A mis maestras de escuela las recuerdo con frecuencia: Suraye López, Sandra Araya y María Elena Brenes fueron docentes amorosas y muy estrictas; se ganaron y educaron mi corazón. Tenían claro que educar es más que mediar información y conocimiento. Ellas sabían que la educación, la buena educación, tiene mucho que ver con la emoción, el corazón y el carácter.

Nuestras maestras sabían cuando algún compañero estaba triste, tenía hambre o estaba enfermo. Parecían tener un sensor emocional extraordinario y encontraban el espacio para ayudarnos a gestionar aquellas emociones en medio del trajín propio del aula aunque el plan de estudios no lo mandara. Los planeamientos didácticos que tanto tiempo demandan a nuestros docentes acomodan contenidos y actividades para la mediación pedagógica de información, casi de la misma manera que en 1993, pero rara vez dejan espacio para acomodar en el apretado cronograma escolar espacios que ayuden a los niños a gestionar mejor sus emociones.

Nuestro sistema educativo continúa cimentado sobre el paradigma de la educación racional que centra en su quehacer el aprendizaje de contenidos –muchas veces obsoletos— mientras ignora el papel de las emociones en el desarrollo intelectual y psicosocial de los estudiantes. Las personas aprendemos en nuestros contextos de muchas fuentes; priorizamos temas y ramas del conocimiento según nuestras necesidades e intereses, pero ¿qué pasa cuando nada nos interesa? ¿Qué ocurre cuando la alegría, la curiosidad, la solidaridad y la empatía no están en el plan de estudios ni en los tiempos de la escuela? Tendremos que competir contra lugares y personas “más interesantes” fuera del sistema educativo.

Los intereses de las y los estudiantes deben guiar los planes de estudio y sus actividades, o al menos tomarse en cuenta a la hora de desarrollarlos. No se aprende aquello que no motiva. Las emociones positivas invitan al aprendizaje permanente y ubicuo, desencadenando un interés constante y sostenido que avanza sobre esa dirección, la del conocimiento útil, interesante, motivador. Considerar el desarrollo de emociones positivas en el espacio escolar es algo que parece justo y necesario, un derecho y un deber de los sistemas educativos maduros y modernos.

Esta semana el diario El País de España publicaba que desde el 2014 en las Islas Canarias los alumnos de entre seis y nueve años tienen 90 minutos por semana de educación emocional en las escuelas públicas de esta comunidad autónoma. La asignatura es obligatoria y busca enseñarles a identificar mejor sus estados de ánimo, haciéndolo en tiempos lectivos antes usados para el aprendizaje de las matemáticas y el español. Una profesora decía que ahora los niños lo piensan mucho antes de insultar o juzgar a otros y que han perdido el miedo a decir que se sienten tristes. En la Unión Europea solo dos países imparten educación emocional como materia obligatoria: Malta y Reino Unido.

Educar las emociones es una tarea pendiente en nuestro sistema, constantemente acechado por el fantasma de la exclusión escolar a pesar de las millonarias inversiones que hace el Estado y del extraordinario trabajo de docentes y administradores de la educación. El desarrollo de una educación emocional debe conceptualizarse de manera amplia y pertinente, considerando la inmensa diversidad de realidades que existen en nuestro país para lograr que los niños y jóvenes puedan conocerse mejor, para que puedan aceptarse y aceptar a otros mientras se sienten parte de las comunidades y el país que habitan. En ese reconocimiento de la personalidad y del entorno psicosocial yace mucho del futuro de nuestra educación y de nuestra ciudadanía.

Conozco muchas docentes como doña Suraye, doña Sandra y doña María Elena, profesionales humanistas que tienen clara la relación entre cognición y emoción, docentes que cada día procuran conseguir la paz y el tiempo necesario para ganarse los corazones de sus estudiantes. Ellas saben que cuidando y educando el corazón de nuestros niños y jóvenes el sistema educativo y nuestra sociedad solo podrá mejorar. La buena educación forja el ser y no solo el saber.