Algo que aprecio del Repaso Dominical es la posibilidad que me ofrece de abordar inquietudes de nuestra audiencia que no necesariamente puedo atender en el Reporte Delfino. La semana estuvo movida así que el día de hoy le entraré a varios temas para darles la opción de leer aquel que sea de su interés. Vamos pues, por partes.
#1. Sobre el ensayo de doña Silvia Castro
Recientemente doña Silvia Castro Montero (presidenta de la Junta Directiva de ULACIT) compartió una reflexión en Facebook sobre la doble designación de Rodrigo Chaves Robles como ministro de Hacienda y Presidencia y las reacciones que generó el anuncio. Doña Silvia es un personaje de peso con capital académico, empresarial y reputacional, por lo que sus reflexiones generan olas. Me pidieron compartir mi opinión sobre lo que escribió así que vamos de una.
Antes que nada, un ejercicio de honestidad intelectual nos obliga a aclarar que sus ideas deben leerse en el contexto adecuado. Doña Silvia tiene un historial de larga tensión con el sistema universitario público, sea porque en 2015 planteó que las privadas pudieran participar del FEES, sea porque en 2004 a la UCR no le gustó que ULACIT aceptara el examen de admisión de la UCR, sea porque en 2018 dijo que los jerarcas de las universidades públicas incurrían en corrupción y tráfico de influencias. Lo que trato de establecer es que doña Silvia no es una “tecnócrata fría”, es una líder a la que no le tiembla el pulso para diferenciarse con una veta combativa y, para algunos, polarizante.
Aunado a eso hay que acotar lo ya sabido: con la toma del poder del chavismo en 2022 doña Silvia entró a colaborar con el MEP, lo que despertó cuestionamientos pues es prima hermana de doña Anna Katharina Müller Castro, quien asumió las riendas del ministerio. Nótese algo importante: méritos para ser invitada a participar del armado de "La Ruta de la Educación" no le faltaban. Además de su robusto perfil técnico y profesional, doña Silvia llegó al MEP desde una posición de fuerte articulación empresarial: presidía AmCham, integró la junta directiva de la UCCAEP, etc. Dado que Müller quería impulsar alianzas público-privadas es comprensible que llamara a una persona con el perfil de Castro. También es comprensible que esa colaboración haya sido criticada por sectores escépticos que plantearon distintos cuestionamientos a los que Müller (notablemente indispuesta) llamó “especulaciones maliciosas”.
Huelga decir, además, que dado el descrito carácter de Castro su afinidad con el estilo ejecutivo-gerencial de Chaves es conocida. La matriz de doña Silvia es eficiencia, empresa privada, alianzas público-privadas, crítica al aparato estatal tradicional y al sistema universitario público. Está claro que empata taco a taco con el discurso del hoy expresidente. Esos puntos de encuentro van más allá, pues (por dar un ejemplo obvio) doña Silvia también comparte el uso del término “prensa canalla” como "diagnóstico clínico de cierta industria de la desinformación".
¿Por qué explico esto?
Porque a doña Silvia no se le puede leer como una “observadora neutral”. Ni lo es, ni pretende serlo. Tampoco es una troll (ni nada que se le parezca) y mucho menos una comentarista improvisada o una voz fanática carente de estructura argumental. Castro es más bien una intelectual-empresaria con capacidad retórica comprobada y un indiscutible talento para traducir el chavismo a un lenguaje técnico y empresarial. Es decir, ahí donde Chaves encontró la llave para (citándolo a él) hablarle directamente a "la señora de Purral", Castro le da la vuelta a eso y escribe sofisticadas piezas de opinión para otro público: uno empresarial, profesionalizado, con sensibilidad gerencial, perfil activo en LinkedIn y apetito por ensayos bien escritos que traduzcan la épica chavista a lenguaje de liderazgo, estrategia y ejecución.
Dicho todo esto como yo tampoco ofrezco (ni lo pretendo) una mirada neutral empiezo por aclarar que coincido con doña Silvia en algunos de sus planteamientos y discrepo (marcadamente) con otros. Por ejemplo, en el ensayo en que defiende la frase reivindicada por Pilar Cisneros me parece que confunde (muy deliberadamente) la necesaria crítica al periodismo con la legitimación del ataque desde el poder. Para mí esa es una línea roja frente a la cual no hago concesiones.
