Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

Con la independencia de los países latinoamericanos durante los siglos XIX y XX, los nuevos países; o, más bien, los grupos hegemónicos en esos nuevos países, concentraron sus esfuerzos en alejarse de los países que los conquistaron y los colonizaron. Se trata de un periodo en el que los historiadores y otros estudiosos de la cultura, definen como el de la construcción de las identidades nacionales.

Luego de la independencia, continuaron las luchas entre los diferentes grupos que, poco a poco se fueron definiendo con la demarcación de los límites territoriales; es así como la geografía (al igual que sucedió en los países europeos que igualmente surgieron a partir del resquebrajamiento de los imperios de los que formaban parte), empezó a definir no solo los límites de esos nuevos estados, sino también el paradigma a partir del cual trató de definirse una identidad nacional o una cultura nacional.

Esta insistencia en la demarcación de límites ha sido causa de muchas guerras entre los habitantes de los nuevos. En ese sentido, es claro que esa construcción identitaria, ese establecimiento de territorios nacionales, ha sido un proceso frágil.

Esto no sorprende si tomamos en cuenta la dificultad que existe para delimitar países o áreas geográficas en toda Latinoamérica, cuando somos vistos desde fuera. Hace un par de meses leía en un blog que República Dominicana pertenece a América del Norte (e inmediatamente hice mi corrección en los comentarios, sin recibir respuesta). Y apenas hace un par de semanas, en un curso sobre el uso de un software para la publicación de revistas en línea, vi que en el gráfico que describía el uso del programa en el mundo, no aparecía América Central, pues había sido absorbida por América del Norte.

El caso es que ese interés por tratar de distinguirnos del resto de países de Latinoamérica pareciera no tener mayores efectos fuera de los límites de esta zona geográfica; pues para el resto de países todos somos iguales (sudacas, latinos o como prefieran llamarnos); tal y como nos ocurre cuando tratamos de definir a los originarios del Lejano Oriente, pues para nosotros todos son "chinos". Lo que sorprende es el hecho de que, aun cuando seamos parte de Occidente, siempre se nos vea como a los otros, los diferentes, los del tercer mundo, los retrasados.

Pero, volviendo al tema de la identidad, llama la atención esa insistencia por diferenciarnos del vecino y por alejarnos, en muchos casos, del legado español (aun cuando no fue sino hasta las últimas décadas que dejamos de celebrar el "descubrimiento de América" y empezamos a hablar del "encuentro de culturas").

El caso es que, con este afán de distanciarnos de lo español y en lugar de volver los ojos a nuestro legado indio, se optó por tratar de copiar los ideales franceses, con el discurso de la "libertad, igualdad y fraternidad" (que no fue más que un discurso). Así, no sorprende que la bandera de Costa Rica tenga los mismos colores de la bandera francesa.

Pero, nos preguntamos, ¿qué sabría de ese país europeo el ciudadano promedio? Pues nada. En un país donde apenas empezaba a consolidarse la ciudad y los centros obreros, donde no había seguridad social ni leyes laborales, el ciudadano común debía trabajar desde corta edad para apenas vivir. Los estudios se quedaban para los hijos de las familias adineradas, que eran las únicas que podían conocer de primera mano la historia y la cultura francesas. Se trata de la "ciudad letrada" de Ángel Rama, construida desde las aspiraciones de los grupos hegemónicos latinoamericanos.

En ese sentido, se vuelve común el resurgimiento de discursos que propugnan por la recuperación de las identidades nacionales, supuestamente en riesgo por la "globalización". Esta palabra se ha demonizado y se ha convertido en la causa de la pérdida de la identidad de los países latinoamericanos frente a la influencia, principalmente, de la cultura estadounidense.

Y surgen estudios que traen a la palestra un tema que pareciera haber sido superado, pero que todavía hoy es motivo de congresos y actividades académicas y culturales. A finales del siglo pasado se realizó en Costa Rica un ciclo de actividades donde se reflexionó sobre la identidad nacional desde diferentes aristas y, lo único claro al final, fue la imposibilidad de definir una "identidad nacional".

Pero todas esas discrepancias no son nuevas, aun cuando desde nuestra formación escolar y colegial se nos trató de convencer de la existencia de una identidad nacional, con himnos, días del agricultor (en los que nos vestíamos de campesinos) y lecturas de Magón.

Álvaro Quesada (Uno y los otros, 2002:48) señala la escisión de ese concepto de identidad desde los textos del Olimpo, "donde los antiguos valores y costumbres tradicionales se encuentran en proceso de descomposición, corroídos por las nuevas relaciones y valores de la modernidad capitalista". No pareciera diferir demasiado de los discursos que ahora tratan de "rescatar" nuestra identidad; como si se tratara de un desaparecido en la selva o la víctima de un desastre que requiriera de los cuerpos de rescate para su supervivencia.

