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Las nuevas tecnologías de información nos permiten a todos transformarnos en emisores y “editores” de contenidos, con escasísimos controles y con diluidas “autorías”. Cuando en las redes sociales se difunden masivamente mentiras y se propaga un lenguaje de odio, las consecuencias son nefastas: se pierde el respeto a las personas, la contienda política democrática se pone en jaque, se fomenta la polarización social, se socava sistemáticamente la confianza en determinadas instituciones sociales, y se corroe la comunicación.

En nuestro país, la difusión masiva de mentiras está teniendo un efecto negativo contundente para enturbiar y obstaculizar el diálogo político y para la cohesión social, y lo tendrá para el futuro de la política y la gobernanza.

La política de la “posverdad” difunde aseveraciones que “se sientan” y se perciban como reales, aunque carezcan de todo fundamento; mediante los sentimientos se trata de suplantar y liquidar a los hechos. La novedad del término posverdad se refiere no solo a que la verdad es falsificada o refutada, sino a que ella tiene una importancia secundaria; las mentiras políticas populistas no se preocupan mayormente de la refutación mediante evidencias: importan los sentimientos, no los hechos.

Ni siquiera se requieren esfuerzos por probar la “realidad”: para crear falsas realidades se vale afirmar cualquier cosa, y cuando la relación entre los hechos y las aseveraciones se tensa, la distancia se salva mediante teorías conspirativas. De esta forma, candidatos advenedizos impugnan la credibilidad de los opositores, para validar un modo de pensar de “nosotros” contra “ellos”, y se aprovechan de la ira o el descontento de votantes que experimentan un desafecto por el sistema político.

En circunstancias en que los consensos sociales en torno a la veracidad son arduos de construir, pero fáciles de destruir, la posverdad busca socavar la compleja y ardua búsqueda para resolver los problemas de la sociedad y erosionar diversas instituciones que contribuyen al logro de consensos sociales acerca de la veracidad, tales como la educación, la ciencia, el sistema legal, los medios de comunicación.

Y algunos de los cuestionamientos de la verdad pueden tener graves consecuencias, incluso a escala planetaria: por ejemplo, cuando los cambios climáticos, el calentamiento global y la destrucción ambiental se niegan o subestiman, pese a las evidencias científicas, y de hecho el término posverdad fue acuñado en el marco de esa discusión. Trump sobresale en el mundo por su desvergonzado uso de la mentira.

En la actual fase electoral en nuestro país, las patrañas por excelencia se han urdido fundamentalmente a partir de la inventada “ideología de género¨, y por contenidos delirantes que se imputan a las denominadas guías de educación sexual. Entre un amplio repertorio difícil de enumerar, se finge que los programas de educación sexual promueven la pedofilia, la zoofilia, la homosexualidad, la elección de sexo a gusto por los niños; se afirma que los médicos ya ni podrán afirmar qué sexo tienen las creaturas en el útero o al nacer. En torno a la “ideología de género” y a “las guías”, se tejen historias conspirativas y disparatadas explicaciones.

Como complemento de la posverdad, la complejidad de la realidad (cómo sacar adelante urgentes reformas en lo fiscal e infraestructura, mejorar la educación, luchar contra la desigualdad, cómo modernizar la economía, cómo poner el sistema político a la altura de los nuevos desafíos, cómo consolidar los derechos de los ciudadanos) y la complejidad política se denostan, y se plantean vaguedades ignorantes, y soluciones simples y fáciles de lograr.

A su vez, la capacidad para interpelar y organizar la furia de ciertos descontentos mediante la mentira como dispositivo se entreteje con ciertas formas de intimidación, y con la predicción de un futuro: por ejemplo, que “Jehová va a derramar masivamente la ira sobre Costa Rica a menos que se arrepientan”, o que “la paga del pecado es muerte”.

Masivo es el ataque de posverdad al que está siendo sometida la sociedad costarricense, y ante el cual los demócratas no podemos permanecer inermes, ni ceder. El uso de la mentira contribuye a crear sentidos de pertenencia antidemocráticos, reduccionistas y antagonistas.

El ataque masivo de posverdad puede ser el combustible de la pira que destruya nuestras mejores tradiciones democráticas. Ante una de las mayores crisis políticas que ha enfrentado el país desde la guerra fratricida de 1948, hay que estar a la altura de las circunstancias.

Está en juego un tipo de acuerdo político de nuevo carácter, que sea marco para el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. Pese a las dificultades de lograrlo dentro de un régimen presidencialista, no avanzar significaría ceguera de los demócratas responsables: aún se está a tiempo de consolidar y de renovar la democracia, y de salvarla de la infame pira de la posverdad.