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La decisión del presidente turco de invadir el norte de Siria para combatir a las milicias curdas —hasta la semana pasada aliadas de Estados Unidos, tras el repliegue de las tropas estadounidenses— no constituye una mera operación militar, sino el punto de partida de una reconfiguración de las fuerzas en territorio sirio —tras años de combates— y una redefinición del escenario geopolítico y estratégico del Medio Oriente.

El presidente Erdogan muestra una actitud confrontativa con todos aquellos críticos nacionales y extranjeros. Hay que tener en cuenta que la decisión, en lo doméstico, pasa por abrir un frente externo que desvíe la atención de la agenda política y económica, ante la pérdida de apoyo popular del mandatario por las dificultades que enfrenta la economía del país. Mientras que frente a los cuestionamientos europeos ha amenazado con “abrir la puerta a casi cuatro millones de refugiados” que esperan en territorio turco para alcanzar lo que ahora constituye un “sueño europeo” para millones de personas en Oriente Medio y África. Para Erdogan la operación armada es un asunto de sobrevivencia política.

Por otra parte, el mandatario le recuerda a la OTAN que Turquía es un miembro y que hay compromisos que deben asumir para proteger a un miembro de la alianza atlántica. Sin embargo, Noruega fue el primero en anunciar la suspensión de la venta de armas, porque considera una decisión contraria a los intereses regionales la intervención en Siria.

Las repercusiones no se hicieron esperar en Washington, en donde hasta líderes republicanos y analistas del Pentágono se desmarcaron de la decisión de la Casa Blanca de convertir al país en un aliado poco confiable.

Las primeras operaciones armadas, denominadas Operación Manantial de Paz, iniciadas el miércoles pasado —solo estaban esperando el retiro de las tropas estadounidenses— y apoyadas por el Ejército Nacional Sirio, han provocado bajas en la población civil y posiciones claves de las Fuerzas Democráticas Sirias —una coalición liderada por la milicia curda—. El debilitamiento de ese grupo armado —considerado por Ankara como un grupo terrorista— permitirá a ISIS recuperar terreno. Esto conducirá a cambios en la relación de fuerzas entre los distintos actores político-militares sirios.

Ese cambio en el escenario tendrá, sin duda, repercusiones en el Medio Oriente. Los intereses rusos, iraníes, sauditas e israelíes, sin olvidar los europeos y estadounidenses, son importantes y pronto habrá reacciones.

En este tablero mediooriental el movimiento de una pieza causa un efecto dominó de grandes dimensiones. Solo en Siria operan fuerzas curdas,

tropas del Gobierno y sus aliados, grupos afines a ISIS y a Al Qaeda y las fuerzas turcas junto con rebeldes aliados. Esto genera un mapa sirio muy complejo, en el que el régimen de Bachar al Assad (en el poder desde 2000, tras la muerte de su padre) controla alrededor de un tercio del país.

La posición de la administración Trump es ambigua -como lo ha sido su gestión en asuntos internacionales-. Primero avaló la operación armada y procedió a retirar las tropas; luego amenazó a Ankara con arruinar su economía.

Al observar lo que ocurre en Siria hay que recordar cómo se ha configurado el Medio Oriente en los pasados dos milenios. Pero sobre todo la rivalidad otomano-persa, a la que ahora se suman los intereses sauditas e israelíes. Y la actual política turca hacia Siria aspira a ejercer un control sobre ese país, para recuperar parte de la influencia que tuvo el Imperio Otomano, favoreciendo los intereses de Rusia e Irá-. Por eso, no es una simple operación armada, cuya planificación comenzó hace unos años, cuando Ankara le dio la espalda a Washington y se acercó a Moscú y Teherán, apoyando acciones en Siria e Irak.