Pero volvamos a la globalización. Este concepto surge originalmente dentro del ámbito de la economía y de las relaciones comerciales. Con el desarrollo de las comunicaciones y de los medios de transporte, se ha facilitado mucho el movimiento de las personas y de las mercancías. De esta forma, empresas nacionales se han extendido a otros países, con lo que se han consolidado como empresas transnacionales. Esa visión global de los negocios se ha visto fortalecida con el movimiento de las fábricas a países donde la mano de obra es más barata y existen menos restricciones y costos para su funcionamiento. En esa línea de disminuir los costos para aumentar la ganancia, se ha consolidado el término de globalización.

Y no solamente en el ámbito de la producción se han movilizado las empresas transnacionales, pues han encontrado en otros países consumidores para sus productos. Y, para ello, se han aprovechado del desarrollo de los medios de comunicación de masas, donde incluso en medio de las noticias se nos inserta la publicidad. Al respecto, Álvaro Cuadra (De la ciudad letrada a la ciudad virtual, 2003:119) ha señalado que el "discurso publicitario es el lugar emblemático donde se dan cita los procesos de virtualización massmediáticos y el diseño cultural matriz: la sociedad de consumo"; consumo de bienes y servicios que provienen de empresas transnacionales y, en esa medida, totalmente ajenos a los productos nacionales. En esa línea, y a fin de asegurar sus ventas, es necesaria la alienación de los consumidores por medio de la publicidad (y de los productos culturales que provienen de los países que producen esos productos):

Sustentada en la fetichización del mercado, la globalización capitalista promueve al máximo el consumismo desaforado, la cultura del "úselo y tírelo", con el consecuente deterioro del medio ambiente y el agotamiento de los recursos naturales no renovables.

Este modo de consumo se traslada a través de múltiples canales a las naciones menos desarrolladas, las cuales, sin haber alcanzado el nivel de desarrollo adecuado, se ven abocadas a asimilar patrones culturales ajenos a sus propias realidades, provocando distorsiones de índole estructural e impidiendo el desarrollo del mercado interno. (García y Pulgar, 2010:724).

Sin embargo, y como lo afirman varios autores (Mato, 2001; Wallerstein, 2004; Giddens, 2002; Featherstone, 2002; Castro-Gómez, 1998; Achúgar, 2000; entre otros), la globalización va más allá de lo comercial. Como se indicó líneas arriba, el desarrollo de nuevas tecnologías ha permitido un mayor intercambio entre las personas en todo el mundo. Así, ya no dependemos totalmente de los medios de comunicación de masas tradicionales (ahora en manos de estas mismas transnacionales y utilizados -muchas veces- para la publicidad de todos sus productos, en detrimento del periodismo de calidad, informativo y de análisis de otros tiempos); sino que podemos acceder a la información si tenemos conexión a la internet y somos capaces de navegar en busca de fuentes alternativas.

Esto ha permitido que el intercambio cultural vaya más allá del económico (en el que pareciera que solo somos receptores o vemos pasar de lejos los productos que producen en nuestros países para exportación, no para el consumo interno). Así, el movimiento de capitales, las inmigraciones, las importaciones y exportaciones de bienes y servicios en todo el mundo; van de la mano con el chateo, las redes sociales, la creación de blogs y el intercambio de información ya no producida por las mass media o las agencias de noticias (e incluso por las agencias de publicidad), sino de contenido elaborado por el ciudadano común.

Eventos tan importantes como los ocurridos en Egipto y en otros países del Medio Oriente, donde se recurrió a las redes sociales para organizar movimientos de protesta; o la divulgación de los partes diplomáticos de los embajadores de los Estados Unidos en todo el mundo, hecha por WikiLeaks; o los ataques de Anonymus a empresas y gobiernos que reprimen el derecho de acceder a la internet; son solo algunos ejemplos de la forma en que han sido utilizadas las nuevas tecnologías por parte del ciudadano común.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la literatura? Pues mucho, pues la literatura es un producto cultural de gran importancia y, determinante por muchos años, de la identidad latinoamericana. Esto debido a que no se nos ha reconocido tradicionalmente como teóricos, sino como apasionados autores de textos de realismo mágico (o de novelas de las bananeras, criollismo, textos de la revolución, entre otros tantos estancos en los que se nos ha querido encasillar para "facilitar" el estudio de nuestra literatura).

Además, la literatura también es un bien de consumo, y clasificarla facilita su comercialización; pues el consumidor necesita de un parámetro para valorar los productos que le son ofrecidos y, en esa línea, es más sencillo vender los libros de una novela de Isabel Allende, indicando que su producción se encasilla dentro del realismo mágico de García Márquez, que tratar de establecer algunas de sus características particulares. Y, si funcionó con Allende, las grandes editoriales no iban a inventar nuevas recetas para vender la más reciente producción latinoamericana.

