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En el mito clásico, Narciso, joven de hermosa apariencia, es castigado por Némesis. Ella lo hace enamorarse de su propia imagen reflejada en una fuente. Absorto en su contemplación, le resulta imposible apartar la mirada de ella, hasta que se le arroja y muere ahogado. Quedarse embelesado frente a la propia imagen es tan riesgoso como no escuchar más que el eco complaciente de nuestras propias opiniones. Tanto para las personas como para las organizaciones, es fundamental verse en la mirada del otro y oír lo que este tiene que decir sobre lo que ve.

Por eso en el Tribunal Supremo de Elecciones, aparte de nuestros procesos de evaluación interna, prestamos muchísima atención a las evaluaciones externas que se hacen de nuestra labor. El año pasado recibimos una que, por el contexto de la campaña electoral, no recibió mayor atención, pero de la que todos los costarricenses tienen el derecho de estar bien informados: el Índice de Integridad Electoral (Electoral Integrity Project), de las universidades de Harvard y de Sidney, comandado por la investigadora Pippa Norris, ranqueó las elecciones costarricenses como las quintas mejores a nivel mundial, con un puntaje de 81 puntos.

No somos nosotros mismos dándonos palmaditas en la espalda, como organización. Ni siquiera somos nosotros, como costarricenses, oyendo solo el eco de nuestras narrativas. Norris, ganadora el año pasado del Sir Isaiah Berlin Prize de la PSA Awards, dirige una investigación que cuenta con el apoyo (además de las prestigiosas universidades dichas) de otras veinte instituciones de investigación del más alto nivel. Investigación que rigurosamente evalúa 49 indicadores correspondientes a once dimensiones del proceso electoral.  La información se recoge de diversas bases de datos sobre 285 elecciones, de 164 países, además de 3.253 entrevistas a expertos en análisis electoral. Estos ítems totalizan un Índice de Integridad Electoral graduado de 0 a 100.

En su informe 2012-2017, califican en las primeras cuatro posiciones a Dinamarca (87), Finlandia (86), Noruega (83) e Islandia (82). En quinto lugar, está Costa Rica, a la par de Alemania y por encima de Suecia (80), Holanda (80) y Suiza (79). Primer lugar en el continente americano, seguida por Uruguay (75), Canadá (75) y Chile (71). Pero conviene acercar el lente para ver la letra pequeña de esa puntuación: entre las once dimensiones objeto de análisis, Costa Rica obtiene sus más altos puntajes en garantías para el escrutinio de los votos (99), organismo electoral (97) y cumplimiento de los procedimientos (97), mientras que obtiene sus puntajes más bajos en lo concerniente al acceso de los partidos a medios de comunicación y la existencia de franjas electorales (57), y en la equidad y oportunidad de las reglas de acceso al financiamiento estatal (65).

Visto así, en detalle, habría que decir dos cosas. Primero, que queda aún más fundamentado lo que le explicaba a la periodista Trilce Villalobos en una entrevista reciente: es en punto a la equidad de nuestros procesos electorales, tanto en materia de financiamiento como, específicamente, en acceso a medios de comunicación, donde el Tribunal ha fijado, con insistencia (y lamentable soledad) que deben enfocarse las nuevas reformas electorales en nuestro ordenamiento jurídico. Para no ser como Narciso, hay que prestarle mucha atención a esos lunares que él habría obviado.

Segundo, un dato potente: el costarricense es el organismo electoral mejor calificado del mundo. El TSE ocupa la primera posición (97), seguido de las autoridades electorales de Islandia (95) y de Suecia (94). La democracia, como sistema político, está en la cima de la evolución moral y civilizatoria de la especie humana, y, como decía Ortega y Gasset, su salud “depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Todo lo demás es secundario. Sin el apoyo de un auténtico sufragio, las instituciones democráticas están en el aire”. Pues amigos, un país centroamericano de renta media tiene al mejor organismo electoral del mundo. Los costarricenses lo intuyen bien. Por eso certifican su elevada confianza en el TSE en cada estudio de opinión que vamos conociendo. Por eso no dan crédito a aquellos que tratan de hacer mella en esa confianza con monólogos delirantes contra la institucionalidad electoral. La historia del TSE, desde 1949, demuestra que atacarlo es la peor táctica político-electoral posible, que aquellos que intentan destruir esa confianza fracasan siempre y pierden toda credibilidad.