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En el año 2000 tenía 11 años y estaba cursando el quinto grado de escuela. La maestra nos ponía a recitar como loras que "la célula es la unidad anatómica, fisiológica y reproductiva de los seres vivos".

Si bien esa definición es estrictamente correcta, es un concepto tan duramente resumido y abstracto que al igual que yo (en ese entonces uno de los mejores de la clase) la mayoría de mis compañeros eran incapaces de entenderlo.

Entre otras cosas, hubiese sido necesario tener primero claros los conceptos de anatomía y fisiología que nunca nos explicaron en la escuela (para efectos prácticos sería hasta mi tercer año de universidad que alguien me explicó claramente qué es exactamente la fisiología).

El tiempo pasó, érase el año 2016, paso a la par de una escuela de Liberia y escucho a un maestro con voz entusiasta repetirle lo mismo a sus pueriles alumnos: “la célula es la unidad anatómica, fisiológica y reproductiva de los seres vivos”¿nada ha cambiado?

Es irónico pensar que allá por 1665 la mente adulta del científico Robert Hooke, al ver una fina lámina de corcho al microscopio (en vez de leer abstracciones de un libro monocromático sin ilustraciones de calidad y bastante malo) y no tener una clara noción de lo que estaba viendo llamó a lo que parecían pequeños compartimentos “cells” derivado del latín cella que significa habitación pequeña o celda.

En español quisimos complicarnos al decir “célula”, que es como decir celda pequeña. Como en este, en numerosos casos nuestro sistema educativo se ha dedicado a la tarea de olvidar la historia de la ciencia y de cómo fuimos comprendiendo poco a poco los fenómenos y entes de la naturaleza, recetando una educación dogmática, casi medieval. Y esta es solo una de muchas críticas que podrían hacerse.

Viene a mi mente otro recuerdo de la primera clase acerca de los conceptos de reproducción sexual y asexual. La lección fue un auténtico caos. Los más irreverentes de mis compañeros interrumpían a la profesora haciendo chistes en voz alta (y pese a ser niños de escuela no es difícil conjeturar que ya hubiesen visto imágenes de gente teniendo sexo).

Fuera de lo que son resultados decepcionantes en las pruebas internacionales PISA (en las que obtuvimos una calificación con una diferencia estadísticamente insignificante respecto a México que invierte la mitad que Costa Rica por cada estudiante), en las evaluaciones hechas a maestros de inglés o de matemática, es un triste hecho que nuestro sistema educativo es prisionero de dogmas espurios (entre otros males).

Desaprovechamos la etapa en la que el cerebro es más plástico y capaz de asimilar habilidades (la primera infancia) y establecemos el inicio de la educación formal a los 6 años y medio. No hemos sido capaces de garantizar una educación bilingüe y mucho menos trilingüe. Solo impartimos educación física una vez por semana. En el ámbito musical y artístico la tragedia es todavía peor. Pareciera que estamos formando gente para el fracaso, como lo muestran las escandalosas cifras de deserción.

Y es que parece que de verdad somos faltos de ideas. En el improvisado plan de gobierno del excandidato presidencial Fabricio Alvarado decía que quería imitar el sistema educativo de un país escandinavo donde, entre otras cosas y como rápidamente se lo señalaron los sectores adversos a su ideología, la educación sexual hace tiempo que no es un tabú y se imparte (a su manera) desde preescolar. Pero no nos escandalicemos tan fácilmente y concentrémonos en aspectos meramente metodológicos que esta sociedad pueda asimilar. Si a alguien le interesa le recomiendo leer la literatura de Glenn Doman, un fisioterapeuta convertido en pedagogo, ya fallecido, que dejó como legado una institución llamada Instituto para el Logro del Potencial Humano, cuyo objetivo es potenciar el talento de los infantes. Si pudiera hacer una investigación seria sobre lo que ahí se hace desde la década de los sesenta.

Otro “desquiciado” japonés llamado Shinichi Suzuki puso a niños pequeños a aprender a tocar violín y otros instrumentos desde edad preescolar (con éxito). ¿Cuánta brillantez hemos desperdiciado? ¿Estamos conscientes del daño que les hace a las personas y al país estar rezagados en términos pedagógicos? Sinceramente creo que no. En un país donde la vida es el doble de dura para los que no tienen título universitario el fracaso educativo debería ser aún más preocupante. Pero bueno, primero está la politiquería, la burocracia y el despilfarro de recursos.