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Las fronteras costarricenses son más porosas que un saco de gangoche, muy a tono con la miope política migratoria de los últimos cuatrienios. Debiendo sumarse a ello la pobreza que condena a nuestra policía fronteriza desde su fundación, por cortesía de los gobiernos del PLN, PUSC y PAC.

Semejantes alarmas que no están sujetas a la interpretación antojadiza y conveniente de los políticos de turno en tanto se respaldan en hechos puros y duros, deben concitar la atención ciudadana. Y, muy particularmente, la preocupación académica. Se trata un factum tan radical y obvio, que no admite poses oficiales en contrario.

Los “Marielitos”. La historia siempre alecciona al que se deja. Y, a su tiempo, castiga al miope que no.

En Cuba —entre abril y octubre de 1980— se propició oficialmente un éxodo cuyos entresijos debieran concitar, hoy, la atención cuidadosa de los costarricenses.

En aquel año magro, salieron por el puerto de Mariel unos 125.000 cubanos. Poco menos del 1.5% de la población de aquel entonces —según el censo oficial de la isla (1981) y la oficina de inmigración estadounidense—.

El destino de aquellos caribes, fue Miami, entrando por el puerto de Cayo Hueso.

En un principio, el presidente estadounidense, Jimmy Carter, capitalizó aquel “envío”, cortesía de Fidel Castro, montándose en la ola de una opinión pública a la que —con la colonia cubana a la cabeza desde Miami— quiso vender aquel pasaje de la historia binacional como un puntal de la solidaridad y el humanismo que, según ellos, desde el capitalismo democrático, oponían al comunismo autoritario más emprobrecedor y castrante con el que compartían vecindario.

Pero toda corriente cambia pronto de dirección. Y, con esta, también el oleaje. Al principio, a los “Marielitos” se les dio una acogida calurosa, con refugio y todas las garantías asociadas para asegurarles una feliz estancia en la tierra de Disney. Pero todo cambiaría cuando un maquiavélico Fidel Castro, apostado en el cierre del puerto Mariel, grandilocuentemente, anunciara el éxito final de su pensada operación para infiltrarle a Estados Unidos un ejército de “indeseables” que representaban “un peligro para la sociedad”. También los llamó “escoria” y agradeció a Jimmy Carter por el favor.

De ahí en adelante, corrió la leyenda: entre los indocumentados que embarcaron en Mariel y desembarcaron en Cayo Hueso, iba la selección nacional cubana de reos peligrosos.

Así fue como Fidel aprovechó la candidez estadounidense para resolver el hacinamiento penitenciario, ensayar una suerte de “limpieza social” y, de paso, abrirle un boquete a la seguridad de su archirrival vecino.

La jugada maestra, conteste por lo demás con la legendaria astucia caribe, le significó a Carter la derrota electoral y su reelección. Ni más ni menos.

La insania política de semejante Caballo de Troya castrista, retrata de cuerpo entero a la inteligencia cubana. Y, de paso, también a su diplomacia, esencialmente guerrillera.

De aquellos especímenes que ni siquiera Noé habría invitado a su Arca, Estados Unidos repatrió a 2746, en el marco de los acuerdos Reagan-Castro (1984).

Casi cuarenta años después —según las cuentas del FBI— aún quedan unos 500 “angelitos” que terminaron en cárceles estadounidenses o todavía deambulan por ahí, debajo del radar, en eterna huida.

Ecuador. —Desde Davos, Suiza, el presidente ecuatoriano, Lenin Moreno, dio cuenta de una preocupación que los costarricenses serios debemos estimar: "personas que se encontraban encarceladas (en Venezuela) podrían haber sido liberadas y colocadas en frontera".

Las alertas ecuatorianas se encendieron a partir del femicidio de una ecuatoriana embarazada que, además, quedó registrado en video. El ensañamiento fue atroz. Y, como era de esperar, la repulsa ciudadana se desbordó, al tiempo que las sospechas de la oficialía ecuatoriana se acendraron al constatar el carácter indocumentado del violento homicida venezolano. De quien, por si no bastara, después se enteraron —a través de sus servicios de inteligencia y no precisamente por la colaboración del régimen madurista—, tenía un largo y violento prontuario criminal en Venezuela.

El presidente Moreno develó una evidencia tácita: “tienen tanto recelo de que nosotros acudamos a su pasado judicial, que no nos lo quieren proporcionar tampoco (desde Venezuela)".

