Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio.

Hace 30 años la inmensa mayoría de países del mundo quisieron saldar una deuda histórica con la niñez mediante la aprobación de la Convención sobre los Derechos del Niño, un instrumento de derecho internacional visionario, humanista e inclusivo. Este es el acuerdo de derechos humanos más ampliamente ratificado de la historia y su contribución para transformar de manera positiva las vidas de niñas y niños de todo el mundo ha sido indiscutible. Solamente los Estados Unidos no ha ratificado la Convención.

Según datos de Unicef, durante los últimos 30 años las muertes de niños menores de 5 años se han reducido en más de un 50% y el porcentaje de niños desnutridos se redujo a casi la mitad. Sin embargo queda muchísimo trabajo por hacer para que todos los niños disfruten de una infancia plena. No es justo que tantas infancias acaben antes de tiempo con matrimonios infames, con hambre, con trabajo insalubre y precario, con guerras y violencia. Las deudas aún son muchas, algunas heredadas del pasado y otras llegadas con el paso del tiempo: 262 millones de niños y jóvenes no van a la escuela, 650 millones de niñas y mujeres se casaron antes de cumplir 18 años y cada vez son más los menores que padecen obesidad y depresión. No podemos olvidar los retos ecológicos pues se estima que para el 2040 1 de cada 4 niños vivirá en zonas con recursos hídricos muy limitados. Acá en nuestra región ya son muchos los niños que padecen escases de agua potable.

Es cierto, tenemos muchas razones para celebrar, desde la reducción de la mortalidad infantil y el aumento de la matriculación escolar –la calidad de la educación sigue siendo una deuda pendiente— hasta el mejoramiento y la ampliación de las oportunidades para las niñas. Pero estos avances, muy dignos de celebrarse, siguen siendo insuficientes. En todo el mundo encontramos miles de niñas y niños que han quedado aún más rezagados que antes por el crecimiento de la desigualdad y los conflictos sociales, políticos y ambientales que les obligan a migrar en condiciones inhumanas.

A los desafíos antiguos se han sumado nuevos problemas que limitan a los niños el adecuado disfrute de sus derechos y el acceso a los beneficios del progreso que en muchos casos solo llega a los grupos más privilegiados de las naciones. La decencia y el futuro nos obligan a encontrar un nuevo modo de pensar y de actuar para poder responder con justicia y dignidad a los millones de niñas y niños que aún viven marginados y en peligro. El futuro sin niños no será. El futuro es de los niños, de todos los que habitan el mundo.

En esa construcción de un progreso más inclusivo y respetuoso de la niñez y sus derechos es necesaria la participación activa de los menores. La necesidad de participación existe en todos los contextos donde viven los niños, no es exclusiva de la casa o la escuela. Éste es uno de sus derechos menos conocidos y peor comprendidos. El derecho a la participación es uno de los principios rectores de la Convención y se consagra en varios artículos que los reconocen como personas activas con capacidad para opinar y ser escuchados.

La participación activa de las personas menores de edad en la planificación de la vida y las soluciones del futuro de la humanidad debe ser exigida, acompañada y entrenada, de lo contrario podría sería algo cosmético, sin mayor respeto por sus derechos y quizás ineficaz. Es responsabilidad de toda la ciudadanía exigir a gobiernos, empresas y comunidades el cumplimiento de los compromisos adquiridos hace 30 años en una Convención que cada vez enfrenta nuevos retos, como los enfrentan cada día los niños que busca proteger.