Podría hablar horas sobre mi experiencia al adoptar. De las más increíbles, fue darme cuenta de la poca información que existe al respecto, incluso para mí, siendo abogada y aunque leyera el código de familia una y otra vez: No sabía nada.

En resumen, diría que es un proceso que a uno se le hace muy, muy largo, en el que la paciencia es vital y donde hay que aceptar que habrá días en los que uno llora y pierde la esperanza. Pero cuando ya llega el momento —porque llega, aunque una a veces crea que no—, te llaman del PANI, te dicen que te asignaron a un chiquitín, te exponen su historia y días después lo vas a conocer y lo tenés en los brazos, a una se le olvida todo.

¿Cómo empezamos?  Fuimos a las oficinas del PANI, al departamento de adopciones, a pedir los requisitos. Una de las psicólogas explica el proceso y entrega los formularios que hay que llenar. Una de mis primeras sorpresas fue lo humano del trato, su respeto y apertura: saben que una va llena de miedo, un poco de pena, un poco de dolor, un poco de todo.

Los requisitos son sencillos:

  1. Constancia de nacimiento y estado civil.
  2. Constancia de que están bien de salud —eso lo puede hacer cualquier médico—.
  3. Constancia de ingresos.
  4. Constancia de bienes.
  5. Foto pasaporte de cada uno a colores.
  6. Constancia de antecedentes penales.
  7. Estudios psicológicos y de trabajo social. Estos se pueden hacer por fuera o con el PANI. En la vía privada puede ser mucho más rápido. Algunas valoraciones psicológicas toman meses, porque el terapeuta quiere asegurarse que uno tenga claro las implicaciones de una adopción y eso puede ser bueno como periodo de ajuste a la idea. Otros son procesos muy rápidos. En todo caso, lo ideal es que sean profesionales con experiencia en esos procesos.

Aparte de la espera, uno de los momentos más duros fue llenar el formulario de aplicación. Eso te confronta con la persona que sos y qué querés.

Te preguntan si aceptás no saber nada de sus antecedentes o cuáles antecedentes querés conocer; si aceptarías el hijo de una prostituta o una persona indigente; si te molesta que tenga hermanos, la edad, problemas de aprendizaje, antecedes de abuso sexual, emocional o físico; si puede ser de otra raza o nacionalidad. Cuando digo que es duro, es porque uno de repente se siente escogiendo un perrito y se trata de un ser humano, un ser humano que será tu hijo. Pero a la vez, te obliga a ser muy sincero con vos mismo sobre las cosas con las que podés lidiar y con las que no.

En nuestro caso, reconocimos que no teníamos ni la capacidad ni las herramientas para lidiar con un chico con discapacidad. Aceptamos que tuviera enfermedades como el asma —que es endémica en Costa Rica en chicos adoptados y los que no lo son—. Consultamos con un amigo médico sobre los riesgos reales —no los que dice la gente— de factores hereditarios.

Un día me llamaron a decirme que si estaba segura de rechazar un chico con antecedentes de uso de drogas en los progenitores. “Vos estás clara que es casi imposible eso?” me dijo la funcionaria del PANI. Mi temor era esos videos dolorosísimos de niños que nacen adictos al crack o la cocaína y lloran todo el día por el síndrome de abstinencia. Ella me explicó que todos los chicos tenían control estricto de la CCSS y que estábamos hablando de un antecedente, no de una condición actual. Acepté.

Algo que tampoco sabía y aprendí en el proceso, es que en Costa Rica casi no hay huérfanos. La mayoría son chicos que tienen a sus progenitores vivos, pero que, por razones económicas, de violencia o de uso de drogas no pueden con los chicos y el PANI —después de mucho análisis y de agotar todas las posibilidades de que el niño se quede con alguien de su familia biológica— lo retira y lo coloca en un albergue o en un hogar de acogida.

