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Crímenes Americanos, El Caso de OJ Simpson es una de las series más aclamadas de los últimos años por la crítica. La trama versa sobre el conocido caso del asesinato de Nicole Brown y Ronald Goldman e ilustra cómo un puñado de abogados liberaron a O.J. Simpson de una condena casi segura. Su estrategia: aducir que Simpson fue víctima de una red de conspiración racista encabezada por la Policía de los Ángeles que buscaba incriminarlo por ser negro. Según sus abogados, esta camarilla sembró toda la evidencia recolectada por las autoridades en el lugar de los hechos para incriminar al entonces imputado. Y aunque existieron decenas de testimonios que lo conectaban con el asesinato y evidencia contundente que lo incriminaba, fue insuficiente para que el jurado encontrara culpable a Orenthal James Simpson del homicidio de su exesposa y su compañero sentimental.

Hay algo de particular en este juicio, para el jurado fue más convincente una historia bien contada que le permitiera conectar los asesinatos, que la evidencia contundente que la fiscalía había demostrado conectaba a O.J. con el homicidio. En otras palabras, tuvo más peso la narrativa que los hechos. Resulta particularmente curioso cómo el caso de Simpson se relaciona directamente con el entendimiento de diversos acontecimientos ocurridos en la actualidad; hemos reemplazado la evidencia contundente por la narrativa convincente; ya no reparamos en la fuente de la noticia, lo que resulta verdaderamente importante es que la supuesta realidad se acomode a la forma en que los hechos quieren ser entendidos. A este fenómeno diversos especialista lo han llamado “posverdad” que no es otra cosa más que la distorsión deliberada de la realidad con el fin de crear y moderar la opinión pública para así influir en las actitudes sociales.

En la posverdad los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones emocionales, esta distorsión de la realidad es utilizada antojadizamente para desprestigiar una causa o bien legitimar otra: los rumores falsos, las afirmaciones falsas, y las “Fake news” forman parte del bufete de informaciones que circulan en redes sociales. Este fenómeno se agrava de manera desmesurada por tres factores que estimulan su crecimiento: el primero de ellos es la avidez con la que consumimos información, basta abrir el navegador o el perfil de Facebook para encontrar la respuesta que más se ajuste a lo que quiero leer y lo que mas me satisface, no importa cual sea si esta se ajusta a mi realidad; en segundo lugar está la inmediatez conque la solicitamos, si bien el acceso a la información es un derecho humano, las nuevas exigencias permiten el brote de información falsa o poco veraz que cubre nuestra demanda; y por último, ante la nula preocupación por corroborar la fuente, difundimos noticias falsas que alteran la percepción de la realidad de todos aquellos que las leen.

Estos factores hacen de los rumores y las mentiras las nuevas verdades del presente. Una vez que la posverdad se ha difundido los activistas continúan repitiendo sus puntos de discusión, incluso si los medios de comunicación o los expertos independientes demostraran que estos puntos fueran falsos. Los activistas de la posverdad hacen uso del conspiracionismo para desacreditar los hechos probados y difundidos en los medios. Las críticas basadas en los hechos de un acontecimiento se atribuyen a un poderoso enemigo ―como el establishment, el Nuevo Orden Mundial, los sionistas o los medios de comunicación dominantes― que supuestamente tratan de desacreditarlo, lo que a su vez provoca el celo de la gente y las aleja de estas fuentes legítimas.

Los lugares en conflicto son un vivo ejemplo de como la posverdad puede alterar la realidad: recientemente el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, condenó un ataque químico en Siria supuestamente orquestado por el régimen de Bashar Al Assad. Mientras que del otro lado del Volga dicen que fueron los rebeldes financiados por Washington los que lanzaron las armas afectando a la población civil; otros “medios” informan que fue un montaje yankee para justificar una posible incursión al territorio sirio ante la avanzada de la influencia de Moscú. Así vemos como un mismo acontecimiento tiene “distintas verdades” según la fuente que leamos o en la que creamos, pero como vimos más arriba la fuente es lo de menos; y aunque una misión de la ONU afirme que fue un bando u otro el responsable del bombardeo, el daño está hecho y la distorsión de la verdad difundida, al final, unos terminamos engañados, otros confundidos; y mientras seguimos discutiendo quién tiene la verdad miles de víctimas siguen sufriendo el flagelo de la guerra, ellos son las verdaderas víctimas de la posverdad.