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El actual panorama político de Costa Rica es tenso, polarizado y fluctuante. Un candidato ultraconservador lidera la intención de voto, en su discurso se reitera la oposición al matrimonio igualitario, la defensa de los valores cristianos y de la familia tradicional. Todo esto desde una plataforma religiosa que funciona bajo una lógica de dominación territorial.

Su discurso ha logrado calar en una buena parte de la población nacional y posee un tono afectivo-pasional que no pasa desapercibido. El detonante principal: una opinión consultiva de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el Matrimonio Igualitario que interpela de manera vinculante a su aprobación.

Pero ¿cómo en vísperas de una Segunda Ronda electoral este discurso aún resulta lo suficientemente consistente para sus seguidores? ¿Qué aspectos psico-afectivos logra movilizar en las poblaciones votantes? Es más ¿cuál es la organización, la estructura interna de dichas formas enunciativas y en qué basan su poder de convencimiento? Estas son preguntas bastante difíciles de responder pero no imposibles de abordar en las fisuras y bordes que los actos discursivos dejan entrever. Para tales efectos emplearé fragmentos de un video en el cual vemos a Fabricio Alvarado introduciendo la presentación de El libro negro de la nueva izquierda en el Centro Evangelístico en Zapote.

Para comprender el contexto que da sentido a este discurso hay que visualizar primero su campo emotivo de acción: la vivencia intensa de una batalla espiritual. Dicho campo está representado a la perfección en el tema musical más viral del candidato, también, cantante.

La batalla espiritual retoma elementos de San Pablo y torna el universo social “mundano” en un campo de lucha contra espíritus malignos. La figura principal que ha sido elegida por Dios se reivindica como un guerrero que lleva a cabo una misión única y especial y cumple a cabalidad con una profecía: la de conquistar un territorio para Cristo y expulsar así los espíritus inmundos. “Jesús, tengo tu poder, tengo tu armadura” repite Fabricio en su canción.

Pero ¿cuáles son los espíritus siniestros que habitan el mundo de las tinieblas para este comunicador y cantante cristiano? En este caso, la batalla se libra contra una nueva izquierda que ha sustituido la lucha socialista por una agenda LGTBIQ y que ha venido a usurpar el discurso de los derechos humanos mediante la imposición de una “agenda gay” y una “agenda pro-aborto”. Los más claros impulsores de estos planes son los partidos Frente Amplio y Acción Ciudadana.

Desde una posición de denuncia “profética” señala a los “Generólatras”, impulsores de la “ideología de género”, como un enemigo a las órdenes de la oscuridad y que es claramente amenazante para los planes divinos (encarnados en su propia persona). Bajo esta concepción todo aquel que defiende la “ideología de género” es un idolatra, adora falsas ideas que contradicen la ley divina. La infiltración de estos enemigos en las políticas públicas se convierte así en una motivación real de confrontación.

La amenaza se extiende al terreno de lo geopolítico al exponer (encubiertamente) las consecuencias que podría tener la penetración total de la ideología de género en el país, esto es el peligro de convertirnos en una futura Venezuela o una próxima Corea del Norte.

Otro elemento clave en el acto discursivo del candidato es la apelación al recurso de un otro oculto-demoníaco que se ha entrometido en el territorio. A esto apela directamente al hablar de “invasión ideológica”; “Los medios de comunicación también han sido tomados” afirma Fabricio. Es decir, dicha invasión ideológica, contiene un engaño, una suerte de irracionalidad convertida en moda, que atenta contra la soberanía nacional. La salvación del país en este caso se encuentra en manos del guerrero elegido y este ha de operar como un enviado divino exorcizador de demonios (discurso salvador-mesiánico).

Ese otro-oculto, sin rostro concreto, toma los partidos y los medios y se apropia de sus recursos. Esta forma de eliminar la sustancia autonómica y humana del ámbito político-social y mediático, busca desconfirmar cualquier rastro de racionalidad en los argumentos y acciones planteadas por las contrapartes. La batalla espiritual es, por tanto, también una batalla emocional que desprovee al otro de su carácter humano y lo convierte en una víctima poseída por la malignidad.

