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La cultura occidental se levanta sobre tres pilares fundacionales: Sócrates, Platón y Aristóteles

Con sus variantes, establecieron que solamente a través del ejercicio de la virtud, basada en el conocimiento, se alcanza la felicidad. Es uno de los acontecimientos más asombrosos de la humanidad: por primera vez en la Historia, desde la  pequeña ciudad griega de Atenas, se postula que el ser humano solo alcanza su plenitud si busca la verdad, la bondad y la belleza guiado por la razón.

Esta es, quizá, la característica principal de la cultura occidental: la noción de que la búsqueda racional de la verdad es consustancial a la esencia humana. Cuando la razón prevalece hemos vivido épocas de creciente progreso y bienestar. Cuando la sinrazón prevalece, hemos sufrido tiempos de retroceso, violencia y decadencia. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente, sobrevienen siglos de oscurantismo religioso hasta que, otra vez en una pequeña ciudad, esta vez en Florencia, vuelve a renacer la pequeña flama  de la Razón, hasta que, en 1789, alcanza un resplandor que ilumina al mundo al grito de “Libertad, Igualdad, Fraternidad”.

Desde entonces la Razón ha sufrido muchas vicisitudes. 

Gracias a ella se estableció que todo ser humano, por el solo hecho de existir, tiene derechos. Nos guió en la formulación de los principios de organización del estado democrático, con su división de poderes, con sus pesos y contrapesos, y proclamó que la soberanía reside en el pueblo. Nos permitió descubrir las leyes que rigen el movimiento de los astros y nos permitió penetrar en las profundidades del átomo, posibilitando una explosión de innovación y productividad como jamás lo había experimentado la humanidad. Desde entonces hemos visto una constante mejora en el bienestar humano: vivimos más años y con más salud que nunca antes en la historia (incluso a pesar de la pandemia).

Pero la Razón también se instrumentó para provocar muerte y destrucción. La organización “técnica” del exterminio de millones de seres humanos en el Holocausto; el asesinato de millones, para imponer la idea de que la libertad individual debe suprimirse en favor de una autoridad central que planifica racionalmente la vida en sociedad; y finalmente, el hongo nuclear aniquilador de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, generaron un sentimiento de decepción y cuestionamiento de la Razón. La promesa de felicidad en un mundo de creciente orden y progreso, basado en, e impulsado por, la Razón,  como lo postuló Augusto Comte, yacía hecha añicos tras dos guerras mundiales. 

Pero una vez más la Razón se levantó. Se estableció un sistema internacional basado en principios y leyes racionales que han evitado hasta ahora otra conflagración mundial. Se ampliaron y se extendieron los derechos humanos. El comercio mundial creció como nunca antes amparado por tratados y supervisado por instituciones. En los 75 años transcurridos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad ha vivido una era de progreso y prosperidad sin precedentes. Aunque imágenes desgarradoras transmitidas constantemente por múltiples medios nos pueden causar la impresión de un mundo en constante guerra y conflicto, lo cierto es que, según el Instituto de Estudios sobre la Paz de Estocolmo, estamos viviendo la era más pacífica en la historia de la humanidad. Además, en relación con la población total, estamos viviendo la era en que ha habido menos pobreza en el mundo.

Pero, una vez más, estamos siendo testigos de un nuevo asalto a la Razón. Lo vemos en las crecientes manifestaciones de racismo, xenofobia, nacionalismo fanático, conflictos étnicos,  intolerancia y extremismo religioso, y fundamentalismos ideológicos. Poco a poco vemos que la búsqueda racional de la verdad, como fundamento para mejorar la vida en común, se sustituye por la descalificación infundada “del otro” y la exaltación irracional “de los míos”. El diálogo, que para Platón es la herramienta humana esencial para que surja el conocimiento, se desecha en favor de la acusación gratuita, del rumor, de la desconfianza, de la cizaña y de las noticias falsas. Así, poco a poco, conforme crece el desprecio por la razón y por la búsqueda de la verdad, y se fortalecen las lealtades irracionales ya sea a la raza, o a la religión, o a la ideología o a los intereses estrechos de grupo, se va desgarrando el tejido social. 

Pero hay una forma de revertir la tendencia hacia el irracionalismo: que cada grupo recupere la capacidad de formular y presentar racionalmente sus demandas y aspiraciones; y a partir de ahí, ser capaces de negociar racional, serena y respetuosamente, con los demás. ¿Y por qué habrían de hacerlo? Porque es claro que el curso actual de acción solo empeora los problemas de todos y no genera beneficios para nadie. La polarización no resuelve un solo problema y crea otros nuevos. Todos perdemos. 

Desde la polvorienta Atenas, y desde hace veinticinco siglos, los tres filósofos nos siguen exhortando a que busquemos nuestra felicidad a través del conocimiento. Tenemos el desafío de volver a escucharlos,  so pena de correr el riesgo de que, una vez más, podríamos escuchar de nuevo aquella consigna brutal de la Falange franquista que sacudió los cimientos de la Universidad de Salamanca en Octubre de 1936: “¡Viva la muerte, muera la inteligencia!”.