La derrota de Viktor Orbán no significa que el autoritarismo esté vencido, pero recuerda algo esencial: incluso los sistemas diseñados para perpetuarse pueden perder.
Hay semanas en las que el mundo, tan generoso en malas noticias, concede una grieta. Y uno, merecidamente, debería celebrarla. A veces, lo acepto, cuesta permitírselo.
Esta tarde uno de mis mejores amigos me pasó un video del nuevo ministro de Salud de Hungría bailando y mi primera reacción fue decirle que el mundo no está para bailar. Que me parecía un gesto inapropiado.
Mi amigo, que vive allá, me corrigió de inmediato: “Parece que las noticias recientes te activaron un poquito el lado oscuro”. Y agregó: “El ministro no está bailando como burla hacia Orbán o al otro partido o a la gente. Es alguien bailando de felicidad pura, de la única forma que sabe manifestarla, después de más de 10 años pensando que algo era imposible. No te imaginás la alegría en la cara de todo mundo. Nadie se burla de otras personas, no hubo ‘lero lero’ al estilo Chaves; fue más un grito de felicidad del pueblo al pensar que hay una leve esperanza de un futuro mejor”.
Luego remató: “Acá se les acabó el papel higiénico en los hospitales hace unos años y el ministro de Salud dijo que era ‘matemáticamente’ imposible tener papel en todos los hospitales mientras se tiraba 10 millones de forints o más por mes siendo ministro. Digamos que, siendo eso lo que están cambiando, ¡yo también bailaría!”.
Jaque mate.
Sí: de pronto ameritaba un baile.
Estamos claros: lo ocurrido esta semana en Hungría no es una redención automática ni una garantía de futuro brillante. Es apenas una grieta. Pero las grietas importan porque permiten que entre luz en habitaciones que llevaban demasiado tiempo a oscuras.
Esta semana, Péter Magyar asumió como primer ministro y puso fin formalmente a 16 años de gobierno de Viktor Orbán. La elección ya había ocurrido en abril, pero el traspaso de poder le dio cuerpo político y simbólico a una noticia que todavía estaba en tránsito: el hombre que convirtió a Hungría en el laboratorio más famoso de la llamada democracia iliberal tuvo que entregar el poder.
Durante años, Orbán fue mucho más que un jefe de gobierno europeo con vocación nacionalista. Fue un modelo. Una referencia. Un manual de instrucciones para quienes quieren conservar la fachada electoral mientras debilitaban, paso a paso, los contrapesos democráticos.
Controlar medios. Doblar instituciones. Convertir la identidad nacional en escudo moral. Presentar toda crítica como conspiración externa. Repetir que solo el líder entiende al pueblo y que cualquier límite al líder es, por tanto, una agresión contra el propio pueblo. El libreto no era nuevo, pero Orbán lo refinó con una disciplina escalofriante.
Por eso lo ocurrido en Hungría tiene un valor que excede a Hungría. Porque durante mucho tiempo el mensaje pareció ser el inverso: que una vez capturado el Estado, colonizado el ecosistema mediático y habituada la ciudadanía a la excepcionalidad permanente, la alternancia se volvía ficción. La democracia podía seguir existiendo en el calendario, pero no necesariamente en la práctica.
Y entonces pasó lo que pasó. Votaron. Y Orbán perdió.
Hay que decirlo con prudencia, porque así lo demanda el oficio. Hungría no entró de golpe en una edad dorada. Magyar no es una figura sin contradicciones; viene del propio entorno político que ahora promete desmontar. Su triunfo no equivale a una restauración liberal plena ni mucho menos a una purificación democrática. De hecho, su amplia mayoría legislativa plantea desde ya una pregunta central: ¿usará ese poder para reconstruir límites o para reemplazar una concentración por otra? Ah... las similitudes.
Pero incluso con todas esas advertencias sobre la mesa, el hecho conserva su peso: Orbán no solo perdió. Entregó el poder.
Ya lo hemos dicho antes en este espacio: la democracia, cuando se erosiona desde adentro, no suele morir con un golpe seco. Muere por costumbre, por cansancio, por apatía, por cinismo, por resignación. Por esa sensación de que “todos son iguales”, “de por sí nada cambia”, “todo está hablado”, “diay, es lo que hay”.
La mayoría de los autoritarismos electorales no solo buscan controlar instituciones. Buscan administrar la expectativa social. Quieren convencer a la ciudadanía de que participar es inútil, fiscalizar es ingenuo y votar es apenas un trámite decorativo. Por eso una derrota así importa tanto: porque rompe la pedagogía de la resignación.
No demuestra que la democracia siempre gana. Sería peligrosísimo tomarse ese Kool-Aid. La democracia no gana sola. No tiene piloto automático. No se impone por superioridad moral ni por el simple paso del tiempo. Gana cuando hay organización, estrategia, una oposición capaz de leer el momento, un malestar que encuentra cauce y una ciudadanía que deja de ver el abuso como paisaje.
