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26 de mayo del 2020. Hoy es un día más de pandemia por COVID-19 en el mundo y los costarricenses despertamos con una extraña sensación: aunque todo sigue igual, parece que todo ha cambiado. Sonrientes pensamos ¡hoy somos un mejor país!

El fin de la espera por el matrimonio civil igualitario nos asegura que los derechos exclusivos para algunos, ahora nos pertenecen a todos y todas.

Sin duda este es un claro triunfo para la comunidad LGBTQ+, quienes además del derecho a decidir y a no tener miedo, hoy ganamos verdadero reconocimiento. Pero la llegada de la igualdad al matrimonio también es un triunfo para las familias diversas, esas que siempre han existido pero que a partir de hoy ocuparán el lugar que les corresponde en la sociedad. Sin duda el triunfo también es para las hijas e hijos que desde ahora tendrán resguardo al amparo de la ley.

El cambio es jurídico, fundamentado en la Constitución Política, las leyes y normas internacionales, pero también está simbólicamente presente en la alegría de padres y madres, abuelas y abuelos, hermanas y hermanos, tíos y tías, primos y primas, sobrinos y sobrinas, amigas y amigos que decidieron dejar de lado el odio y los prejuicios para acompañarnos en la ruta del respeto y la tolerancia. Aún más poderoso será ese cambio cuando las nuevas generaciones crezcan reconociendo el amor y la aceptación como única normalidad, sin necesidad de un refrendo legal.

De nada sirve un derecho que no se exige, se respete y se haga valer con dignidad. La abolición de la esclavitud y el reconocimiento de los derechos de las personas afrodescendientes no terminaron con el racismo, ni los inspiradores logros de la lucha feminista han acabado con la violencia de género. El camino será largo y lento, pero el paso de nuestro pueblo será más firme desde hoy.

Valientes que lucharon por lo justo

Nuestra generación recibe este derecho como legado de la fuerza y valentía de quienes se enfrentaron a paradigmas, radicalismos y violencia. Somos herederos de las luchas incansables tanto en la institucionalidad como en la irreverencia en las calles.

La promulgación de los Derechos Humanos en la posguerra, los eventos en Stonewall de 1969, las primeras marchas del orgullo en la década de 1970, las uniones civiles en Dinamarca en 1989, la aprobación del matrimonio igualitario en Holanda en el 2001, los primeros Festivales de la Diversidad en San José a inicios de los 2000, así como la consulta a la Corte Interamericana de Derechos Humanos en el 2016 y su opinión en el 2018 que cambió nuestra normativa. Estas y otras tantas luchas han sido necesarias para que hoy celebremos.

Muchos llenaremos de colores nuestro día, con consignas desbordadas de orgullo como “love wins” – “triunfa el amor”, “love is love” - “amor es amor”. Pero también es importante que no olvidemos las palabras de Harvey Milk, uno de los primeros políticos abiertamente gay electo en Estados Unidos, "hope will never be silent" (“la esperanza nunca será silenciosa”).

Ojalá no perdamos la perspectiva por ser los primeros en América Central o el número 28 en el mundo en legalizar el matrimonio igualitario, y en cambio reconozcamos con optimismo el gran significado de este eslabón que se rompe en la larga cadena de persecución, humillación, rechazo, silencio e invisibilización que aún persiste en nuestra aldea global. Con nuestra adhesión, tan solo el 14% de los países en el mundo cuentan con la figura.

Ojalá que este 26 de mayo del 2020 no solo sea un día más de pandemia. Ojalá los costarricenses despertemos con la convicción de que podemos cambiar para que nada siga siendo igual.

¡Hoy Costa Rica puede y debe ser un mejor país!