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Desde hace 47 años se conmemora en este día, 19 de abril, el Día del Aborigen Costarricense, pero ¿qué implica el día del aborigen en un país que se autodenomina “la Suiza centroamericana”? En el censo más reciente 97% de la población se autoidentificó como de origen hispano, o sea, “blancos”, 2% afrodescendientes, y 1% indígenas que corresponde aproximadamente a una población de 48.500 (INEC 2013).

Cuando el tico que vive en el Valle Central piensa en población indígena piensa en dibujos que veía en los libros de estudios sociales, o en exposiciones de museos que detallan la vida en las Américas antes de la conquista. Esta invisibilización de la población de costarricenses indígenas es el resultado de la “leyenda blanca”. La leyenda blanca es una narrativa cultural dominante en el país que describe a los costarricenses no solo como diferentes a nuestros vecinos centroamericanos, sino que también nos resalta como mejores: específicamente como más blancos, pacíficos, y democráticos. Esta noción de excepcionalismo costarricense es parte de un discurso que ha resultado en la marginalización de ciudadanos de origen indígena, afrodescendientes, y nicaragüenses. La narrativa blanca tiene raíces profundas coloniales... por siglos los costarricenses han rechazado su descendencia “no-blanca” y promueven una asociación de orígenes europeos con cualidades positivas.

En la escuela nos enseñaban que todos somos iguales, que Costa Rica es una sociedad muy homogénea, sin embargo, se le presta poca atención al hecho de que costarricenses afrodescendientes no fueron considerados ciudadanos hasta 1949, o que muchos indígenas no tuvieron ciudadanía hasta la década de los 90. La narrativa blanca no fue algo que sucedió accidentalmente; por mucho tiempo las autoridades nacionales tomaron grandes medidas para promover una inmigración ideal, bien dirigida, y deseable. La inmigración proveniente del oeste de Europa se promovía y premiaba con tierras, mientras que a etnias y razas “indeseables” se les imponía un impuesto de entrada al país para evitar su ingreso.

Cuando los ticos nos autodenominamos “la Suiza centroamericana”, ¿nos damos cuenta de que estamos cayendo en un discurso racista? ¿Nos damos cuenta de que la “paz” y ausencia de luchas sociales de grupos indígenas en nuestro país es el resultado de un genocidio pavoroso que ocurrió durante la conquista? ¿Nos damos cuenta que estamos invisibilizando y minimizando a una porción de nuestra población?

Esta pérdida de memoria histórica a nivel colectivo genera un tipo de racismo que se manifiesta en forma de violencia estructural. La violencia estructural está en todo lado: son los mismos 24 territorios “protegidos” que se les otorgaron a las poblaciones indígenas (territorios en tierras no aptas para la agricultura, en sitios con riesgo de inundación, sin oportunidades laborales, sin red vial, ni transporte público), la discriminación lingüística, las disparidades en acceso a salud, la autonomía a conveniencia del gobierno, y el olvido de su existencia por el resto de la población.

Entonces ¿ahora qué? Claramente a nivel de Gobierno hay un gran trabajo por delante. Pero nosotros también podemos poner nuestro granito de arena. Existe una teoría de antropología lingüística que dice que la forma en que hablamos y las palabras que utilizamos ayudan a formar el contexto cultural en el que vivimos. Al replicar y reproducir discursos y narrativas racistas, estamos condicionando la cultura y la sociedad en que vivimos. Les invito a todos a pensar críticamente en las palabras y frases que utilizamos en el día a día, y cómo podemos desde lo más básico que es el lenguaje ir construyendo una Costa Rica más equitativa e inclusiva para todos.