Estas discrepancias no me impiden señalar que doña Silvia dista de ser una caja de resonancia automática de ideas extremas e inflexibles. Por el contrario: es capaz de reconocer y señalar matices, talento que hoy en día está más devaluado que el dólar. Prueba de ello es el reciente ensayo que escribió sobre Luis Javier Castro, luego de que trascendiera el #VisaGate con la junta directiva de Grupo Nación. Es un texto lúcido y necesario que no demerita el enfoque crítico que consistentemente ha tenido Castro con La Nación.
“Ser coherente no es aplaudir incondicionalmente a quienes piensan como una, sino aplicar el mismo estándar de justicia incluso cuando se trata de un medio al que he combatido críticamente durante años”, escribe doña Silvia.
Aplaudo, genuinamente, esa frase.
Ahora sí, entremos al texto que hoy nos ocupa.
Ya establecimos que doña Silvia opera como una legitimadora sofisticada del vocabulario político chavista y este nuevo texto sigue al dedillo esa línea. Recordemos que Castro no pretende replicar el chavismo como una “consigna bruta”, más bien lo traduce (con talento) a un lenguaje moral, intelectual y gerencial. Por eso cuando el chavismo dice “prensa canalla” como golpe, ella intenta convertirlo en concepto (“no es insulto, es diagnóstico”).
Ese ejercicio retórico que la caracteriza tiene sentido. A ver, hay un sector de la población que comete el grosero error de reducir el apoyo al proyecto chavista a "las clases populares". Esa lectura no solo es elitista, es incorrecta. El chavismo tiene un significativo apoyo en el sector empresarial. Y tal vez este segmento no se va a poner a aplaudir al mariachi que aparece en media conferencia de prensa, pero sí que apreciará un texto bien escrito que le acaricie el oído. En eso, pocas personas son tan efectivas como doña Silvia.
Pues bien, en esta nueva reflexión, como dije, sigue su manual de estilo con rigor. Ojo, este ensayo, a mi criterio, no es un simple elogio a la eficiencia ejecutiva. Si se lee con ojos “desapasionados" es fácil encontrar matices llamativos en los que a mi criterio es prudente reparar. En esencia doña Silvia plantea que la indignación de ciertos sectores por el doble nombramiento de Rodrigo Chaves es predecible, automática y cerrada sobre sí misma y en eso, yo coincido. Su pregunta eje es: ¿Y si Laura Fernández tiene razón?
A partir de ahí, el texto defiende que el nombramiento no debe leerse como ingenuidad, manipulación o autoritarismo, sino como una jugada estratégica: Fernández ha entendido el mandato electoral, sabe que tendrá mayoría legislativa y está dispuesta a gobernar con eficacia aunque eso incomode a ciertas voces ardidas. La frase clave de doña Silvia es: “Efectividad rugosa sobre parálisis elegante”.
Partamos entonces de que el texto no niega que haya concentración de poder. Más bien la normaliza como costo aceptable si produce resultados. Esa posición no es llamativa por sí misma, es más bien un punto de partida común dentro del sector empresarial. Aquí toca hilar fino. En efecto, hay quienes piensan que es válido pasar de “hay un claro mandato electoral” a “la concentración puede ser virtud ejecutiva”. Yo coincido con lo primero, tengo mis sanas reservas con lo segundo y, por deformación profesional, prefiero mantenerme escéptico.
Es cierto que no he escondido mi intención de darle el beneficio de la duda a doña Laura (y de ciertamente desearle lo mejor) pero de ahí a ponerme a aplaudir intentos de concentración de poder (de este o cualquier otro gobierno) sin parpadear hay una sana distancia que no pretendo brincarme para congraciarme con quienes lo ostentan.
Volviendo al texto. A lo largo de su argumentación Castro construye una oposición binaria muy potente, pero algo tramposa. Por un lado, aludiendo al antes: presidentes encantadores, diálogo, consenso, cortesía, mediocridad elegante, parálisis. Por el otro, refiriéndose al ahora: Chaves, rudeza, ejecución, resultados, ruptura, eficiencia. Este ángulo como recurso retórico es súper efectivo y le dice a la audiencia exactamente lo que la audiencia quiere escuchar. A mí, sin embargo, me parece que cae en un reduccionismo conveniente, dejando de lado matices elementales que sé que la autora tiene claros.
Abordarlos, sin embargo, le encarecería su idea principal, que se resume muy bien en este párrafo:
“La pregunta que las cámaras de eco se niegan a formular es: ¿qué prefiere Costa Rica? ¿Cuarenta años más de presidentes encantadores que prometen consenso y no logran nada, o un experimento arriesgado con un estratega técnicamente competente pero temperamentalmente imposible que podría finalmente producir resultados?”.
