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Decimos en estos tiempos que todas las opiniones son importantes, y quizá lo afirmamos más vehementemente que en cualquier otra época de la historia; el acceso a la información es inmediato, relativamente sencillo, y las plataformas para verter nuestros pensamientos son abundantes y raudas, llegan a públicos de todos los tamaños a la velocidad del tecleo y del clic. Por lo tanto, no solo decimos que todas las opiniones son importantes, sino que exigimos que todas lo sean. Sin embargo ¿qué sucede cuando un asunto no consiste en opiniones, sino en múltiples puntos de vista que deben contrastarse, enfrentarse y estudiarse ampliamente?

Expongo un ejemplo sencillo. Yo puedo decir: “opino que la raza humana es intrínsecamente maligna”, a lo que otra persona podría oponer una idea contraria, o una que hable ya no de maldad sino de franca perdición o cualquier otro argumento que llevará fundamentos filosóficos, religiosos, sociales, históricos, y un largo etcétera que contrasta las distintas opiniones. Puedo decir, también yo, “opino que los seres humanos tienen tres brazos y tres piernas”. ¿Es esa una opinión respetable que deba ser tomada en cuenta en un encuentro de anatomistas o médicos que estudian padecimientos óseos o cutáneos? No, la segunda no es una opinión, es a lo más una majadería, una intransigencia, y en el más inocuo de los casos un chiste de gracia limitada. Ese tipo de argumentos del “yo opino”, usados en temas en los que las subjetividades no solidifican realidades, son los que han conducido a que haya un debate con el tema de la vacunación, uno que no debería basarse en opiniones, subjetividades ni ocurrencias, y que se ha convertido en un verdadero dolor de cabeza para las autoridades de salud en el mundo. “Yo opino que los seres humanos tienen tres brazos y tres piernas porque sí, hay quienes nacen así”, es un argumento que reconoce una excepción y la aplica como regla, generaliza lo particular para simplemente llamar la atención acerca de un asunto que sucede merced a mecanismos corporales fallidos y errores en la formación de ciertos tejidos, en alguna parte del desarrollo embrionario.

En 1998, Wakefield et al publicaron un estudio en la revista The Lancet, prestigiosa publicación periódica de artículos académicos relacionados con temas de salud pública, elaborados desde la perspectiva del estudio científico. En ese texto, los investigadores estudiaron doce pacientes de diez años de edad o menos en los que se encontraron padecimientos hiperplásicos linfáticos (tejidos linfáticos de tamaño aumentado), colitis (inflamación de colon) y trastornos de comportamiento compatibles con el espectro autista, hechos todos que los investigadores relacionaban con la aplicación de la conocida vacuna MMR (Sarampión-Rubéola-Paperas en español). Si se busca el estudio de la fuente original (la propia revista o los buscadores o bases de datos de estudios clínicos), aparece el texto completo marcado con enormes letras rojas que dicen retracted, lo que alude a un hecho ocurrido en 2010: la retractación o retiro del artículo original y las conclusiones en él vertidas, y la aceptación por parte de la revista de que “varios elementos son incorrectos, contrarios a los hallazgos de estudios previos”, asociados a un mal establecimiento de la causalidad clínica (es decir, que haya exposición a algo, y que posterior a ella haya un efecto biológicamente plausible, en este caso adverso) y a un deficiente proceso de aprobación del estudio por parte del comité ético local.

Doce años se requirieron para la aceptación de un problema interpretativo y ético, y todos nos preguntamos ahora si fue demasiado tiempo para que se reconociera un asunto que ha derivado en un miedo a las vacunas y a la moda antivacunas, señalada por la OMS en 2019 como una de las diez amenazas globales a la salud pública, haciendo referencia a un dato apabullante: “la vacunación –detalla la OMS- previene actualmente entre 2 y 3 millones de muertes por año, y una cantidad adicional de 1,5 millones puede ser evitada si la cobertura mundial mejora”. Los datos de Chen y DeStefano (1998), incluidos en otra sección del mismo volumen de The Lancet señalan una estadística que podría parecer mágica, pero que ha sucedido como resultado de los programas mundiales de inmunización: en los Estados Unidos de Norteamérica, el número de casos de enfermedades prevenibles mediante la vacunación, al año 1997, había disminuido en un 99,59%. Por citar un caso específico de enfermedad, se reportaron 206.939 casos de difteria en 1921 (era prevacunación), y 5 en 1997 (era posvacunación). Puede revisarse enfermedad por enfermedad: las estadísticas de la eficacia de las vacunaciones siempre van a ser apabullantes.

Hay que aclarar algo: la ciencia no es la verdad absoluta, pero nos aleja de la oscuridad de la interpretación antojadiza y de la opinión sin bases, que en el caso de asuntos de salud pública riñe con las creencias populares y el conocimiento empírico, no demostrado ni demostrable, pero arraigado potentemente en ese estrato mágico de la llamada “sabiduría popular”. La ciencia, también, puede ser oscuridad, cuando no hay capacidad crítica de análisis, lleva influencia de capitales con grandes intereses o genera, ya ella misma alterada, nuevos estudios defectuosos. El artículo original de Wakefield et al generó otras investigaciones defectuosas, refutadas posteriormente por The Lancet y los diversos entes rectores en salud y publicaciones especializadas.

El lenguaje científico (en realidad cualquiera de los lenguajes técnicos modernos) es altamente codificado, y en la decodificación adecuada de su contenido está su utilidad y capacidad de proveer elementos que aumenten el bienestar de las sociedades. Bertholf y Ghezzi, de la publicación Lab Medicine, escribieron en octubre de 1998 algo que nos atañe a todos: “los estudios defectuosos que permanecen en la literatura pueden ser dañinos cuando se utilizan por no científicos para apoyar conclusiones que tienen tiempo de haber sido descreditadas por estudios subsecuentes”.  Esa es la clave: no se debe buscar la separación de la colectividad en los bandos del científico y del no científico; más bien se debe procurar la decodificación de los temas especializados para que sean de provecho para acciones de salud pública de alto impacto, como es el caso de la vacunación que, insisto una vez más, salva vidas, se mire por donde se mire.

Volvamos a nuestra persona de tres brazos y tres piernas: ¿la opinión de su existencia generará hechos adversos en grandes grupos humanos? Evidentemente, no; a lo sumo, quedará como un dato anecdótico en un mundo en el que se ha ido asentando el peligro de la posverdad, esa negación en la que “los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y a la creencia popular”, citando a Cano Figueroa. ¿El tema de la antivacunación es igual de inocente y anecdótico? La respuesta es un rotundo no, por supuesto: estamos acá ante una refutación de la sobrecogedora evidencia epidemiológica que sustenta el papel benéfico de las vacunas que, como cualquier medicamento administrado a un paciente, puede tener efectos adversos. La clave es informarnos: tanto el usuario de los sistemas de salud, en busca de consejo y detalles por parte de su médica de cabecera, ante dudas que surjan, como el investigador, que debe convertir la cierta dificultad del texto técnico en información legible y útil. Al final, todos pertenecemos a las mismas sociedades, y estaremos expuestos a las mismas amenazas infecciosas.

Costa Rica tiene una cobertura ejemplar de vacunación (94,2% de la población cubierta al 2015), gracias a un sistema que ha sabido ser sólido y exigente, además de solidario y universal; rechazarlo o negarlo más que un lujo es una muestra de desinformación que puede y debe subsanarse. El hecho inmunológico detrás de la probada eficacia de los sistemas de vacunación no es un asunto de opinión sino de información: busquémosla y llevémosla a todos los que podamos.