Ya con todo presentado puede ser que te pidan aclaraciones.  A mí me pidieron, por ejemplo, hacer una carta sobre cómo fue mi experiencia con el cáncer de mama y de otra situación personal de infancia que aparecía en los estudios psicológicos. Unos meses después te convocan a un taller para papás, donde te dan muchos de estos datos, te hablan de los mitos, de los plazos, etc.

Te dejan claro que no todos los chicos en albergues u hogares de acogida son adoptables. Algunos están ahí temporalmente. Otros no están listos para ser adoptados. Que el PANI no está ahí para ponerte ya un hijo en los brazos. Ellos trabajan por los niños y buscan para ellos la familia que mejor se adapte a las necesidades y características del niño. Que siempre hay más familias que niños adoptables. Que para el año que nosotros hicimos el taller, ya la gente aceptaba niños menores de 4 años, antes todos querían menores de 2. Los niños más grandes o los grupos de hermanos siguen siendo más difíciles de colocar. Que muchísima gente, al llenar el formulario, solicita niña, menor de dos años, rubia, de ojos claros. Obviamente, estas familias usualmente esperan mucho más tiempo.

Al completar el taller, uno se convierte en persona elegible y entra al pool de papás adoptivos. Todas las semanas se reúne el consejo de adopciones y analizan los casos de niños adoptables. Ven sus características, las tuyas y deciden si hacen un match.  El PANI no te avisa cómo va la cosa, aunque, como en mi caso, llamés o vayás todas las semanas. Aunque rogués o te enojés o te hagás el simpático.  A veces la espera es desesperante, porque todas las semanas esperás que suene el teléfono, pero son estrictos en no decir nada.

Nosotros metimos los papeles el 1 de junio del 2016. En setiembre de ese año nos declararon elegibles y el 10 de marzo nos avisaron que nos habían asignado un chiquitín. Lo conocimos el 16 de marzo, él tenía 1 año y 4 meses. El 21 de marzo se vino con nosotros a la casa.  En noviembre cumplió 3 años.

Ninguno de todos los libros de adopción que leí, me preparó para la experiencia de tenerlo conmigo. La maternidad me revolcó. Cuando logré salir de ese océano revuelto a la playa de la normalidad, yo ya era otra. Convertirme en mamá fue probablemente el cambio más fuerte y violento que he vivido, con todo y la crisis que eso implicó.

El único libro que me ayudó a entender qué me pasaba, se llama The Birth of a Mother, escrito por un psiquiatra y enfocado en la dinámica de la mujer y los cambios propios de la maternidad. Ciencia pura y dura.

Escribo esto porque me consta, en carne propia, que aun existen muchos mitos sobre la adopción. Porque he tenido que escuchar gente diciéndome las estupideces más elaboradas posibles sobre el proceso o sobre mi hijo. Porque he tenido que ser testigo de faltas de respeto a mí, a mi familia y a mi hijo, he recibido opiniones no solicitadas sobre nuestras vidas y preguntas chismosas sobre temas de mi hijo que no le preguntarían a una familia biológica. Y porque quiero que sepan que si tienen cualquier pregunta, estoy en la mejor disposición de contestar.

La adopción es solo una de las muchas formas en que podemos crear una familia. Yo no tuve pérdidas ni tratamientos de fertilidad. Mis motivos fueron otros, pero si hubieran sido esos, serían igual de válidos. Mi hijo es eso: mi hijo. Cuando vamos a un zoológico, él nos presenta a todos los animalitos, diciendo “Eta mamá, ete papá”. Si ni él ni nosotros hacemos diferencia, ¿por qué los demás insisten en hacerla? No tiene sentido

Algunas noches, le cuento la historia del Patito chiquitito, y de cómo fue ese primer día que lo conocimos. El celebra con aplausos el momento en que nos encontramos y se va quedando dormido, mientras yo le canto muy bajito: Te amo, desde el primer momento en que te vi…