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La situación política de Brasil ha sido compleja desde su retorno a la democracia en 1989, habiendo pasado por dos procesos de destitución de presidentes, dos gobiernos de izquierda e inúmeros pactos con partidos de centro en un lapso de 20 años, pero hasta el momento no se ha visto una inestabilidad como la que ha causado el gobierno de Jair Bolsonaro.

Primero que todo, ¿quién es Jair Bolsonaro? Jair Messias Bolsonaro, presidente número 38 de la República Federativa del Brasil, es un exmilitar reformado, evangélico radical y añorante de la dictadura militar que estuvo instaurada en Brasil desde 1964 hasta 1985, resultó electo en los comicios del 2018 como una alternativa de derecha al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT). Su paso por la política brasileña ha sido marcado por la polémica y por sus escándalos, así como los de sus hijos, enfrentado con una clara impopularidad en la percepción pública por parte de votantes en los diferentes espectros políticos.

Como diputado y senador, fue electo para 7 periodos legislativos en los cuales no tuvo mayor relevancia en cuanto a proyectos de ley o enmiendas constitucionales, su foco de atención siempre fue buscar ser el centro de atención con temas que dividen la opinión pública, entiéndase: homosexualidad, aborto, ejército, entre otros.

En el manejo de las crisis de salud y economía ocasionadas por la enfermedad COVID-19, el presidente ha tenido encontronazos con distintos gobernadores por la manera en que ellos se han desentendido de las directrices estatales sobre el manejo de la cuarentena ante el coronavirus, principalmente con los gobernadores João Doria (São Paulo) y Wilson Witzel (Rio de Janeiro).

Sin embargo, ellos no han sido los únicos objetivos de Bolsonaro, desde el ex ministro de Salud Luiz Henrique Mandetta hasta el Tribunal Supremo Federal se han convertido en los chivos expiatorios cuya finalidad ha ido desviar la atención de su pésima gestión para contener el impacto del virus. Bolsonaro ha estado en contra de las medidas de aislamiento social, de incentivar a la población a permanecer en casa para aplanar la curva de infectados, contrariando a Mandetta y a los gobernadores de los 26 estados y de Brasilia, que han aplicado las directrices de la Organización Mundial de la Salud.

La semana pasada, cuando fue informado de que Brasil ha pasado la cantidad de 5000 muertes por el coronavirus, su respuesta se volvió un reflejo de su poca empatía y de su desinterés por lo que está ocurriendo con su población: “¿Y qué? ¿Qué quiere que yo haga? Yo soy ‘Messias’ pero no hago milagros.”

La inestabilidad política: ¿por qué podríamos estar a las puertas de un tercer impeachment?

Desde su conexión con el asesinato de la activista y concejala Marielle Franco hasta la renuncia de su “superministro” de justicia Sérgio Moro, Bolsonaro no ha logrado mantenerse lejos de las polémicas que han afectado su imagen y gestión al frente del país. La última causando que diputados de varias bancadas y actores sociales hayan enviado hasta 30 pedidos de apertura de proceso de destitución por crímenes de responsabilidad y de intentar influenciar a la Policía Federal al poner a personas de cercanía en altos escalones de la jerarquía.

Para evitar que un proceso de destitución sea abierto en el Congreso, el presidente Bolsonaro ha recurrido a los métodos que tanto le criticó a los presidentes Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff del PT: la repartición de cargos de segundo y tercer escalón a los partidos del centro, entre los más prominentes, el PMDB y el PSDB, que en los más de 20 años del regreso formal de la democracia al país, han servido de catapulta para que los distintos gobiernos puedan tener mayoría en el congreso y senado.

Pero, esto podría servirle de muy poco ya que los otros dos poderes de la república han manifestado su reproche ante las manifestaciones antidemocráticas que se han presentado en Brasilia en las últimas semanas en favor de una intervención militar y en contra del poder legislativo y judicial, así como promoviendo el fin de las medidas impuestas por los gobernadores, las protestas han sido incentivadas por sus seguidores, que añoran el regreso a la época más oscura de la historia brasileña.

En resumen, estamos a las puertas de que Brasil sea el segundo país de América con más muertes por COVID-19 mientras el presidente, que se supone debería estar liderando la respuesta ante el virus, alienta a los manifestantes alineados a su ideología golpista y desconoce los límites establecidos por la Constitución de la República, poniendo en riesgo no solamente a los poderes legislativo y judicial, también a la salud de la población más vulnerable y a la ya golpeada economía, cuyas proyecciones son desalentadoras, una caída de 5,3% del PIB en 2020. Se convirtió en un claro de ejemplo de cómo no debe ser y actuar un líder de un país democrático.