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A propósito de la actividad Orígenes y actualidad del neoliberalismo en Costa Rica: lectura socio-histórica organizada en el 40 aniversario del Posgrado Centroamericano en Sociología, me surgió la pregunta ¿De qué forma las recientes manifestaciones del neoliberalismo socavarán cada vez más las desigualdades espaciales en el país? Si bien no es un secreto que las distintas etapas del capitalismo han tenido implicaciones sobre la distribución desigual del territorio, puede que estemos por ver nuevas manifestaciones de disputas por el espacio y la construcción del lugar. De entrada, debemos comprender al neoliberalismo como un fenómeno que trasciende lo económico y que impregna las subjetividades mediante el establecimiento de una cultura del consumo basado en el esfuerzo y mérito individual; quizá sea esto lo más peligroso a lo que nos enfrentamos, idea que quedo muy clara en la actividad antes mencionada.

Ahora bien, ¿cómo entender el espacio y el lugar dentro de esta lógica neoliberal para el caso costarricense? El espacio es social y geográfico y en él se establecen una serie de relaciones históricas mediadas por fenómenos físicos, sociales, económicos y políticos. El lugar, en cambio, pasa por la construcción de sentido y pertenencia que se le asigna a un determinado espacio, forjado sobre relaciones de poder sociales y culturales colectivas. Así, cuando hablamos de la segregación manifestada en nuevas formas de urbanización o crecimiento desordenado de las ciudades por la falta de planificación, estamos hablando de fenómenos espaciales; pero cuando vamos más allá y analizamos cómo se vive subjetivamente por ejemplo aspectos como la marginación, el miedo y/o el encierro, estamos ante una construcción del lugar en que se habita. Podemos decir que el lugar es de una u otra forma una corporeización cotidiana de lo espacial.

En esta línea, en el último año hemos visto como han aumentado y se han legitimado formas económicas de precarización laboral en los servicios de transporte de pasajeros (Uber siendo el ejemplo más claro), así como transporte de alimentos y productos que no generan beneficios a la colectividad, y que han incrementado la circulación de medios de movilidad en el espacio físico; claramente contradiciendo principios de movilidad sustentable promovidos por el actual gobierno. Esto a su vez, a nivel de subjetividad, implica una legitimación de horarios y condiciones laborales poco o nada normadas, expuestos a riesgo de accidentes y a sabiendas de que existan “demanda” de los servicios que se ofrecen como “colaborador” de una empresa transnacional, lo cual implica inseguridades, miedos y, sobre todo ver el espacio como un lugar cotidiano de batalla y competencia.

Sumado a esto, se ha visto mermado el servicio de transporte colectivo público, con altas alzas en los servicios, sin capacidad de responder colectivamente a dicho incremento a pesar de que cada vez esté más deteriorado y supeditado a las movilidades motorizadas individuales, las cuales han sido altamente priorizadas en materia de inversión por la actual administración. Esto desestimula la movilidad colectiva e incentiva la lógica de consumo individual de la movilidad motorizada (independientemente de si estos son eléctricos, híbridos o de combustible fósil). Para quienes tienen la posibilidad de vivir cerca de donde realizan sus funciones (al estilo ciudad compacta), se estimulan formas de movilidad individual no motorizada y sustentable, pero bajo una espacialidad históricamente segregada y donde los desplazamientos son largos, esto no está al alcance de la mayoría de las personas. En este sentido, bajo la lógica estructural y subjetiva del neoliberalismo, la capacidad de ser móviles espacialmente se puede dar de dos maneras: a) para algunas personas es acceder a un medio de movilidad motorizada individual para “mejorar” su calidad de vida, y si no tiene la capacidad de consumo para acceder a esta forma, tendrá que lidiar con una movilidad colectiva cada vez más costosa y de mala calidad, b) para otras personas para por lo sustentable, lo amigable con el ambiente, el disfrute del tiempo y el andar en bicicleta al tener la capacidad de proximidad, igualmente determinada por una lógica de consumo. Son dos formas de acceso al espacio, pero lo que une ambos puntos es que el “mérito” individual y el “emprendimiento” es lo que determina acceder a la capacidad de movilidad.

Este último punto está claramente ligado a las nuevas formas de urbanización, las cuales están de igual forma estimuladas en diversas direcciones dentro de la lógica neoliberal que se establece en el país. Por un lado, aquella que promueve un regreso al centro, un pensarnos desde la sustentabilidad y la vida urbana verde, altamente consumista en espacios tematizados cada vez más accesibles para un tipo determinado consumidor “especializado”. Otra responde al acceder a espacios alejados de los centros urbanos, en barrios cerrados, condominios o torres, los cuales son accesibles mediante largos desplazamientos, donde el consumo pasa por lo global en centros comerciales disponibles en distintos colores y sabores según el estrato social al que se pertenezca. Además, aquellos espacios históricos que ven día con día como se transforman para el desarrollo de nuevos proyectos urbanísticos que promueven la vida individual y segregada. Por último, los espacios marginalizados y deteriorados, donde aumenta el desempleo y las personas están cada vez más expuestas a situaciones de violencia social e igualmente atravesadas por una idea de consumo global a la que casi no tienen acceso. La relación entre dónde se viva y quién eres como individuo esta claramente manifestado dentro de una lógica de consumo desigual, que tiene implicaciones sobre las desigualdades espaciales, pero además sobre la construcción de las subjetividades de quiénes habitan ese espacio.

Es claro que el furor con que hemos visto avanzar el neoliberalismo en este último año en el país, sobre todo a través de políticas como el Plan Fiscal, el constante ataque al empleo público, las garantías sociales, así como los discursos de individualizar los éxitos y fracasos en términos de empleo, ingreso y consumo; ha generado amplias transformaciones a nivel espacial en el país, pero más importante aún, en la forma en que vivimos y pensamos la posibilidad de un cambio colectivo desde los diversos lugares en que nos posicionamos.  Ante este panorama, lo que no podemos permitir es que se nos atrinchere a construir el lugar solamente desde lo individual, ya que esto tendría graves consecuencias sobre la forma en que como sociedad podríamos buscar alternativas más justas e igualitarias. Es fundamental en este sentido que generemos espacios en los que podamos construir lugares comunes, donde retemos y cuestionemos las medidas políticas y económicas impuestas por las agendas neoliberales, pero más aún, cuestionemos cómo estas agendas están impactando sobre nuestras subjetividades.