Existen numerosos estudios, diagnósticos, datos e indicadores que demuestran la correlación entre el empoderamiento económico de las mujeres, la erradicación de la pobreza y el crecimiento económico inclusivo. América Latina tiene mucho que enseñar en este sentido, ya que la reducción de la desigualdad ha tenido una importante base en el empoderamiento económico de las mujeres. Sin embargo, a pesar de la evidencia, y de la multi-dimensionalidad e interdisciplinaridad que ha aportado la economía feminista al análisis, uno de los desafíos pendientes sigue siendo el lograr transmitir esta narrativa a las principales audiencias y grupos económicos.

En este sentido nos encontramos con dos retos. Por un lado, es necesario adoptar un enfoque integral que considere los grandes cambios y tendencias que se están viviendo en el mundo —no podemos hablar del empoderamiento económico de las mujeres sin tener en cuenta factores demográficos, la migración o el cambio climático, por ejemplo. Pero, por otro lado, es imprescindible situar el empoderamiento económico de las mujeres en el centro de las discusiones puramente económicas— de los mercados, de las políticas macroeconómicas y de las corrientes financieras.

Cambiar la narrativa es un desafío urgente, no solo como estrategia para convencer a los escépticos, sino también para hacer frente al inminente peligro de retroceso de muchos de los logros que se han alcanzado. En este sentido, también es importante ampliar nuestro discurso para incluir no solo las buenas prácticas, sino también aquellas que han limitado y que siguen impidiendo las oportunidades económicas de las mujeres.

Una forma de cambiar esta narrativa es analizando los obstáculos y oportunidades de acuerdo a cada etapa del mercado, con el objetivo de facilitar la definición del conjunto de políticas públicas necesarias para impulsar el empoderamiento económico de las mujeres. Esto implica identificar las asimetrías y desigualdades que persisten en la etapa de adquisición de capital humano (pre-mercado) y en la inserción y participación en la fuerza laboral (mercado), así como aquellas que derivan de las fallas del mercado (post-mercado).

Atender el desafío

Pre-mercado. Uno de los temas claves es lo relacionado con la calidad educativa. En términos de acceso, América Latina y el Caribe ha logrado avances muy significativos al haber aumentado las tasas de matrícula femenina, desde la primaria a la educación terciaria, hasta el punto de cerrar o incluso revertir la brecha de género.

Sin embargo, en la actual coyuntura, es importante ir más allá para analizar por qué estos avances no han sido una panacea para las desventajas que enfrentan las mujeres en el mercado laboral, donde en la mayoría de los países, a pesar de registrar mejores niveles educativos que los hombres, las mujeres siguen enfrentando mayores tasas de desempleo, subempleo e informalidad, así como brechas salariales significativas. La respuesta pasa por asegurar la calidad educativa.

Tiene poco sentido brindarle a una niña la oportunidad de matricularse en la escuela si la calidad de la educación es tan precaria que no le permitirá alfabetizarse adecuadamente, adquirir las habilidades aritméticas básicas o prepararse para la vida. Una educación de calidad, esencial para el aprendizaje verdadero y el desarrollo humano, se ve influida por muchos factores, incluyendo la existencia de una infraestructura adecuada, el nivel del personal docente o los contenidos curriculares. En este sentido, además de facilitar la transmisión de conocimientos y aptitudes necesarios para triunfar en una profesión y romper el ciclo de pobreza, se hace imprescindible revisar los contenidos curriculares para eliminar los estereotipos e incluir la educación sexual y reproductiva para disminuir la brecha existente entre los géneros.

Asimismo, debemos abordar la persistencia de brechas de género en la elección de carreras, donde las mujeres siguen teniendo menos probabilidades que los hombres de elegir estudios en campos tecnológicos y científicos (STEM por sus siglas en inglés). Esto nos demuestra la urgente necesidad de inspirar y aumentar la confianza de las niñas y las jóvenes para que realicen su máximo potencial y no interioricen el techo de cristal a una temprana edad.

Mercado. En relación a los desafíos enfrentados en la etapa de mercado es esencial hablar de tres fundamentos: a) el Estado de Derecho, b) las condiciones para la productividad, y c) las condiciones macroeconómicas.

En primer lugar, el Estado de Derecho es imprescindible para asegurar las condiciones adecuadas para que las mujeres puedan aportar al crecimiento y al desarrollo económico en igualdad de condiciones. Esto implica el cumplimiento de la ley y de los tratados internacionales, pero también la eliminación de todas las leyes discriminatorias que formalmente impiden que las mujeres se desempeñen en ciertos sectores, actividades o profesiones, o que limitan su acceso a la herencia, al crédito o a los derechos civiles y políticos.

El segundo fundamento económico son las condiciones para la productividad. La inversión en infraestructura, energía, agua, saneamiento, conectividad y transporte son clave para avanzar hacia el crecimiento económico inclusivo y una mayor participación de las mujeres en el mercado laboral, no solo porque contribuyen a la creación de empleo sino también porque inciden en la carga del trabajo doméstico no remunerado al universalizar el acceso a servicios básicos.

