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El padrón electoral para elegir presidente y diputados ascendía este pasado 4 de febrero a los 3.322.329 votantes (49,82% hombres 50,18% mujeres). De este padrón solo 2.054.702 ciudadanos acudieron al llamado a ejercer su derecho al voto y de esos 2.028.410 fueron válidos, lo cual deja un 34,34% de abstencionismo (65,66% de participación). Cifra preocupante que viene en esa tendencia desde 1998 (Raventós et al. 2005).

En mi criterio, la forma más cajonera y directa de participar en la democracia de nuestro país es ejercer el derecho de voto, y, aun así, siendo tan fácil, le damos la espalda a la bandera que nos arropa. El costarricense que se abstiene falta moralmente al país al permitir que su desidia venza el deber que tiene como ciudadano de pronunciar su voluntad en los comicios. Es probable que el costarricense no vote por diversas razones como la apatía hacia la política y el rechazo al sistema de elección. Quizá otros cuestionen la verdadera utilidad del sufragio o la participación electoral en el rumbo de progreso globalizado que ejerce fuerza y guía las naciones de poco músculo como la nuestra. O tal vez el grueso de ese 34,34 % de electores que no votan desconoce que el voto en nuestro país tiene carácter obligatorio según el artículo 93 de la Constitución Política. O bien, si lo saben pero les es indiferente.

Además, otras causas que tratan de explicar el por qué no acudir al llamado a los comicios son factores como el nivel educativo o socioeconómico de los electores. Existen sentimientos sostenidos en el tiempo que apuntan a que los grupos minoritarios se sienten excluidos de las agendas y acciones de los gobiernos, especialmente en la ruralidad —fuera del Valle Central— por lo que poco interesa cuál es el resultado de las elecciones.

En la elección de 1998 fue cuando empezó a tomar mayor importancia el abstencionismo, pues repuntó al 30% del padrón electoral. Surge la necesidad entonces de entender quiénes son los costarricenses que no votan. En las elecciones presidenciales de 2002, 2006 y 2010, alrededor del 30% del total abstencionistas fueron nuevos electores, es decir, personas que adquirieron el derecho a votar, pero no lo ejercieron. En la elección de 2010, el grupo de personas jóvenes sobresalió por tener el grueso de no votantes, especialmente aquellos entre 32 y 35 años (Fournier-Facio, 2011).

¿Por qué los ticos no quieren votar?

Es probable que el desinterés sea una de las principales causas para no ejercer el derecho en las elecciones presidenciales. Tal desinterés se alimenta de la decepción por la actual situación económica del país que no mejora o bien por la ausencia de un candidato que realmente represente los intereses individuales de cada ciudadano. Es claro que el malestar político y el abstencionismo van de la mano, no obstante, no son los únicos motivos por las cuales el electorado decide no votar. La participación ciudadana en la democracia es un fenómeno complejo y va más allá del voto por un presidente, diputado o alcalde.

Uno de los principales deberes de un ciudadano responsable es informarse y participar activamente en su comunidad. Esta premisa abre otra discusión que en mi opinión, es de suma importancia: el abstencionismo en los comicios de los gobiernos locales ¿Por qué si el gobierno local es la figura de autoridad política más cercana a nuestro entorno cotidiano le damos tan poca importancia? Digo que le damos poca importancia porque en las elecciones para los gobiernos locales el abstencionismo está a la orden del día. Los puestos de elección popular en las elecciones municipales sangran pidiendo votos.

Los porcentajes de abstencionismo en las elecciones municipales para alcalde de 2006, 2010, y 2016 son respectivamente 78,0%; 76,2%; y 64,8%. Es decir, la voz de la gran mayoría del pueblo, columna vertebral de la democracia participativa, pende de un hilo pues es la minoría quien vota para que se escoja a quienes nos gobiernan y a quienes ejecutan los presupuestos y toman las decisiones más importantes sobre recursos locales. Si ni siquiera tenemos ganas de ir a votar para elegir nuestros alcaldes y otros cargos de elección popular, ¿de dónde van a venir las fuerzas para ejercer el reclamo cívico de la rendición de cuentas? ¿Quién se atreverá a proponer algún proyecto en su entorno, en su comunidad? No dudo que existen personas valientes y que llevan el cargo moral de participar activamente en las comunidades, pero tampoco dudo que sean los menos. El poder que se nos confirió lo ahorcamos con nuestra imposibilidad de pronunciarnos en las justas electorales.

