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Mientras los empleados públicos de diversas instituciones reciben elogios nacionales e internacionales por su trabajo en la atención y protección de la población en medio de la pandemia del COVID-19, el gobierno de Carlos Alvarado y los sectores políticos, empresariales y mediáticos afines a sus políticas recortistas, pugnan por desmejorar los ingresos de estos trabajadores. Esta es la forma en que este ingrato presidente y estos sectores hegemónicos dicen “gracias” a quienes están atendiendo y protegiendo de buena forma a la población en esta pandemia e incluso a quienes están protegiendo a estos poderosos sectores.

Pero además de esta incoherencia entre discurso de “agradecimiento” y práctica de golpe bajo, tenemos que tal intención es una mala política en tiempos de crisis, porque va a desmejorar la capacidad adquisitiva de miles de personas justo cuando esta urge más para la reactivación económica. Esto puede además tener eco en el sector privado, que podría tender también a desmejorar salarios. Es muy contradictorio que se quieran establecer fines de semana largos para reactivar el sector turismo mientras se quieren desmejorar los ingresos de miles de trabajadores y familias. El énfasis se debe poner en la productividad y el aporte de estos trabajadores al proceso de recuperación nacional, no en castigarlos.

Alvarado y su equipo económico parten de una premisa equivocada: apoyar a los ricos ayudará a reactivar la economía y los salarios son una especie de lujo inmerecido y un desperdicio. Como lo ha explicado el premio Nobel de economía Joseph Stiglitz, esta creencia es falsa, ya que los ricos tienden a guardar y acumular, mientras que los trabajadores necesitan gastar la mayoría de sus ingresos. ¿Qué reactiva mejor la economía: los ricos acumulando más riqueza o la demanda agregada de bienes y servicios de miles de asalariados? Según explica Stiglitz es mejor apostar por lo segundo.

Si a un empresario se le ofrecen créditos fáciles para invertir en negocios poco rentables, es menos probable que invierta a que si hay mayor probabilidad de ganancia. ¿Y de dónde viene la probabilidad de ganancia? De la capacidad adquisitiva de la gente derivada de los ingresos por su trabajo. Como lo ha explicado el inversionista Nick Hanauer, uno de los multimillonarios inversores de Amazon y otras empresas, el verdadero motor de la economía no es el gran capital, sino el consumo de la gente. Por esta razón, subir los salarios no destruye los empleos, sino que hace florecer la actividad económica y crear más empleo al aumentar la capacidad de demanda de las personas.

¿Alguna vez se ha preguntado por qué las comunidades piñeras o bananeras donde se producen millones de dólares al año son de las más pobres del país? ¿Será por los bajos salarios que reciben sus trabajadores y la persecución a aquellos que traten de organizarse para mejorar sus condiciones laborales?

Veámoslo así, si se tiene capital pero no hay capacidad de consumo en la gente, no importa cuánto se invierta, no se va a vender nada. Pero si no se tiene capital y hay capacidad adquisitiva en la población, entonces se puede pedir prestado para invertir en un negocio con mayor probabilidad de regresar lo prestado y pagar intereses razonables.

Entonces, dado lo anterior, presionar por bajar salarios como lo hace esta administración mientras se ofrecen créditos a Mipymes es una contradicción, pues los potenciales clientes de esos emprendedores tendrán menos dinero para adquirir los bienes o servicios que oferten los microempresarios, sin importar qué tan buena sea la publicidad, el mercadeo, la calidad o la oportunidad de lo ofertado. Además, si el sector público baja sus salarios, el sector privado lo tendrá más fácil para bajarlos también.

Desde 1982 los gobiernos costarricenses han impulsado políticas para facilitar condiciones a los ricos, mientras no lo han hecho con los asalariados. El resultado ha sido una sociedad cada vez más desigual, polarizada e insegura. Simplemente se han olvidado del 99% de la población y han pensado solamente en las necesidades del 1% más rico.

En lugar de tratar de bajar salarios, el gobierno debería aplicar políticas progresivas que distingan entre quienes tienen mucho, de quienes tienen ingresos intermedios y de quienes tienen ingresos bajos o del todo no tienen, para que se pida mayor contribución a quienes más tienen y se ayude a quienes menos tienen o no tienen nada. Esto aumentará la demanda agregada y reactivará la economía, impactado precisamente donde viven los más pobres. Estoy de acuerdo con que los salarios altos, las pensiones altas, los ingresos altos y los grandes capitales sean gravados con un carácter solidario, pero no con bajar ni gravar los ingresos intermedios ni bajos, pues esto tendrá un efecto de incremento de la desigualdad y la pobreza, así como de imponer mayor dificultad a la reactivación y recuperación económica.

Las políticas económicas de las últimas casi cuatro décadas han puesto el énfasis en hacer más ricos a los ricos bajo la creencia de que esto produce un efecto de “derrame” en toda la sociedad cuando la copa se rebalsa, pero esto es falso y lo que se ha producido es mayor desigualdad, una obscena desigualdad donde unos cuantos ricos poseen más que millones de costarricenses.

¿Cuándo llegará la hora de redistribuir riqueza de abajo hacia arriba? Creo que llegará cuando tomemos consciencia colectivamente de que:

  • La cooperación es mejor que el egoísmo.
  • El trabajo merece un pago justo.
  • Los servicios públicos de calidad son esenciales para el bienestar colectivo
  • Quienes no estén en condiciones de trabajar no deben vivir en pobreza (por ejemplo: niños, adolescentes, estudiantes, personas con discapacidad física o mental inhabilitante, o adultos mayores).

Nuestra realidad puede y debe cambiar, y si los costarricenses tomamos consciencia de estas ideas probadas por lo mejor de la ciencia reciente, estoy seguro de que podremos brillar en el mundo no solo por ser un ejemplo de contención de la pandemia por COVID-19 (como ya lo estamos haciendo) sino por ser el primer país de ingresos medios en erradicar la pobreza extrema, convirtiéndonos así en un genuino ejemplo a seguir al respecto. ¡Sí se puede! Ya lo hicimos a finales del siglo XIX al optar por la salud pública y la educación pública, gratuita y universal, así como en la década de los años cuarenta del siglo XX al aprobar varias reformas sociales progresivas e instituciones tales como la Caja Costarricense de Seguro Social, la Universidad de Costa Rica y el Instituto Costarricense de Electricidad, verdaderos pilares de nuestra relativa paz social y de nuestra alta capacidad de enfrentar la actual pandemia con éxito.