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En una de sus fabulosas narraciones, Stanislaw Lem menciona que la banalidad de la existencia ha sido probada hace demasiados años para que valga la pena dedicarle una palabra más. Habla de dragones y de cómo éstos, más allá de su no existencia, tienen formas diferenciadas de no existir que, también, interesan al conocimiento. Y enseguida se refiere a una ingeniosa tipología según la cual existen tres categorías de dragones: los iguales a cero, los imaginarios y los negativos. 

A menudo olvidamos que hay una experiencia de la verdad que excede (y no necesariamente riñe con) el control de la metodología científica. De hecho, el sentido de lo real no se sustenta en el pensamiento objetivante ni mucho menos en la estadística fría. Ni las cifras del Banco Central ni las investigaciones de los centros universitarios ni las verificaciones de datos son capaces de abolir “esa otra verdad” que construimos en la praxis de la cotidianeidad, en el mundo de la vida: hablamos del ámbito de los chiflones, la cicatriz que duele con la luna llena, la apendicitis por comer guayabas en exceso y la debacle económica que perciben los desempleados. Estos son los dragones de Lem.  

Bajo la impostura del rigor y la devoción por el dato, sin más, palpita una noción reduccionista de la verdad, identificada, por un lado, con el control metodológico de las condiciones de objetividad del conocimiento, y por el otro, con la oficialidad. Para ilustrar el último punto basta reparar en un curioso hecho reciente: el gobierno de Costa Rica acaba de aprobar un contrato de 150 millones con una empresa que se encargará, en lo que queda del año, de labores de comunicación y, sobre todo, de combatir la divulgación de fake news; si se renovara el dichoso contrato, al final de su mandato, el presidente Alvarado habría gastado 745 millones en cañonazos contra las fake news, los dragones del siglo XXI.  

Vivimos en el mundo del fact checking y el VAR, acaso dos formas análogas de dudosa reivindicación de “la verdad”. Y quizás por eso una nueva obligación se ha sumado a la pila de menesteres de los que debe ocuparse el hombre común: verificar cada una de las porquerías, cada uno de los memes y cada uno de los artículos que llega al Whatsapp o aparece en Facebook. No basta con que uno deba convertirse en contador mes a mes a fin de presentar correctamente la declaración de impuestos (tal es el precio de la excepcional institucionalidad costarricense...). No basta con que cada periodo de vacaciones sea precedido de una rigurosa investigación sobre el mejor tiquete de avión o el Airbnb más barato.  No basta con que uno dilapide horas averiguando cuál es el mejor plan de celular e Internet. No basta con que la frágil promesa de la vejez le demande a uno ser un experto en pensiones complementarias, seguros médicos y pólizas de vida. Sucede que ahora, por si fuera poco, tenemos que cerciorarnos y comprobar la autenticidad de cada noticia o rumor que leemos, ya que, de lo contrario, nos convertimos en una suerte de fake citizens

No se trata de algo especialmente original. En cierto modo, la Inquisición era el fact checking de la época. Ya Feyerabend lo decía: “Hoy podemos decir que Galileo siguió el camino acertado, porque su persistente empeño en lo que en tiempos pareció una estúpida cosmología creó el material que se necesitaba para la defensa de esta cosmología, contra aquellos de nosotros que sólo aceptan aquella visión de las cosas que se expresa de un cierto modo y que confían en ella sólo si contiene ciertas frases mágicas, llamadas informes observacionales”. Pero, además, hay un punto aún más crucial: nadie más que los consultores de comunicación política están interesados en que se instale una narrativa, si se quiere apocalíptica, que presenta las fake news como la mayor amenaza de la democracia. A fines de los 80, lo recuerdo bien, circuló un rumor sobre el advenimiento de los temibles tres días de oscuridad. ¡Nunca antes se vendieron tantas candelas!

La trampa, de repente, es creer que la realidad nos pertenece, cuando, por el contrario, somos nosotros quienes pertenecemos a la realidad. En el cuento de Lem, uno de los protagonistas, Trurl, reconocido constructor, logró demostrar que el grado de existencia de un dragón dependía de su humor y del estado de saturación general. Quizás el gobierno del presidente Alvarado debiera considerar que antes de derrochar tanto dinero combatiendo dragones, a lo mejor, sería mucho más efectivo reducir la probabilidad de su existencia a cero.