El problema se les presenta cuando aparecen nuevos escritores que reniegan de esa herencia literaria o, matizando un poco, del encasillamiento en el que los encierran las editoriales y los críticos literarios. El gran problema es que esos textos producidos en las últimas décadas, "bien pudieron ser escritos en cualquier país del Primer Mundo", como le decía un editor a un grupo de jóvenes escritores latinoamericanos (Fuguet y Gómez, MacOndo, 1996:10).

Jorge Fornet (“Y finalmente, ¿existe una literatura latinoamericana?”, en: Revista lajiribilla, 2007) se preocupa más bien, por la ausencia de marcas identitarias en los textos escritos por estos escritores jóvenes e incluso critica la ausencia de compromiso con su entorno (volviendo a la superada visión de la escritura comprometida y la de los autores definidos políticamente —eso sí, a favor de las causas de izquierda, porque de lo contrario, se trataría de un Vargas Llosa cuya posición política le ha valido la desautorización literaria en muchos ámbitos).

Pero poco a poco, muchos de estos nuevos escritores han recibido el reconocimiento de la crítica; incluso, tal es el caso de Jorge Volpi, han sido aceptados por las elites políticas de sus países y esto les ha permitido acceder a puestos diplomáticos en representación de sus países (a pesar de que, según los críticos afiliados a esquemas nacionalistas o identitarios, consideran que su literatura no tiene marcas de su nacionalidad, no parece literatura mexicana).

Pero el mismo Volpi defiende la tesis de que los críticos se han equivocado desde mucho tiempo atrás, pues autores como "Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa y García Márquez eran considerados como perniciosos 'cosmopolitas' por parte de los críticos de la época" (“El fin de la narrativa latinoamericana”, en: Palabra de América, 2004:219). Incluso en este ensayo Volpi se burla un poco de su situación como escritor joven con éxito (premiado en múltiples ocasiones, becario y funcionario gubernamental en muchas otras).

De esta forma, las grandes editoriales logran recuperar el monopolio de la literatura latinoamericana; ya que por medio de los premios logran ubicar en las noticias a estos jóvenes autores, con quienes se aseguran no solo la publicación del libro premiado sino también la de los siguientes libros del autor. Así ponen sus nombres en las noticias y facilitan la decisión de compra de los lectores, atiborrados de publicaciones en las pocas librerías que quedan (en negocios que más parecen bazares). Facilita esta labor mercadológica la juventud del escritor y, si además es una persona atractiva (según el canon de belleza occidental), la venta está asegurada.

Pero no todo está perdido. Como lo señalé líneas arriba, la internet ha facilitado la divulgación de autores aún no publicados, ha permitido el establecimiento de lazos entre escritores, críticos y pequeñas editoriales (las pocas que se han mantenido a pesar de la invasión de las grandes transnacionales) y la subsecuente publicación de textos novedosos.

Igualmente, en muchas universidades los profesores de filología se han dado cuenta de que no pueden seguir analizando la literatura como lo han venido haciendo hasta ahora. Es necesario que se expandan y se enfrenten a estos textos de forma transdisciplinar.

Es claro que no estamos ante una literatura comprometida, pero también lo es el hecho de que la literatura, como producto cultural, nos muestra las condiciones de su producción (tan variadas como variadas son las condiciones para cada autor). Y es ahí realmente donde está la clave, como se decía de Borges, que afirmaba que no era necesario que en sus textos se hablara de las costumbres de su país para que se tratara de literatura argentina.

Creo que el siguiente paso es que los centros de investigación en las universidades estudien más la producción en la web; aunque probablemente su presentación algo caótica haga dudar de la estabilidad de sus textos. Pues resulta más seguro poseer un libro, donde el texto haya sido fijado, y que podamos guardarlo en nuestra biblioteca sin el temor de que sus palabras se transformen. A pesar claro del hecho de que, sus lecturas siempre van a cambiar (aunque se trate siempre de misma persona que lee).

Y, para terminar, estoy convencida de que la literatura formadora de identidades y toda la literatura que fue clasificada por etiquetas, no siempre respondió a lo que decía la etiqueta; pero ello facilitó no solo el trabajo de los críticos y de los académicos, sino también la comercialización de la literatura como bien de consumo. En esa línea, ya en el siglo XXI, con el desarrollo de las nuevas tecnologías, en la alta Modernidad, la literatura sigue sin poder ser atrapada bajo etiqueta alguna; y más allá de la genialidad (o ausencia de ella) de parte de los escritores, lo que se requiere es de lectores avispados que lean en ella algo más que sábanas que se llevan jovencitas, selvas voraces, compañías bananeras, sexo, drogas y rock and roll.