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Una vez más, una emergencia nacional, en esta ocasión la situación sanitaria ocasionada por la pandemia del virus SARS-CoV-2 (que ocasiona la enfermedad COVID-19) ha vuelto a destacar el espíritu de solidaridad que ha caracterizado a la sociedad costarricense en situaciones complejas y de incertidumbre. Por muchos años, la solidaridad, empatía, el trabajo en equipo y el servicio desinteresado, ha inspirado la labor de cientos de voluntarios, así como el diseño de masivas campañas de donaciones, teletones y todo tipo de esfuerzos liderados por el sector privado y organizaciones de la sociedad civil, como apoyo a las poblaciones menos favorecidas y en condiciones de vulnerabilidad.

En contextos de emergencia provocados por amenazas naturales (terremotos, huracanes, actividad volcánica, deslizamientos, entre otros) resulta muy frecuente, ‘normal’, y prácticamente un convencionalismo sociocultural, participar en campañas de donaciones a nivel nacional, o bien, participar en esfuerzos comunales como respaldo y apoyo a esfuerzos gubernamentales, más allá de toda consideración ideológica, afiliación religiosa o afinidad partidaria. Hemos construido como sociedad un imaginario del costarricense profundamente solidario en situaciones de emergencia.

Sin embargo, una vez más la migración vuelve a ser objetivo de atención y se aleja muchísimo de este espíritu solidario que nos ha caracterizado como sociedad por décadas. En las últimas semanas, algunos sectores de la población costarricense vuelven a temer al otro, al migrante, al nica. Los exabruptos, insultos, la xenofobia y los temores fundados ante una suerte de ingreso masivo de migrantes nicaragüenses contagiados con el virus, vuelven a inundar las secciones de comentarios en redes sociales, pero debutan además en cualquier encuentro social o familiar cuando se discute la pandemia.

La narrativa tóxica y xenófoba en situaciones de emergencia —y durante campañas políticas— ha sido una constante lamentablemente en todo el mundo. Sucede aquí en Costa Rica, pero sucede también en Hungría y en Estados Unidos, con sus respectivos matices. La migración en el discurso político ha sido ampliamente analizada por la comunidad académica y científica. El ‘otro’ y la ‘otredad’ son objetos de estudio de particular relevancia para la sociología y la construcción de lo ‘nacional’ frente a lo extraño o extranjero.

Ciertamente y a lo largo de miles de años nuestra especie ha empleado lazos de cooperación y la creación de memorias colectivas (costumbres y festividades nacionales, por ejemplo) como estrategia de unidad, pero además para enfrentar lo desconocido y a otras especies. En esencia, como estrategia de supervivencia. Desde una perspectiva antropológica y evolutiva, podríamos entender este impulso natural de observar con cautela y distancia lo desconocido y al ‘otro’, pero de ahí a permitirnos como sociedad construir mitos o falacias en torno al ‘otro’ que atenta contra mi estabilidad laboral, cultural y, en este caso, sanitaria, es un error innecesario.

Recordemos por ejemplo —y para no olvidar nunca— el nefasto y vergonzoso capítulo que vivió nuestro país durante aquel triste agosto del 2018 cuando un grupúsculo de supuestos neonazis y otros colectivos marcharon desde el Parque de La Merced utilizando consignas xenófobas contra la migración y supuesta invasión de nicaragüenses hacia Costa Rica producto de la profunda crisis sociopolítica que vivió Nicaragua ese año.

Tal y como ha sucedido en otros contextos de crisis, la situación actual de pandemia vuelve a visibilizar a las personas migrantes en condición irregular como chivos expiatorios, como causantes de todos los males que aquejan a las sociedades contemporáneas. El ‘otro’ que no aporta, sino el ‘otro’ que quita y resta, el ‘otro’ que además nos va a dejar a los ticos sin acceso a servicios de salud.

Nada más lejos de la realidad, en una sociedad como la costarricense donde casi el 10% de la población es extrajera, resulta difícil, temerario y peligroso asumir que las personas migrantes restan y no suman. Estudios llevados a cabo por el Dr. Koen Voorend en el International Institute of Social Studies de la Haya y Profesor en la Universidad de Costa Rica, confirman que existe una brecha (un mito en realidad) entre la percepción que se tiene sobre el uso de los servicios de salud de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) por parte de la población nicaragüense y los números y estadísticas reales —brindados por la misma institución—.

Esta construcción del ‘otro’ (del migrante “ilegal”) que atenta contra nuestros sistemas de salud, deja de lado y de una manera sospechosamente conveniente para muchos, el aporte y trabajo que realizan estas personas todos los días, inclusive en líneas vitales para combatir la pandemia, entre estos, el trabajo agrícola que se traduce en nuestra seguridad alimentaria, servicios privados de seguridad y de limpieza en hospitales, clínicas y otros centros de salud, transporte colectivo, servicios de cocina, comedores escolares, cadenas de abastecimiento, entre muchas otras labores.  No es casualidad por lo tanto que las personas migrantes residentes en el país contribuyan aproximadamente con el 12% del producto interno bruto (PIB), de conformidad con estimaciones recientes de la Organización Internacional para el Trabajo (OIM) y Centro de Desarrollo de la OCDE.

Más aún, recordemos que este virus SARS-CoV-2 ha sido esparcido por todo el mundo —incluido nuestro país— no gracias a la migración irregular propiamente, sino debido a la exposición (mayoritariamente) de ciudadanos y residentes a su regreso de viajes de negocios y de placer en el extranjero. De los primeros casos identificados en Costa Rica, por ejemplo, dos correspondieron a migrantes (turistas) norteamericanos, sobre los cuales no se discutió mucho.

Como sociedad debemos reflexionar si realmente nos preocupan los migrantes, o bien, los migrantes pobres. ¿Será que la xenofobia que creíamos conocer y rechazar no es más que una aporofobia (rechazo al pobre) disfrazada? Quizá tenga razón la Filósofa española Adela Cortina, no sea rechaza al extranjero, se rechaza al pobre.