Es muy escuchada en las conversaciones diarias la frase “el gobierno no hace nada por mí”. Si sentimos el calor del Gobierno central tan lejos de nosotros, ¿por qué no nos acercamos a la lumbre de los gobiernos locales? Muchos probablemente se preguntan ¿cómo? Bueno, el primer paso es votar. La reforma al Código Municipal en 1998 resultó de una gesta impulsada principalmente por las comunidades (Brenes-Montoya, 2006) para fortalecer la democracia, la participación local y contrarrestar en cierto modo los efectos del malestar político y la pérdida de confianza en los políticos que tienden a ser inefectivos a la hora de dar respuesta a demandas o problemas ciudadanos más inmediatos al entorno cotidiano. Lo cierto es que a pesar de que esta lucha vino desde las comunidades estas no le hacen honor al deber que tienen consigo mismas pues no se vota.

La participación no garantiza tampoco la representación (esto es todo un lío en la teoría política), no obstante, si participamos, tenemos el derecho de reclamar y exigir a las figuras que hemos escogido como representantes de modo que se dé un intercambio verdadero y enriquecedor de información e ideas entre ciudadanía y gobierno local que ayude a solventar los problemas inmediatos, conociendo cuales son los recursos disponibles y cuáles son los planes para darles solución o no.

En las pasadas elecciones municipales y las elecciones presidenciales de este 2018 el abstencionismo ha sido el único ganador, ni siquiera el más sagaz de los partidos políticos pudo hacerse de un tan codiciado 34%, como si lo hizo el vil abstencionismo. El tico promedio, el tico de a pie como se nos llama, quizá de una forma muy sutil se esté pronunciando a través del abstencionismo.

Quizá en un soliloquio el tico abstencionista reflexione: ¿El voto será verdaderamente una herramienta de representación ciudadana eficaz? ¿Continuarán una y otra vez rompiendo las promesas de campaña los candidatos una vez en la silla presidencial y si lo han hecho ya para que depositar en ellos mi confianza a través del voto? ¿Será el abstencionismo una manera que utiliza el tico promedio para flagelar los políticos por su poca convicción hacia problemas realmente serios que aquejan a la sociedad costarricense? ¿Es realmente la prioridad de los partidos políticos el bienestar de la sociedad costarricense? O ¿acaso es el partido un fin en sí mismo para conquistar premisas personales? ¿Debo premiarlos con mi voto a pesar de que no representan totalmente mis ideales o convicciones? ¿Es el no votar un grito al cielo de los ticos de a pie que manifiesta el malestar político desde el siglo pasado por la corrupción, el egoísmo político y la flaca representatividad? ¿Es el no votar el velo con el que se cubren las dolorosas caras de los muchos costarricenses que diariamente sienten en su piel el costo de la vida? Estas interrogantes y contradicciones quieren únicamente despertar una discusión sobre la efectividad del sistema político costarricense sus virtudes y errores.

Lo cierto es que la principal causa del abstencionismo no está clara, es un fenómeno multicausal y claramente va en detrimento de la sociedad y el equilibrio político del país. Se debe monitorear y analizar como muy bien lo ha venido haciendo el TSE. El voto nos da el privilegio de elegir representantes y la participación de la sociedad se convierte en una de las bases de la democracia, pero no se motiva a participar si los representantes son incapaces de percibir fielmente a quienes le otorgaron su puesto desdeñando sus peticiones y poniendo por encima del común bienestar propios intereses que socavan el equilibrio político y la sociedad misma.

Referencias

Raventós-Vorst, C; Fournier-Facio, MV; Ramírez-Moreira, O; Gutiérrez-Espeleta, AL; García-Fernández, JR. 2005. Abstencionistas en Costa Rica : ¿Quiénes son y por qué no votan? 1. ed. – San José, C.R.: Editorial de la Universidad de Costa Rica : IIDH/CAPEL : TSE, 2005. 165 p.