Hungría, este año, nos recordó dos cosas a la vez. La primera: no basta con tener razón para ganar. La segunda: que el adversario controle demasiado no significa que ya no valga la pena intentarlo.
Durante lustros, Orbán convirtió su permanencia en una especie de prueba de destino. Sus admiradores lo presentaban como el líder que había entendido antes que otros el agotamiento liberal, el resentimiento cultural, el miedo migratorio y la nostalgia de orden. Sus críticos, por momentos, parecían atrapados en la misma premisa, aunque invertida: si Orbán había capturado tanto, quizá ya no podía perder. ¡Pero perdió!
Y eso le dice algo al mundo, especialmente en esta época de entusiasmos autoritarios maquillados de épica popular. Le dice que los sistemas rígidos no son invulnerables. Que el control mediático no garantiza amor eterno. Que el clientelismo no compra todos los futuros. Que la propaganda puede deformar la conversación pública, pero no siempre logra cancelar la experiencia cotidiana. Que la ciudadanía, incluso después de años de presión, todavía puede hartarse.
También le dice algo a quienes defienden la democracia: no alcanza con denunciar el deterioro. Hay que construir alternativa. La oposición húngara no ganó solo porque Orbán se desgastó. Ganó porque apareció una figura capaz de hablarle a votantes que no necesariamente se reconocían en la oposición tradicional. Ganó porque el hartazgo encontró una vía electoral concreta. Ganó porque la crítica a la corrupción, al aislamiento y al deterioro institucional pudo traducirse en una oferta potable de poder.
Esa parte es incómoda, pero fundamental: no basta con estar "del lado correcto de la historia"; hay que consolidar una opción viable. La democracia no se rescata únicamente desde la indignación. Se rescata también desde la eficiencia.
Ahora bien: tampoco conviene leer a Hungría como una postal moral de buenos contra malos. Las sociedades reales son más densas que los relatos cómodos. Muchos votantes que castigaron a Orbán quizá no se volvieron liberales cosmopolitas de la noche a la mañana. Tal vez se cansaron de la corrupción. Del deterioro económico. Del aislamiento. De la arrogancia. O, simplemente, de ver al mismo hombre en el centro de todo durante demasiado tiempo. La democracia también se alimenta de cansancios imperfectos.
Ninguna transición democrática seria puede depender de que todo el mundo piense bonito, lea los libros correctos y use las palabras exactas. A veces la defensa de la democracia empieza de forma menos elegante: con gente diciendo ya basta. Ya basta de abuso. Ya basta de mentira. Ya basta de descaro. Ya basta de que el poder confunda mayoría con permiso ilimitado. Ese ya basta no resuelve nada por sí solo, pero abre una grieta.
Ahora viene lo difícil. Si Magyar quiere que su victoria sea algo más que alternancia, deberá hacer lo contrario de lo que suelen hacer quienes heredan poderes enormes: limitarse. Restaurar independencia institucional. Devolver pluralidad al sistema público de medios. Fortalecer controles. Investigar corrupción sin convertir la justicia en revancha. Recordar, en fin, que la verdadera prueba de un demócrata no está en ganar una elección. Está en qué hace después con el poder que recibe.
Por eso lo de Hungría debe celebrarse y observarse al mismo tiempo. Celebrarse porque no todos los días cae, por vía electoral, un régimen que parecía diseñado para durar indefinidamente. Observarse porque la historia está llena de redentores que llegaron prometiendo devolverle el Estado a la gente y terminaron descubriendo, con preocupante rapidez, lo cómodo que resulta habitarlo sin límites suficientes.
Pero incluso esa cautela no debería privarnos de la evidencia central: esta semana, en el corazón de Europa, uno de los grandes referentes del autoritarismo contemporáneo tuvo que entregar el poder. Y un ministro entrante no pudo contener la alegría. Frente a los ojos del mundo entero, bailó.
En un momento histórico que invita al desaliento y parece convencernos de que la humanidad camina sedada hacia formas cada vez más cínicas de poder, Hungría ofrece un jalón de orejas necesario. No una panacea. No una pomada canaria. No una promesa de salvación. Solo un recordatorio sobrio y útil: hay países donde el miedo avanza, sí. Hay líderes que aprenden unos de otros, sí. Hay democracias que se vacían desde adentro, sí. Pero también hay sociedades que despiertan tarde, se organizan mal, se equivocan mucho, parecen rendidas durante años y aun así encuentran una rendija.
Lo ocurrido en Hungría no nos autoriza a la euforia. Nos autoriza a algo más importante: a desconfiar del fatalismo. A no aceptar como irreversible lo que apenas parece consolidado. A recordar que ningún proyecto autoritario, por sofisticado que sea, puede descansar completamente tranquilo mientras necesite contar votos.
