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Esta votación no será una más de las miles que realiza la Sala Constitucional cada año. Será una votación cuyo impacto en toda la sociedad repercutirá en la forma en que nos relacionamos de hoy en adelante. La razón es sencilla: se trata de decidir sobre el futuro de lo que somos como nación. Es decir, qué clase de democracia; qué tipo de ciudadanos, de personas, queremos ser.

Esto va mas allá de una decisión política escrita en la Constitución o una ley vacía, desvinculada de la realidad. Esta votación debe ser la comprobación material de una nueva forma de relacionarnos sin las ataduras de los estereotipos. Somos una de las naciones más poderosas del mundo en la defensa y protección de los Derechos Humanos. A pesar de nuestro reducido tamaño y no tener ejército, los Estados más grandes y fuertes militarmente, a quienes piden consejo para solucionar las violaciones a derechos fundamentales, es a nosotros.

Por eso, resulta vital que en este momento de nuestra historia, en la que una vez más somos llamados a continuar siendo el faro de esperanza de las democracias de la región, reafirmemos nuestro compromiso con la dignidad humana eliminando la desigualdad que legitima la barbarie de la discriminación y, con ella, la violencia de la exclusión social y la represión legal de la mayoría heterosexual que al amparo de la ley le niega a la minoría homosexual el derecho básico de elegir con quién conformar una familia y que esta expresión de su libertad no sea objeto de censura por parte del Estado, sino que, al contrario, sea reconocida plenamente (matrimonio, unión de hecho) y reciba su protección.

Esta es la cuestión a la que nos enfrenta este voto. No podemos defraudar a los fundadores de la República, ni a quienes han defendido con sus vidas nuestra libertad. La amenaza que representa para nuestra paz social dividir a nuestra población en ciudadanos de primera y segunda categoría, negando o menoscabando derechos a las personas sobre la base de su orientación sexual no es menos peligrosa que la de un gobernante que desprecia la vida humana.

Después de casi 200 años de convivir con esta amenaza y casi 20 años de analizar qué hacer para erradicarla, llegó el momento de ponernos serios haciendo uso de nuestra arma más poderosa: el respeto por la libertad y la dignidad humana. En esto, radica nuestra fortaleza. No es una decisión fácil. Sin embargo, no es la primera vez que la historia nos coloca ante esta clase de retos. Y, siempre hemos triunfado manteniéndonos fieles a los principios de libertad y dignidad humana, elementos arquitecturales de nuestro sólido edificio democrático. Hagámoslo otra vez. Y, otra vez, saldremos de este desafío siendo más y mejores, poniéndonos del lado correcto de la historia.

Esta votación no es entre gays o heterosexuales, conservadores o liberales. Esta votación se trata de la libertad, de la dignidad humana. Esta votación se trata de saber si somos capaces de convivir en paz y armonía con nuestras diferencias y de definir si tenemos la sabiduría de enriquecernos mutuamente de ellas.