La pregunta es retórica por supuesto, porque ya Costa Rica contestó en las urnas. No por eso el argumento deja de ser un recurso populista clásico, aunque venga vestido de análisis gerencial: la institucionalidad aparece como teatro de buenos modales; la rudeza aparece como autenticidad productiva. Esa es una falsa dicotomía de libro pero es tal el descontento ciudadano y tal la desesperación que consume al costarricense promedio que no pocos se tragan ese enunciado con cuchara sopera.
Ojo: no les culpo. Me he cansado de decirlo. Es más, si me lo permiten, citaré a un buen amigo (le mantendré anónimo) quien resumió en un párrafo lo que yo no he logrado explicar en 4 años:
“No sé si es porque yo vivo en una realidad distinta (vivo en Guanacaste), pero no entiendo como hay gente que no entiende fenómenos como el que vivimos en Costa Rica. Cómo esperan que personas a las que el sistema les ha dado el mínimo o nada, se preocupen porque ese sistema esté en peligro. Tampoco entiendo ciertas tendencias de restregarle a quienes apoyan proyectos autoritarios los privilegios que el sistema nos ha dado a unos pocos. Yo estoy muy preocupado por las cosas que veo y que me comentan: persecuciones en instituciones públicas, medios a punto de cerrar por presiones políticas y económicas, deterioro de las instituciones, etc. pero aún así entiendo profundamente a la gente que está enojada y que le importa un comino la democracia. Y siento que el primer paso para siquiera pensar en darle la vuelta a esto es tener ese ejercicio de empatía con la gente que está francamente cabreada”.
Listo, más claro no canta un gallo: volvamos al texto de doña Silvia.
Mi problema de fondo es que yo no considero que la alternativa real sea “cortesía vacía o Chaves”. También existe una tercera posibilidad: gobiernos firmes, técnicos, ejecutivos y democráticamente contenidos. Estoy convencido de que esa añorada eficiencia no requiere choteo semanal, ataques al cuerpo, degradación perpetua del adversario, dinamitar la Sala Constitucional, desarmar por completo la Contraloría ni mucho menos una concentración extrema de poder.
Hay otro argumento de Castro que me hace ruido. Ella escribe: "Las cámaras de eco están llenas de conversaciones sobre la "inmunidad sospechosa" que el cargo ministerial le otorga a Chaves frente a las acusaciones de corrupción. Pero nadie menciona que en septiembre de 2025, cuando la Asamblea Legislativa tuvo la oportunidad perfecta de desaforarlo, la moción fracasó. No porque Fernández lo defendiera—ella ni siquiera era presidenta todavía. Fracasó porque sus numerosos y vocales enemigos políticos no pudieron reunir evidencia suficiente. Si el caso fuera tan sólido como insisten, Chaves estaría enfrentando juicio ahora mismo. Pero ese detalle se pierde en el ruido indignado”.
Este, para mí, es el único planteamiento del ensayo que me resulta abiertamente problemático. Doña Silvia es una mujer brillante y no ignora que una votación de desafuero es, ante todo, una votación política; no una audiencia probatoria sobre la solidez de la evidencia. Poco peso tuvo la prueba recabada (mucha o poca) en ninguna de las dos acusaciones contra Chaves que llegaron a la Asamblea Legislativa.
La ley es clara: se requieren 38 votos para que el congreso levante el fuero de improcedibilidad penal. No se llegó a esa cifra porque el oficialismo y sus satélites (incluyendo a Nueva República, a quien después le devolvieron el favor) lo impidieron. Pretender lo contrario es insultar la inteligencia de la ciudadanía. Uno puede o no estar de acuerdo con lo que resolvió el congreso, pero a los hechos se les aborda como tales, caso contrario entramos en el terreno de la fantasía y para eso mejor ver La historia sin fin que pensar en la tragicomedia de la política costarricense.
Por último ¿qué le reconozco muy por sobre todo al texto de doña Silvia? Que no esconde que, detrás de ese salto de fe que tomó Costa Rica, sí hay un riesgo. Ella lo plantea así:
“Es una apuesta arriesgada. Podría salir terriblemente mal. Chaves podría convertir los ministerios en su feudo personal. Las investigaciones podrían eventualmente alcanzarlo. La concentración de poder podría derivar en exactamente los excesos autoritarios que predicen sus críticos. Si eso pasa, será el fracaso de Fernández, no de nadie más”.
Irónicamente, no comparto la línea final. Si eso sucede, no será el fracaso de Fernández: será el fracaso de todos. Porque cuando una apuesta de concentración sale mal, no paga solo quien la diseñó o impulsó; paga el país que la toleró, la celebró o no supo contenerla a tiempo.
