Buscar empleo teniendo una discapacidad implica enfrentar una realidad de la que pocas veces se habla: sentir que muchas decisiones se toman antes de que exista la oportunidad de demostrar lo que se sabe y se puede hacer.
En mi experiencia, he percibido cómo muchas veces se me valora primero por mi discapacidad visual y no por mis capacidades, como si el juicio estuviera hecho desde el inicio. Mis conocimientos, formación y experiencia quedan en segundo plano, lo que genera la sensación de ser descartada antes de tener la oportunidad de demostrar lo que realmente puedo aportar.
Al revisar datos sobre la participación laboral de las personas con discapacidad, encuentro en la Encuesta Nacional sobre Discapacidad 2023 que, mientras el 40,7% de las personas con discapacidad de 18 años o más tenía empleo, ese porcentaje alcanzaba el 66% entre las personas sin discapacidad. En el caso de las mujeres con discapacidad, se reducía al 32,1%. Si bien estos datos no reflejan por sí mismos discriminación, sí pueden servir para hacernos una idea de las barreras que todavía persisten para acceder al trabajo.
La normativa costarricense reconoce estas barreras. Por eso, la Ley 7600 considera discriminatorio no contratar a una persona idónea por su discapacidad, mientras que, en el empleo público, las leyes 8862 y 10.159 contemplan una reserva de al menos un 5% de las plazas vacantes para personas con discapacidad.
Sin embargo, considero que todavía falta sensibilización para que esos derechos se materialicen en la vida laboral. Pedir un ajuste muchas veces implica explicar una y otra vez por qué se necesita y convencer a otras personas de atenderlo, como si reconocer esa necesidad dependiera de cuánto se insista. Y eso no se siente bien.
Con los espacios físicos pasa algo parecido: se construye sin tomar en cuenta que las personas con discapacidad tenemos necesidades distintas. Quien necesita un ajuste tiene que ver cómo se acomoda o insistir una y otra vez, algo que resulta incómodo, aunque se esté pidiendo un ajuste razonable para trabajar en igualdad de condiciones.
En el trato hay dos actitudes que me preocupan: la de quienes ignoran las necesidades y no se interesan por buscar cómo incluir, y la de quienes ven a la persona como “pobrecita” y, aunque crean que están siendo amables, terminan subestimando lo que puede hacer y dejando en segundo plano su potencial.
Comparto esto desde mi vivencia personal, desde una realidad que no elegí y cuyas dificultades sigo enfrentando, pero que también me ha hecho una persona fuerte. Considero que hablar de lo que cuesta puede ayudar a abrir oportunidades para quienes tenemos alguna discapacidad, tanto para acceder a un empleo como para mantenernos y crecer en él, sin que demostrar nuestros conocimientos y desarrollar nuestras capacidades dependa de acomodarnos a espacios y formas de trabajar que no contemplan nuestras necesidades.
