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Decidió emigrar hacia un lugar del que solamente sabía que un tío había visitado previamente.  Emprender el viaje, desde aquel diminuto pueblo, al otro lado del mundo, a inicios del siglo pasado, no era pequeña cosa; por el tiempo y las distancias, pero sobre todo por las despedidas, que no tenían el mismo tamaño de las de ahora. Apenas llegó a su destino, recibió el primer golpe de una cultura extraña: se firmaba un enorme libro en la capitanía del puerto de Puntarenas, y esto debía hacerse con “un nombre católico”. Así, de repente, quien nació y se crió budista, pasó a llamarse “José María”. Desde afuera la obligación, pero astuta la decisión: comprendió que no habría reclamos, ni suspicacias, frente a un nombre que, evidentemente, no podía ser más católico.

Era mi abuelo paterno, José María Chang Lam, a quien conocí lo suficiente, al menos, para leer en sus actos algunas de las virtudes más importantes para el ser humano. Confieso que de pequeño adoraba los banquetes de trece o quince platos que preparaba, no solo por la comida deliciosa, sino porque me hacía sentir especial: siempre mandaba sentar a su derecha, a aquel niño rubio y de ojos verdes que su hijo eligió para llevar su nombre. Amor y respeto, sin discriminación, ni distingo, eso recibí de mi abuelo.

Para él, las cosas nunca fueron fáciles. Se abrió paso en una Costa Rica encerrada, como ahora, en prejuicios y estereotipos, y lo hizo a costa de disciplina, esfuerzo y trabajo. Alguna vez escuché sus historias, de cuando trabajó en las lejanas minas de Abangares, entre hombres olvidados y curtidos por el mercurio que se usaba para separar el oro de la piedra. Más adelante, se asentó definitivamente en el pueblo de Esparza, en donde fundó su negocio y formó una familia. Del patio de la casa de adobe, vienen a mí las imágenes de sus huertos, el asombro que me despertaban los injertos en los naranjos,  y sus manos incansables en el banco de trabajo que ahí tenía.

En la tienda, en la parte del frente de la casa de habitación y en todo Esparza, la gente le llamaba “Don Chema”, con sumo cariño . Ya no era “el chino” del pueblo, cuando me tocó conocerlo en los años setentas, sino “Don Chema”. Luego comprendí, que aquel cambio hacia él, le había costado  décadas de desprecios, de rechazos, de discriminación por su origen, por el simple hecho de ser diferente. Sin embargo, supo ganarse el respeto de los ticos, con su trabajo, su honorabilidad y su bondad, así como también porque, en su momento, logró involucrarse en algunos de los proyectos más importantes de aquel lugar en el pacífico central costarricense: todavía cuelgan las fotografías, en las que junto a otros fundó el Cuerpo de Bomberos de la comunidad.

En sus largas caminatas, dialogaba con los otros, conocidos y desconocidos. Al hacerlo, reconocía (y le reconocían) su condición de igual. Siendo budista, le daba lo mismo conversar con el sacerdote católico, que con el pastor protestante que, al otro lado de la carretera Interamericana, recién inauguraba su nuevo templo, para enojo de aquel. Recogía de los almendros del parque los frutos secos para algunos de sus platillos y, al hablar con el encargado de la limpieza, comprendía sus diferencias y sabía de sus problemas; negociaba con las vendedoras del mercado, y de esa forma, compartía pedacitos de una vida comunitaria, en la cual también hizo buenos amigos costarricenses y de otras nacionalidades.  

No quiero con lo que narro, construir una imagen idealizada de mi abuelo. Como todo humano,  también era dueño de sus prejuicios y de enormes defectos. Tampoco pretendo asentar, como punto de partida, aquella noción ideologizante del trabajo como mecanismo salvífico, sobre todo en momentos en que numerosos datos revelan la explotación laboral a la que son sometidos gran cantidad de migrantes, en detrimento de cualquier proceso de integración social, en Costa Rica.

No. Lo que quiero enfatizar es que los procesos de recepción e integración social de los “extranjeros” forman parte de mi historia, de la historia de mi familia, y de la historia de toda Costa Rica. Somos hijos de esos procesos, desde siempre, y lo seguiremos siendo. En ese contexto  ineludible, conviene entender que para mantenernos como humanos (sintientes, pero también capaces de razonar), debemos ejercitarnos como tales, en relación con los “otros”, sobre todo con los excluidos o los desamparados.  Como lo expone de manera muy hermosa Michael Ignatieff:

“Ser humano es un logro, como el de tocar un instrumento. Toma su práctica. Se deben dominar los acordes. Las viejas notas se deben asentar en la memoria. Es una habilidad que podemos olvidar. Cualquier pequeño ruido puede hacernos olvidar las notas. Lo mejor de nosotros se ha construido a lo largo de la historia; lo mejor de nosotros es frágil. Ser humanos, es parte de una segunda naturaleza que la historia nos enseñó, que el miedo y la deprivación pueden azotar, hasta hacérnosla olvidar”. (Ignatieff, Michael. The Needs of Strangers, Picador, 2001.)

Expuesto de otra manera: mantenerse humano, es una virtud que requiere de práctica, y sobre todo del reconocimiento de los otros en nuestras acciones y en nuestro lenguaje individual y colectivo: así, como lo hacía el viejo oriental que abrazaba al niño rubio, o que entendía la cocina como muestra de amor a la familia; del mismo modo que se evidencia en el paso de ser un “chino” a ser “don Chema”, como se nota en el abrazo de los bomberos y de sus amigos a quien venía de “afuera”, o como se hacía evidente en el diálogo de sacerdotes y pastores con quien se sabía migrante, o en la conversación amena de quien limpiaba el parque.   

Todas y cada una de nuestras necesidades de reconocimiento como humanos, pasan siempre por nuestras acciones y por el lenguaje, y de igual manera, pueden morir, y convertirse en desprecio, por la manera en que ambos se ejerciten. Especialmente en este momento histórico, en que se alimentan muchos miedos en Costa Rica, el lenguaje que se utilice en la esfera de lo público, debe servir para alimentar la esperanza y la solidaridad, y no los odios o la discriminación. Si no entendemos esto tan básico, corremos el mayor de los riesgos: el de perdernos a nosotros mismos, como humanos [co-] sintientes y pensantes. Dicho con la luz de un lenguaje que cura:

Yo, como tú,
amo el amor, la vida, el dulce encanto
de las cosas, el paisaje
celeste de los días de enero.

También mi sangre bulle
y río por los ojos
que han conocido el brote de las lágrimas.

Creo que el mundo es bello,
que la poesía es como el pan, de todos.

Y que mis venas no terminan en mí
sino en la sangre unánime
de los que luchan por la vida,
el amor,
las cosas,
el paisaje y el pan,
la poesía de todos.
(Roque Dalton)