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“... bien es cierto que lo difícil no es vivir con las personas, sino comprenderlas…”

Ya lo describió José Saramago cuando su imaginación creó una epidemia que cegó a todo un pueblo, una epidemia que poco a poco contagió a cada habitante, y que un día, de repente, desapareció y el pueblo volvió a ver la luz. Pues en estas elecciones, Saramago, los costarricenses nos percatamos de que estábamos contagiados.

Las elecciones presidenciales del 2018, en su primera ronda, nos dejan resultados que nos devolvieron la vista de nuestra realidad nacional. Paradójicamente, el partido del sol nos hizo recuperar el sentido de la vista ¡Sí Costa Rica, esta es nuestra realidad! Un pueblo dividido por temas más que conocidos, que definieron este proceso electoral, temas que algunos catalogan de primitivos para el siglo XXI pero que para muchos son vigentes y fundamentales. Un pueblo dividido claramente en zonas geográficas, lo urbano y lo rural, el Valle Central y las zonas periféricas de nuestro país (zonas costeras, zona sur y zona norte).

Los resultados generan preocupación, molestia e incertidumbre. Hemos empezado a jugar “la culpa caliente”, lanzando la “papa” entre mejoras educativas, corrupción, ignorancia, populismo y religión, con el fin de determinar cuál fue la causa de los datos de estas contiendas electorales. Sin embargo, los responsables de esta circunstancia, somos cada uno de nosotros, los habitantes de Costa Rica. Contagiados por la epidemia cegadora del Pura Vida, tan impregnada en cada uno de nosotros como la ceguera de Saramago, vivimos en una sociedad a la que le atemoriza la discusión, la conversación con quienes difieren de opinión, el enfrentamiento verbal con criterio y argumentos.

Nos disfrazamos en las redes sociales, evitando el cara a cara en nuestro mundo virtual, evitando que la otra persona se disguste o se moleste porque me puedo refugiar en la indirecta comunicación de mi opinión. Y al final, como resultado, nos encontramos en una sociedad distanciada por la falta de comunicación entre sus habitantes, porque si usted o yo diferimos en nuestra opinión simplemente evitamos el tema, lo borro de Facebook, o hablamos de la Sele (porque si hablamos de clubes también nos evitamos).

Como consecuencia de esta epidemia, nos volvimos un pueblo pasivo caracterizado por la apatía respecto a la política, los temas de relevancia nacional y la poca participación en discusiones económicas, sociales y educativas con nuestros amigos, familiares y desconocidos. Un pueblo cuyo deporte preferido paso del ser el fútbol a la crítica destructiva, exprimiéndole la tinta a los puntos negros hasta manchar toda la hoja, sin reconocer que una buena parte era blanca. Un pueblo que critica, pero le huye a la responsabilidad de proponer soluciones, de tomar acción en los diferentes ámbitos para combatir los actos de imprudencia, irrespeto e intolerancia visibles en nuestras calles, oficinas y hasta nuestros hogares. Lo que somos hoy, es lo que somos como sociedad pero que esta epidemia cegadora no nos permitió ver.

Estos resultados nos devuelven la vista, nos abren los ojos ante el paisaje dividido de nuestra sociedad, pero también nos muestra un común denominador: un pueblo cansado de la corrupción, del mal manejo de los fondos públicos, la inseguridad, la negatividad… Entre tantos puntos de desencuentro, siempre se puede construir una línea que los una, una línea que hoy necesitamos para elegir a nuestro próximo Presidente.

En los próximos dos meses nos enfrentaremos a una contienda electoral que necesita que abramos nuestras redes sociales reales y virtuales, que conversemos con aquellos a los que ignoramos y evitamos, que nos conozcamos como vecinos que somos. Así mismo, nos dejan un panorama en la Asamblea Legislativa retador, en donde tendremos que ir en contra de nuestra idiosincrasia pasiva y evitativa, buscando el diálogo y la discusión, para tomar decisiones en conjunto que representen a todos los ciudadanos. El déficit fiscal, la inseguridad ciudadana, el desempleo, la pobreza y la corrupción son temas que nos interesan a todos, son temas que se deben atacar desde el primer día en el plenario.

Así mismo, el respeto a los derechos humanos, a la diversidad, a las creencias religiosas, son temas que se deben discutir en nuestros hogares, en nuestras calles, en nuestros lugares de encuentro, y no solo dejárselo a 57 diputados, porque en Costa Rica somos casi cinco millones de habitantes los que no estamos de acuerdo en estos temas, porque son temas tabúes, que generan discordia y como buenos ticos evitamos.

Más que negatividad, veamos estos resultados como una oportunidad para crecer como sociedad, para aprender de quien piensa diferente a mí, para escuchar sus propuestas y sus ideas, sus preocupaciones y problemas. Generemos discusión, con respeto, con argumentos sustentados, no con falacias. Leamos, informémonos antes de opinar, sin caer en la tentación de opinar sin saber. Escuchemos las opiniones diferentes, con tolerancia, y veamos lo que no pudimos ver. Porque estamos viviendo en Costa Rica, pero no conviviendo como ciudadanos.