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Hace tres años, el 2 de setiembre de 2015, el mundo se conmocionó ante el hallazgo del cuerpo sin vida del niño sirio, de tres años de edad, Aylan Kurdi, quien apareció muerto en una playa de Turquía luego del naufragio del barco que transportaba a su familia y a cientos de migrantes.

Los y las costarricenses no fuimos la excepción. Miles de personas usaban sus redes sociales y los medios a su alcance para ‘solidarizarse’ con los refugiados y protestar por el tratamiento inhumano que muchos países europeos imponían al cerrar sus fronteras, aunque el nuestro no destacó, precisamente, como un gobierno hospitalario para esa población. Fuimos pro migrantes.

Menos de un año después, el sentimiento era el mismo. Esta vez como protesta a los efectos que los conflictos bélicos generan en la niñez de los países que los sufren. En esta ocasión, la solidaridad surgía a partir de la difusión de la imagen de Omran, el niño símbolo del horror del bombardeo en Alepo. Todos éramos Siria y protestábamos contra los efectos de las guerras.

 

De igual manera, una gran mayoría de los y las habitantes de este país mostró su indignación frente a la elección de Donald Trump, en noviembre de 2016, como presidente de Estados Unidos pese a su posición abiertamente xenófoba. Nos preguntábamos, con estupefacción, cómo era posible que millones de personas validaran, con su voto, un discurso de ese tipo. Todos fuimos, en esa ocasión, latinos.Entre noviembre de 2015 y febrero de 2016, el país respondió, con bastante humanismo, a la crisis de migrantes africanos y caribeños varados en la frontera norte en su tránsito hacia Norteamérica, debido al cierre fronterizo practicado por Nicaragua.

Menciono estos casos porque, si analizamos el discurso y la pose predominante, Costa Rica destaca por la acogida a la migración, mas esto es solo una impresión que se mantiene cuando esos migrantes llegan a otras tierras (no a las nuestras) o cuando, de presentarse al país, son de nacionalidades distintas a la nicaragüense. El doble discurso nos retrata.

Producto de las guerras civiles en la década de los 80, Costa Rica recibió gran cantidad de personas, provenientes de los diferentes países centroamericanos, que buscaban estabilidad. Los enfrentamientos entre sandinistas y la contra en Nicaragua generaron un alto flujo de esos migrantes. Esto causó tensiones sociales, económicas y políticas entre los distintos sectores de población nacional, que asumían como ciertos diversos mitos. La situación se mantuvo ante el flujo migratorio de la década de los 90, debido a las secuelas de fenómenos naturales como el Huracán Mitch. Sin embargo, ante los acontecimientos que tensaron las relaciones bilaterales entre los gobiernos de ambas repúblicas  —lo que obligó a buscar las vías de derecho internacionales para la solución de conflictos fronterizos— se agudizó un sentimiento nacionalista que se ha traducido en discriminación. Aunque los gobiernos no son, necesariamente, los pueblos y no son aislados los casos en que estos luchan contra la corrupción y la desviación de poder en que aquellos incurren, los discursos populistas de precandidatos costarricenses buscaron obtener réditos electorales de la situación, emulando las políticas xenófobas de Donald Trump Así, los yerros del gobierno Ortega-Murillo han servido para generalizar el odio hacia la población migrante de ese país, y tal cosa ha calado fácilmente en el pueblo, gracias a la difusión de informaciones falsas. Ya no son tantos lo que han sido el pueblo de Nicaragua. Ya no se piensa tanto en la niñez migrante ni en los efectos de la guerra.

Ciertamente, han existido casos de nicaragüenses ligados a hechos violentos en los últimos días. Pero no nos engañemos: ni la situación es generalizada (y, por ende, tampoco puede serlo la reacción) ni es nueva, sino que ha sido una percepción constante en diversos estudios efectuados y revela algo a lo que hay que llamar por su nombre: Costa Rica es un país con crecientes tendencias autoritarias y fascistas (por lo cual, lo reciente es solo una excusa de un sentimiento que se extiende en el tiempo).

Confieso que, si los datos que aporta don Jaime Ordóñez son ciertos (al margen de su contextualización frente a otros) yo tampoco sé cuál es la solución adecuada para, respetando sus derechos humanos, incorporar a los y las migrantes nicaragüenses a nuestra sociedad mientras cesa la violencia de su país y sin generar ulteriores efectos. Lo que sí tengo claro es lo que NO debe hacerse: discriminar y recurrir a cualquier forma de violencia, incluyendo la verbal.

Y, entonces, es necesario insistir y educar mucho, desde la niñez, a fin de que no aprendamos de la intolerancia ni de la discriminación sino que logremos cesar este tipo de manifestaciones; para usar nuestras redes sociales de forma constructiva, de modo que nunca más sea noticia, tanto que en una escuela nacional se cante el himno de Nicaragua (o de cualquier otro país) como que, en un parque, cientos de manifestantes la emprendan a golpes contra extranjeros.

Educar es también sensibilizar y, para esto, nada mejor que la música, por lo que conviene recordar a Rafael Amor cuando pedía que “No me llames extranjero” (versión musicalizada por Alberto Cortés y Facundo Cabral):

No me llames extranjero

porque haya nacido lejos

o porque tenga otro nombre la tierra

de donde vengo.

(…)

No me llames extranjero

ni pienses de donde vengo.

Mejor saber dónde vamos,

a dónde nos lleva el tiempo.

(…)

No, no me llames extranjero.

Traemos el mismo grito,

el mismo cansancio viejo

que viene arrastrando el ser humano

desde el fondo de los tiempos

cuando no existían fronteras

antes que vinieran ellos;

los que dividen y matan,

los que roban, los que mienten,

los que venden nuestros sueños,

ellos son los que inventaron

esta palabra EXTRANJERO.

No me llames extranjero,

que es una palabra triste,

que es una palabra helada,

huele a olvido y a destierro.

No me llames extranjero. Mira

tu niño y el mío,

cómo corren de la mano

hasta el final del sendero.

No los llames extranjeros.

Ellos no saben de idiomas,

de límites, ni banderas.

(…)

No me llames extranjero.

Mírame bien a los ojos

mucho más allá del odio,

del egoísmo y el miedo,

y verás que soy ‘persona’ (sic)

NO PUEDO SER EXTRANJERO.