De igual modo, es importante considerar que, aunque las brechas de género existentes en la participación femenina en el mercado laboral se encuentran presentes durante todo el ciclo de vida, se profundizan durante la edad reproductiva de la mujer. Existe una amplia evidencia de la relación entre el acceso al cuidado infantil y la participación económica de las mujeres, por lo que la expansión de servicios de cuidados asequibles y de alta calidad es otro eje esencial.

Sin embargo, el cuidado infantil por sí solo no es suficiente para aumentar la participación económica de las mujeres. Es necesario complementar estas intervenciones con medidas y políticas que mejoren las condiciones de las mujeres en el mercado laboral y promuevan la conciliación entre la vida familiar y profesional, tales como los permisos por maternidad y paternidad equitativos y obligatorios, y jornadas laborales más flexibles y/o reducidas.

No obstante, la tarea más importante que tenemos por delante en este ámbito es la necesidad de impulsar un modelo de sociedad que promueva la corresponsabilidad familiar. La sociedad no es sustentable, ni puede concebirse, sin cuidados. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la igualdad de género, por tanto, solo serán posibles en la medida en que logremos una mejor distribución del trabajo de cuidado no remunerado entre hombres y mujeres, y su reconocimiento como una responsabilidad social y colectiva.

En la etapa de mercado, otros requisitos ineludibles para que las mujeres ejerzan su autonomía económica y para que los países avancen en la productividad y el crecimiento sostenible son la inclusión financiera, la extensión de prestaciones y protecciones sociales al sector informal, y el fomento del emprendimiento de las mujeres.

En cuanto al tercer fundamento, nos encontramos con las condiciones macroeconómicas. Esto implica fiscalidad y por supuesto todo lo vinculado a los presupuestos. En relación a los presupuestos, es necesario analizar con detenimiento los resultados obtenidos con los presupuestos con perspectiva de género, ya que no han arrojado los resultados esperados. Por ello, más bien, el objetivo debería centrarse en la construcción de una agenda de financiación que refleje la heterogeneidad de las mujeres y sus necesidades diversas para su inclusión en los presupuestos nacionales.

En relación a los salarios mínimos y la oferta laboral, todavía nos encontramos con muchos desafíos.  En gran medida, el análisis macroeconómico sigue basándose en la teoría de la oferta de trabajo del individuo. Es decir, una persona, con un determinado nivel de estudios y una determinada experiencia laboral, dispone de una cantidad fija de tiempo que debe decidir cómo repartir entre el trabajo y el ocio. El único costo de oportunidad considerado, por tanto, es el ocio.

Sin embargo, para la inmensa mayoría de las mujeres la decisión de si insertarse o no en el mercado laboral (y en qué términos hacerlo) no se construye sobre esta base. En los países de la región latinoamericana que cuentan con encuestas de uso del tiempo, se evidencia que las mujeres realizan entre dos y cinco veces más trabajo de cuidados y doméstico no remunerado que los hombres, lo que limita sus capacidades para decidir cómo asignar su tiempo y sus oportunidades educativas, laborales y de participación política. Por tanto, es importante analizar en mayor medida las causas y efectos diferenciados de los salarios mínimos y la segmentación laboral entre hombres y mujeres.

Post-mercado. Por último, es necesario que las políticas sociales no reproduzcan las inequidades del mercado laboral. Para poder responder a las brechas entre las mujeres con mayor y menor nivel de educación o con mayor o menor número de hijos, no solo debemos atender el tema de la corresponsabilidad sino también impulsar políticas redistributivas para corregir las desigualdades que produce la economía.

Resulta crucial mejorar la vinculación con servicios complementarios que favorezcan el empoderamiento de las mujeres, como cursos de alfabetización, formación profesional, insumos agrícolas, servicios de cuidado infantil, asistencia jurídica y ayuda para las sobrevivientes de violencia doméstica. El fortalecimiento del sistema de protección social con sensibilidad de género, incluidas las transferencias monetarias, complementadas con servicios que favorezcan el empoderamiento de las mujeres, son fundamentales para garantizar la seguridad del ingreso de las mujeres.

Hacia el futuro

La desaceleración económica que actualmente enfrenta América Latina, y el riesgo que implica en términos de reversión de los logros alcanzados en materia de pobreza y desigualdad económica, es motivo de creciente preocupación. Sin embargo, la evidencia nos muestra que es imprescindible posicionar la agenda de género como un factor esencial para la recuperación económica de la región, y en la construcción de un futuro de desarrollo equitativo y sostenible.

El carácter de este siglo estará determinado por los avances en materia de igualdad de género. Ninguna otra transformación tendrá efectos tan profundos en el desarrollo humano inclusivo y sostenible. Se trata, por tanto, de una aspiración que, como se ha dicho muchas veces, concierne no solo a las mujeres, sino a toda la sociedad.