Este artículo representa el criterio de quien lo firma. Los artículos de opinión publicados no reflejan necesariamente la posición editorial de este medio. Delfino.CR es un medio independiente, abierto a la opinión de sus lectores. Si desea publicar en Teclado Abierto, consulte nuestra guía para averiguar cómo hacerlo.

En días recientes, la polémica por la aprobación del empréstito con el BCIE para el Programa Integral de Seguridad y Conservación del Teatro Nacional de Costa Rica, ha evidenciado los argumentos contrapuestos entre quienes reclaman la urgencia de las mejoras y aquellos que perciben que el monto de la inversión es una suma desmesurada. Por supuesto, la discusión es estéril si se estanca en un asunto económico y si, de un lado, no se orienta hacia la importancia de invertir en la preservación de los bienes con valor histórico y, de otro, no evidencia el problema que supone el poco sentido de conservación y apreciación por nuestro patrimonio. Al fin de cuentas, la inversión puede ser mínima respecto al valor simbólico, cultural, artístico, arquitectónico e histórico que constituye el Teatro.

Para algunos diputados, el Teatro es solo un elemento más del engranaje burocrático nacional, de ahí que resulta indiferente si sus oficinas y bodegas se trasladan a cualquier otro sitio, al fin de cuentas, nunca está de más reducir costos. Los tiempos económicos difíciles son una constante y no una excepción para Costa Rica, ignoro cuando llegaremos a tener la solvencia suficiente para terminar los puentes y las carreteras que nos faltan, pero ignoro aún más cuando podremos construir otra estructura con tal magnificencia, que, gracias a su cercanía, una plaza adquiere el apelativo “de la Cultura”. El Teatro no es un edificio cualquiera, es uno de los hilos que hilvana el tejido de nuestra memoria, un museo a cielo abierto y la institución gracias a la cual se institucionalizó el arte en el país.

Y sin embargo, el realismo mágico es un movimiento literario que fácilmente describe la relación que entablamos con el patrimonio. Nuestro Santiago Nasar yace a dos cuadras del Teatro Nacional. En 1969 el antiguo edificio de la Biblioteca Nacional se encontraba deteriorado, reclamaba con urgencia un mantenimiento mucho mayor al que requiere hoy el Teatro. Hace 48 años las condiciones económicas tampoco eran favorables para la restauración del patrimonio histórico y, por ello, terminó siendo vendida y convertida en un parqueo público.

La Biblioteca, al igual que muchos otros sitios históricos, como casas de familias acaudaladas, campesinas o edificios josefinos, sufrieron la suerte de una mentalidad cortoplacista y desinteresada por conservar la historia, al tiempo que “modernizar” la ciudad. Es evidente que los altos costos de intervención y las regulaciones pueden complicar cualquier proceso, pero también, la mentalidad de “botar” un edificio antiguo a “escondidas” y “sin escrúpulos” demuestra un problema como sociedad. El poco valor que le damos a nuestra historia para preferir las bondades de una ética individualista que tiene al automóvil y a su correspondiente parqueo como el símbolo de la ciudad, es la versión josefina de Crónica de una muerte anunciada.

Es común escuchar críticas sobre lo descuidada que está la capital y la poca motivación para visitarla, sobran las comparaciones odiosas con ciudades que sí han sabido potenciar su legado patrimonial, pero poco reflexionamos acerca de cómo llegamos al estado actual. Si bien existen factores como la expansión del área urbana y la facilidad de la construcción nueva frente a la restauración, hemos tenido una mentalidad depredadora de la ciudad. Guardo la esperanza que con el Teatro Nacional no reincidiremos en un caso tan lamentable y vergonzoso como el de la Biblioteca, pero más allá de que se aprueben los recursos para su mantenimiento es necesario comenzar una labor pedagógica en miras a valorar nuestras instituciones del pasado como un impulso para pensar nuestro futuro.

El Teatro no debería apreciarse solamente como el escenario de grandes producciones artísticas o de encuentros de jefes de Estado. Si apostamos por la democratización de la cultura, debería ser un espacio de visita imprescindible para todas las generaciones de aquí en adelante, pero en especial, debería acoger a los más desfavorecidos, a quienes el Estado tiene la obligación de brindarles las oportunidades para su desarrollo, que también pasa por el enriquecimiento artístico y cultural.