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El Estrecho de Taiwán constituye uno de los últimos resabios del orden internacional establecido tras el fin de la II Guerra Mundial, que mantiene un importante grado de tensión permanente por el reclamo de China, que considera a la isla una “provincia rebelde”; mientras que la población taiwanesa cada vez más reconoce que es diferente de la china. Es uno de los cuatro “puntos calientes” entre Pekín y Estados Unidos (EUA). Una cosa es ser parte de una cultura y una civilización y otra, muy distinta, es integrar una nación. Las nuevas generaciones de taiwaneses no ven a China como un referente y menos como una patria, se sienten más el pueblo de Taiwán.

Traigo este tema a colación por varias razones. La política de Pekín en Hong Kong evidencia que la tesis de “un país dos sistemas” es una falacia, un acto discursivo sin respaldo ante la represión policial y la amenaza de invasión militar desde China, por las persistentes protestas; esto hace que quienes respaldan esa idea en Taipéi estén valorando la situación. Por otra parte, el régimen autoritario e iliberal de Xi Jinping ha acelerado su proyecto hegemónico global y para ello requiere el control total de lo que considera el territorio de China (Macao, Hong Kong, Taiwán y los archipiélagos del mar del Sur de China). De igual manera porque Pekín ha completado su “reforma de los asuntos militares”, modernizando sus tropas y su equipo; por ejemplo, su fuerza naval ha dejado de una flota de equipo soviético obsoleto, para constituirse en un servicio naval moderno, y su fuerza aérea tiene cazabombarderos de cuarta generación. Y hay que sumar el estimado de 10 000 ciberataques mensuales que realiza la inteligencia china en Taiwán.

Ello hace que el balance militar en el estrecho hoy esté a favor de Pekín, por lo que el poderío militar taiwanés ya no tiene el efecto disuasorio de décadas atrás. Esto no quiere decir que una invasión china a la isla no sea de alto riesgo, porque demandaría una gigantesca operación anfibia. Si bien China tiene unos 1.000 misiles de corto alcance para atacar puntos neurálgicos de Taiwán, el propósito no es destruir su infraestructura, que resulta el mayor activo para anexar a la economía continental, porque en este territorio insular no hay recursos naturales estratégicos. Ante este escenario, Taipéi anunció la compra de armas a Estados Unidos y algunos ajustes en su estrategia de defensa para mantener su naturaleza disuasoria frente a un gigante militar con ambiciones globales como China. Hay que recordar que entre Washington y Taipéi no hay una alianza de defensa formal, sino promesas de apoyo; por lo que las fuerzas armadas de la isla deben procurar un mayor acercamiento con las estadounidenses.

Pero la disuasión, sin duda, estará limitada a un corto tiempo, porque el Gobierno taiwanés no puede embarcarse en una carrera armamentista de gran escala, que es evidente no ganaría. Esa disuasión debe estar complementada por el entorno regional e internacional. Por el apoyo que ofrezcan adversarios de Pekín, como Washington, Tokio, Seúl y Nueva Delhi. Los aliados diplomáticos de Taipéi no aportan apoyo militar ni económico, porque son países pequeños y su número se reduce constantemente. En esto hay una paradoja, porque Taiwán mantiene relaciones comerciales y oficinas de intereses en prácticamente todo el mundo, es la quinta economía de Asia-Pacífico y la décimo quinta en el mundo. Por cierto, Costa Rica tiene la tarea pendiente de buscar la apertura de una oficina de intereses con Taiwán, porque el comercio bilateral se ha recuperado en los últimos años.

Esta es otra de las razones para retomar esta cuestión. A mediados de setiembre las Islas Salomón y Kiribati decidieron reconocer a China y romper relaciones con Taiwán. Así el número de aliados se redujo a 15 países. Esto provoca tensiones entre las facciones políticas taiwanesas.

Ante ese panorama, parece haber llegado el momento de que la sociedad taiwanesa adopte una decisión definitiva: la declaración de independencia para evitar ser absorbida por el gigante hegemónico chino. No es fácil, pero no parece haber otra ruta para el pueblo taiwanés (que de chino solo tiene algunas tradiciones culturales y civilizatorias, no políticas ni sociales).