El otro oculto-demoníaco (ominoso) es una especie de sombra que gobierna al mundo y es propiedad, exclusiva del guerrero, la luz para derrotarlo. Los enemigos por más personas que parezcan ya no son humanos. Acá opera una especie de “zombie-ficación” del enemigo. El virus “generólatra” se incuba en la persona y esta puede ser de manera justificada: desechada, discriminada, excluida o, en el peor y último de los casos, eliminada. Esto representa la máxima peligrosidad de los discursos fundamentalistas: la eliminación simbólica o real del otro.

El último elemento discursivo a retomar es el conjunto de antagonismos que crea el candidato con base en las acciones pro-derechos humanos realizadas por el gobierno saliente. Acá operan formas muy particulares y peligrosas, como la contraposición simbólica entre la bandera gay y la familia. Alzar la bandera gay se traduce en un golpe para la familia, así como el hecho de que una pareja del mismo sexo pueda asegurarse entre sí en la dificultad que las parejas heterosexuales enfrentan para poder llevar a cabo la misma tarea. También opone la discriminación sexual a la discriminación religiosa, aludiendo a un trato especial y exclusivo que tienen los grupos LGTBIQ.

Estas contraposiciones buscan llevar al plano de lo cotidiano a la batalla espiritual, aterrizar la amenaza al ámbito del día a día. Los derechos de las minorías son representados así como una amenaza estructural para las mayorías costarricenses. Y las personas gays no son acreedoras ni tributarias de ningún rasgo vincular-familiar. Esta operación discursiva lleva consigo la visión del “sujeto gay” como alguien desprovisto de un contexto social de sentido. Suprime la base de su ámbito cultural, del cual deviene el sujeto, para aniquilar la posibilidad de su aparición. Es decir, niega a la persona misma y a su contexto de referencia. También deja entrever que la existencia de los grupos LGTBIQ y la defensa de sus derechos son una amenaza para sus prácticas y creencias religiosas.

Inventar un “enemigo común” mediante un discurso estructurado, formal y directo le ha servido a Fabricio para crear un mensaje consistente que sigue atrayendo adeptos. La figura de un líder joven que defiende la patria de “invasiones ideológicas”, un ungido divino que puede salvarnos de la “decadencia moral”, cala profundamente en poblaciones vulnerables que consideran viable que un “hombre de Dios” corrija el rumbo corrupto que ha tomado el país.

La exacerbación afectivo-pasional que provoca el traslado de la “batalla espiritual” al terreno de lo político-social, hace que se desaten los miedos y los odios de una manera inusual y nunca antes vista en la historia reciente electoral del país. Dicho campo de acción discursiva impone un “o estás conmigo o estás contra mí” una forma de totalitarismo emocional que es caldo de cultivo para la división, la confrontación social y la violencia homofóbica.

El discurso que aparentemente “defiende la familia” se ha convertido en una motivación real para el odio y la discriminación. Fabricio Alvarado aún no sube a la silla presidencial y el efecto de su mensaje ya se logra vislumbrar en los ataques que están sufriendo personas de la comunidad LGTBIQ, ignorar estos efectos y las posibles consecuencias es deshumanizarnos como país y correr la suerte de otras naciones que han sido sacudidas por las formas de violencia más siniestras.

Ignorar las características megalómanas y narcisistas de todo este entramado discursivo es peligroso. La dignidad e integridad de muchas personas está en juego. Las licencias discriminatorias en los discursos de figuras públicas se convierten rápidamente en material de combustión que puede llegar a agrupar personas en torno a la violencia homofóbica y encender la chispa de actos de los cuales nos enteramos solo por las noticias internacionales.

Costa Rica atraviesa el desafío más grande de su historia reciente, a estos discursos de odio, totalizantes y emocionalmente exacerbados hay que oponer los amores, la sensibilidad proactiva y una racionalidad democrática que sirva para “cortar el cable” de esa bomba que está a punto de explotarnos en la cara.