La preocupación ecuatoriana no es menor. Y no por los 250.000 residentes venezolanos a los que han acogido con cierta permanencia. Sino por la migración masiva que desborda el millón de ingresos por sus fronteras, en los últimos años de profundización del caos venezolano. Miles, casualmente, indocumentados. Y sin que sea posible precisar —al menos no de entrada—, si la falta de identificación obedece a las carencias de papel para imprimir documentos oficiales en Venezuela, la persecución política que es moneda de curso oficial del chavismo —que pasa por no extender pasaportes a los opositores—, o en lo que interesa aquí, para dificultarle a otros países “enemigos” la identificación de violentos criminales que ahora, al parecer, también exporta Maduro como antes los hizo Castro.

Moreno ha concluido en defensa de su país: "les hemos abierto las puertas, pero no sacrificaremos la seguridad de nadie".

¿Y Costa Rica?. — El 26 de julio de 2018 advertí, en un artículo como este, el patrón que Cuba está exportando a Nicaragua, con evidente escala en Venezuela.

Sería el último en matricularme —como defensor de derechos humanos, académico y abogado constitucionalista— en el escuadrón de la xenofobia ignorante (si se me permite la redundancia deliberada).

Y como tampoco soy político de oficio, aborrezco las poses reiterativas. Esas que visitan frecuentemente los agentes de Zapote, Cuesta de Moras y Casa Amarilla, como si la opinión pública fuese una especie de mansedumbre insana que sufre alelamiento sistémico. Recordándonos, en todo caso, que aquí, el cretinismo político, llegó para quedarse.

Pero eso no impide ver con claridad los hechos que un embajador preclaro y valiente, desplegado en el terreno, podría advertirnos desde Managua —o Venezuela—, si no fuera por la pose imprudente y la desfachatez absurda de la administración Alvarado, que dejándose llevar por las vociferantes voces del populismo diplomático y político, se han decantado —tanto con Campbell como con Ventura—, por bajarle el nivel a nuestra representación diplomática en esos países, maniatándonos gratuitamente como Estado que depende, no de su ejército, sino de su diplomacia. Diplomacia que por patente desnivel no despliega ni articula iniciativas, así como tampoco presencia los hechos, limitándose, por esa vía tragicómica, a trasladar manidos titulares de prensa y comentarios de pasillo (chismes) sin lectura política, prospectiva ni propuesta.

Dicho así, porque en estos tiempos hay que tratar de ver más allá y prefigurar los escenarios relevantes que permitan prevenir el caos:

Hecho 1) Tortuguero, 4 de agosto de 2018: femicidio de la turista española, Arancha Gutiérrez. ¿De quién era el ADN en su cuerpo? De un nicaragüense indocumentado que ingresó tres meses antes al país.

Hecho 2) Escazú, 28 de noviembre de 2018: femicidio de la turista venezolana, Carla Stefaniak. ¿Quién pernoctaba en la habitación contigua del hotel en que se hospedaba la joven turista? Otro nicaragüense en condición migratoria irregular, que tenía cinco meses viviendo entre nosotros.

No le corresponde a un articulista agotar el prontuario, sino, a lo sumo, fijar una preocupación, advirtiendo que, con regímenes guerrilleros como los de Ortega y Maduro, no se juega. Mucho menos si la inteligencia castrista es su “coach”.

A un profesor de relaciones internacionales y derechos humanos, curtido eso sí en la batalla de las más crudas y recientes lides multilaterales, le corresponde nada más plantear las preguntas pertinentes, cuan herramienta de denuncia: ¿Habrá sido prevenido el presidente Alvarado de todo esto por parte de sus ministros de seguridad y relaciones exteriores, e incluso, de su director de la DIS? ¿Habrá adoptado, como jefe de Estado, las prevenciones urgentes y constantes para no quedarse atrás de su colega ecuatoriano, al sentenciar: "les hemos abierto las puertas pero no sacrificaremos la seguridad de nadie"? ¿Seguirá pensando el presidente Alvarado que es buena idea ponerse a la cabeza de una ofensiva diplomática contra Ortega y su régimen, concitando la presión de la comunidad internacional en contra de nuestros vecinos más inmediatos como anuncio junto a Ventura, recién erigido este como canciller? ¿No sería más prudente pedalear en el pelotón cabecero, pero sin que Costa Rica vaya cortando el viento a la punta, mientras otros países menos expuestos se ahorran las “molestias” subsecuentes?

Costa Rica carece de ejército y su aparato de inteligencia es casi inexistente. La policía de fronteras, es menesterosa, y el control político en la Asamblea, de meros aprendices. La prensa que investiga no puede verlo todo y hace lo que puede. Mientras la Cancillería carece de toda prospectiva y liderazgo.

Está por verse si las cámaras de turismo y afines son serias, la academia superior es valiente, y, aún más importante; si la ciudadanía despierta y alguna prensa valiente le acompasa, vistas semejantes casualidades e inseguridades.