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Estudios especializados sostienen que tanto el gallo pinto (arroz y frijoles mezclados) y la avena tienen el mismo valor nutricional, también tienen mismos beneficios en fibra y saciedad. Pues resulta que el arroz y los frijoles cuestan $2,30 el kilo, y la avena es unos $0.30 más barata.

Mi pregunta es ¿Por qué nos gusta y/o consumimos más gallo pinto que avena?

En Costa Rica por ejemplo, el arroz, los frijoles, el maíz y en general la agricultura, cuentan con seguro de cosechas ante riesgos climáticos y de plagas. Ello implica que si se pierde la cosecha te devuelven el 75% de lo invertido. También suceden cosas estratégicas como que el gremio de agricultura ha logrado que el estado les reintegre el total de la inversión cuando el seguro de cosecha no cubrió las pérdidas.

Por qué sembramos arroz y frijoles si bien podríamos sólo comprar avena que no tiene los riesgos propios de un cultivo, no necesita seguro de cosecha y nos sale más barata.  Una de las razones importantes es la seguridad alimentaria. El productor local y su familia saben, que si siembran arroz y frijoles tienen asegurado el alimento básico.

Pero quizá lo más importante de consumir gallo pinto y preferirlo por sobre la avena, es por nuestra cultura. Y la cultura es un sistema de hábitos y usos que nos diferencia de otros, nos da identidad y algo único e irrepetible en cada geografía.

Sin embargo, usualmente los medidores productivos no suelen contemplar lo cultural como un aspecto fundamental para potenciar la economía. Muchos fracasos comerciales suceden porque omiten el valor simbólico que imprime la cultura y se basan únicamente en el valor monetario.

Tanto la cultura costarricense como gran parte de la centroamericana determina que percibamos el gallo pinto como algo autóctono, local, único en la región, barato, que sabemos producir muy bien y delicioso. Hasta las cadenas de comida rápida con franquicia en la región lo incluyen en su menú o de lo contrario se pierden de una franja de consumo que responde mayoritariamente a usos culturales.

Ya hace mucho tiempo que sabemos que la cultura es mucho más que un simple valor agregado. Una muestra de ello son las campañas de publicidad alrededor de un producto. Dichas campañas, casi de manera unánime centran su relato en mostrarnos a los potenciales consumidores ese nuevo hábito de consumo, sus variables, sus beneficios. Así vemos que los publicistas nos guían hacia esa cultura de consumo que incluye la compra del producto.

Estados Unidos fue el país que inventó la publicidad como uno de los grandes negocios de los últimos tiempos. Y en la década de los 50, esos mismos genios del sueño americano crearon leyes proteccionistas hacia el cine, la televisión y la cultura en general. Las famosas listas negras que parecían centradas en combatir el comunismo se fueron convirtiendo en filtros xenófobos que no permitían proyecciones de cine extranjero en sus salas o en sus canales, y tampoco toleraban que las empresas públicas o privadas emplearan a inmigrantes extranjeros a quienes les achacaban ideas comunistas.

La industria del entretenimiento tuvo una cacería de brujas llamada macartismo, argumentando que los oponentes ideológicos atentaban contra su soberanía cultural. El resultado de tales políticas se convirtió en una tutela implacable por parte del estado que casi 70 años después, se mantiene como colonialismo cultural hacia el resto del mundo.

Volvamos a la avena y el por qué nuestros gobernantes nos han fomentado sensatamente el consumo y cultivo del arroz y los frijoles. Las legislaciones creadas formaban parte de nuestra seguridad y soberanía alimentarias, porque si dependiéramos de tener que comprar la avena que no producimos, podría ser que en algún momento nuestra población no pudiese alimentarse. Otro elemento es que el dinero que genera la producción de los granos básicos se queda en territorio local, en productores locales. Con la avena en cambio, al importarla beneficiamos principalmente a los granjeros estadounidenses y a su economía.

Claro que a veces nuestro país importa arroz y frijoles, pero, solamente cuando hay escasez y tiene que haber una declaratoria oficial de desabastecimiento. Antes de importar toca revisar meticulosamente los tratados comerciales, excedente de los países de los que se importa y precio. También a veces Costa Rica tiene excedentes de arroz y frijoles y los exporta. Pero tanto importación como exportación están regulados para no perjudicar a productores locales

¿Que si es más barato importar el arroz y los frijoles que producirlos? Es muy probable, pero por soberanía y seguridad alimentaria tenemos que tener el autoabastecimiento asegurado.

¿Que si contar historias es tan importante como el gallo pinto?  Pues resulta que sí. Contarnos cuentos es mucho más antiguo que los arrozales y los frijolares, y sin ese recurso nunca habríamos podido construir la civilización que tenemos hoy, pues no habría una sistematización de la memoria. Tal parece que contar historias es tan importante como alimentarnos de una manera, y no de otra.

¿Que si el arroz y los frijoles producidos en Costa Rica son de peor calidad que los que se importan? Habrá de todo, mejor o peor calidad, más resistentes a las plagas pero peor en preservación, más ricos en sabor pero dulces para el gorgojo, más suavecitos al masticar pero con menos nutrientes. De que no me queda duda es que entre más producto local creamos, mejor nos va a salir, más expertos seremos en la técnica de ese producto, más especializados en conseguir su calidad y más apasionados en que este se venda y en el perviva nuestra cultura.

Y un último guiño: el gallo pinto no se puede gravar porque es parte de la canasta básica, y ya descubrimos que el gallo pinto es un producto tanto cultural como alimenticio ¿No será que la cultura debería ser parte de esa misma canasta básica? O quizás se considera que “el gallo pinto“ es un artículo de lujo y en cambio la “avena“ no.

Que si canasta básica es fundamental y las plataformas de entretenimiento son lujos innecesarios: a ver gente, hago toda esta proclama porque les resulta “intolerable, un abuso, una injusticia, un atropello”; gravar mínimamente a los espectáculos públicos a cambio de fomentar, defender y preservar la soberanía cultural en el cine o bien el gallo pinto nuestro de cada día.