.

Dicho proyecto incorpora la eutanasia activa directa, figura que actualmente carece de regulación en nuestro ordenamiento jurídico. Fue presentado por la diputada oficialista Paola Vega e ingresó en la corriente legislativa el pasado 1° de mayo.

El contenido de las declaraciones de las autoridades eclesiásticas ha producido estupor (así, por ejemplo, la falaz comparación entre la eutanasia voluntaria y las prácticas eugenésicas del nacional socialismo alemán).

En realidad, el presbítero no ha hecho otra cosa más que apegarse al libreto que, sobre este tema, la Iglesia Católica formuló hace más de treinta años y el cual se condensa en la Declaración “Iura et Bona  (Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 1980).

Eutanasia y suicidio médicamente asistido

El vocablo eutanasia proviene del griego eu (buena) y thanatos (muerte), lo cual revela que desde su misma construcción lingüística alude al buen morir. Si bien las disquisiciones filosóficas alrededor de la eutanasia son antiguas (Sénaca y Sócrates abordaron estos temas), su debate en el plano jurídico y bioético data del siglo XX.

En 1906 el estado de Ohio en los Estados Unidos aprobó una legislación autorizando la eutanasia activa (es decir, aquella en donde se induce activamente la muerte del paciente). No obstante, poco tiempo después la disposición fue anulada.

No fue sino hasta los últimos decenios del siglo pasado cuando resurgiría el debate y se incorporarían la eutanasia y el suicidio médicamente asistido en las legislaciones de diversos países.

En 1995 se aprobó la Ley de Derechos de los Enfermos Terminales en el Territorio Norte de Australia. Menos de un año después de su aprobación, el Parlamento Federal australiano anularía la ley. El suicidio médicamente asistido (en donde es el propio paciente quien pone fin a su vida cuando media un padecimiento grave e irreversible) fue aprobado en el estado de Oregón de los Estados Unidos en 1994. Este modelo sortearía diversos cuestionamientos en la vía judicial y lograría mantenerse vigente, convirtiéndose en punto de referencia para legislaciones que aparecerían con posterioridad (por ejemplo, Montana y Washington).

Pronto, otras naciones iniciaron un proceso tendiente a la apertura, algunas veces mediante gestión del Poder Legislativo, y en otras ocasiones fruto de decisiones judiciales (en este sentido resulta emblemática la decisión de la Corte Constitucional Colombiana de 1997).

¿Calidad de vida, o santidad de vida?

En un pequeño ensayo, el profesor alemán Albin Esser plantea que en el debate relacionado con el buen morir es posible advertir la existencia de dos corrientes de pensamiento.

Por un lado, existe una concepción sacra o santa de la vida. Esta tesis considera que la vida humana es valiosa per se, es decir, sin atender a ulteriores consideraciones materiales. Poco importa el hambre, la miseria o el dolor. La vida es sacra en virtud de su viabilidad desde el punto de vista biológico.

Dicha perspectiva suele hallarse al lado de valoraciones metafísicas que entienden la vida como un don asignado al hombre por parte de un ente superior (Dios), de manera tal que es indisponible para la persona. Aquí se inscribe la posición dominante de la Iglesia Católica.

De otro lado, existe una arista que entiende que la vida es valiosa en el tanto contenga un estándar mínimo de dignidad, el cual se atenúa o desaparece cuando la persona enfrenta, entre otros supuestos, un padecimiento grave e irreversible que le causa sufrimiento moral y físico. Mientras que para aquellos que sostienen un carácter sacro de la vida, esta no le pertenece al sujeto, para quienes se adscriben a una vertiente cualitativa, la autodeterminación de la persona debe prevalecer.

El retorno del humanismo y la autodeterminación como componente de la libertad personal

La frase “Dios ha muerto” se atribuye al filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Aparecida entre 1883-1884, no alude a un programa proselitista para secularizar a la población, sino que entraña una invitación a cuestionarnos la preponderancia que, desde la filosofía socrática, se ha atribuido al mundo ideal o metafísico en detrimento de la existencia terrenal.

Este universo ideal (del cual no ha existido nunca evidencia) ha servido como base epistemológica al cristianismo. La idea misma del cristianismo se basa en la premisa de un mundo “más allá” de aquel que perciben nuestros sentidos. Como es natural, ello ha sido empleado también como mecanismo de control social, especialmente en un lenguaje dirigido a aquellos menos afortunados (“bienaventurados los pobres, pues de ellos será el reino de los cielos”). Nietzsche, entonces, propone que la existencia presente, tangible, única de la cual se tiene certeza, debería ocupar nuestras vidas. Más que ocuparnos del inverificable “reino de los cielos” debemos situar la mirada en nuestra existencia terrenal.

Una muerte digna como ejercicio de la libertad

Figuras como la eutanasia y el suicido médicamente asistido, en la medida en la cual se basen en la decisión del paciente que sufre un padecimiento terminal, no riñen con las dos posiciones que hemos descrito líneas arriba.

Si alguien enfrenta un padecimiento terminal que le provoca sufrimiento físico y mental, pero cree firmemente que su vida no es disponible y, por consiguiente, desea conservar su existencia biológica, siempre contará con la opción de no elegir la eutanasia activa directa o el suicidio asistido.

En sentido opuesto, si la persona centra su atención en la dimensión cualitativa de su vida, debería contar con la alternativa de poner fin a su existencia.

Un debate necesario

El inicio de un debate sobre la eutanasia y el suicidio médicamente asistido implica un paso en la dirección correcta. Tomando en consideración los valores en juego, deberá ser un debate razonado e interdisciplinario. Son diversas las disciplinas que deben contribuir a desarrollarlo: la bioética, el derecho, la medicina y la filosofía deberían ocupar un lugar privilegiado.

En todo momento deberá tenerse claro que imponer, de manera totalizante, una visión sacra de la vida, no solamente implicará tomar partido por una determinada concepción religiosa, sino que atentará contra el ejercicio de la libertad individual, piedra angular de cualquier Estado de Derecho.