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En el siglo XIX la educación pública surgió como un elemento fundamental para construir una identidad nacional y una cultura cívica; el pueblo costarricense debía aprender de héroes, símbolos e historia patria.

El otro elemento clave para el que fue importante nuestro sistema educativo fue la alfabetización. El desarrollo normal del capitalismo le demandaba a nuestras élites la diversificación del mercado interno, para lo cual era necesario que la sociedad costarricense supiera leer.

Así prosperó la publicidad comercial en periódicos, productos de uso diario, obras de teatro, medicinas, deportes, en fin, los liberales tenían muy claro que sin un pueblo alfabetizado, la acumulación de capital tenía límites.

Lo cierto también es que gracias a investigaciones históricas hoy sabemos que el pueblo de Costa Rica exigió la expansión de una educación pública, es decir, la gente también quería alfabetizarse.

A inicios del siglo XX intelectuales venidos a Chile, como Omar Dengo y Carmen Lyra, marcaron la coyuntura del centenario de la independencia, reflexionando sobre cómo la educación constituía también un aspecto fundamental en la fortaleza de la democracia, ya que era más fácil ejercer dictaduras sobre un pueblo ignorante.

La atención prestada por la clase política a algunas de estas reflexiones obedeció no solo a su pensamiento visionario, sino a que se tenía claro que la consolidación del proyecto identitario del ser costarricense estaba de alguna manera consolidado.

Durante los años 40, el debate giró en torno a la importancia que la educación podía aportar al desarrollo nacional, y a las condiciones materiales que debían existir para que los niños y jóvenes pudieran permanecer y graduarse en el sistema educativo.

Este debate continúo en las siguientes décadas, donde el paradigma del Estado Gestor impulsó una gran penetración de la educación secundaria en el país, que condujo muy pronto a una masificación de la educación universitaria.

Para que esto fuera viable, se requirieron una serie de incentivos salariales para que el ejército de maestros se fuera a las zonas de menor desarrollo, como por ejemplo, un régimen de pensiones orientado en dignificar y darle la importancia merecida a la estratégica labor que estos profesionales ejercían para el país.

Y así fue hasta que vino el Estado neoliberal y con este el paradigma del Estado Rector. A diferencia del anterior, en este el aparato estatal no debía asumir labores estratégicas frente a la ineficiencia o incapacidad de la empresa privada, sino que debía regular dichas áreas de desarrollo mientras la empresa privada asumía el mercado.

El resultado de eso fue una crisis seria en la educación secundaria, cuya masificación en los 70 fue seguida por una deserción en aumento por casi 25 años. La crisis también se vio reflejada en el abandono del desarrollo de infraestructura, capacitación docente y en el deterioro del poder adquisitivo y un aumento en la carga burocrática del cuerpo docente. En otras palabras, a los políticos neoliberales no les alcanza la vida para enmendar el desastre generado en nuestro sistema educativo.

De la mano de esto, empezaron a crecer y crecer universidades privadas que producían profesionales en educación como si fueran fábricas y además de bajos estándares, al punto que hoy el 80% de nuestro cuerpo docente proviene de universidades privadas, muchas de estas bastante deficientes en lo que a la educación superior se refiere.

Pero como si todo esto fuera poco, el siglo XXI tomó a este mundo desprevenido e instauró una revolución tecnológica que cambió para siempre el término “alfabetización”.

Si a mediados del siglo XX la alfabetización seguía siendo un espacio de encuentro común para pobres y ricos, porque básicamente lo que necesitabas era cuaderno, lápiz, tiza y pizarra, salud y comida ¡ah y un buen profesor formado en la Escuela Normal o en la UCR! la cosa cambió a inicios del XXI.

El desarrollo de la informática, el mundo digital y más aun la masificación del smartphone, es decir, el despliegue de lo que se conoce como la Sociedad Red, marcó un antes y un después en el proceso de la alfabetización.

La alfabetización tecnológica, emergía como ese proceso por el cual los seres humanos aprendían los conocimientos para usar y explotar las tecnologías de información y comunicación (TIC) actuales, así como las que se fueran desarrollando.

Sin embargo nuestra realidad era que si el neoliberalismo nos hizo retroceder, retrocederíamos aún más si al entrar al siglo XXI, carecíamos de un sistema educativo que alfabetizara tecnológicamente a sus estudiantes, frente a eso, se augura un oscuro y preocupante futuro para Costa Rica.

Es por todo lo anterior que necesitamos que un MEP capacite a sus docentes para enseñar sus disciplinas haciendo todo el uso posible de las TIC de modo tal que preparen a nuestros niños y jóvenes para enfrentar el mundo digital.

Pero necesitamos también que las universidades públicas y privadas gradúen docentes preparados para alfabetizar tecnológicamente y que tengan que pasar una prueba de tecnología educativa si desean trabajar en el sistema público.

Llevamos unos 20 años de retraso y si continuamos así vamos a tener una generación cada vez más grande de analfabetos digitales, que no van a estar preparados para enfrentarse a la vida, para enfrentar sus propias vidas y menos para aportar talento al desarrollo nacional. Ya perdimos una generación con la crisis de los 80 y los neoliberales en el poder, no perdamos otra.

Porque lo preocupante es que los colegios privados serios que sí saquen la tarea, o la misma desigualdad social, van a empezar a producir niños y jóvenes alfabetizados digitalmente frente a otros que no lo son y vamos a ver como la ciudadanía de primera y segunda clase generada por los neoliberales se va a filtrar en el mundo digital y los ciudadanos de primera se impondrán a los de segunda, y esto sí que no podemos permitírnoslo.

Newton decía que pudo ver más largo porque se montó sobre hombros de gigantes, los neoliberales no lo hicieron y pagamos hoy serias consecuencias. Retomar el camino de Newton, para posarnos sobre los hombros de Carmen Lyra, Omar Dengo y tantos otros, es nuestro gran reto como sociedad en materia educativa.