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Este artículo es mi intento de poner un poco de orden al caos de ideas y sentimientos que me han invadido estos días y que me han causado desde migrañas, hasta problemas gástricos y de sueño. Quizás alguien más se identifica con esto y quizás le ayude a sentirse aunque sea un poco menos solo o sola.

¿No habíamos quedado en que Dios es amor?

¿No se supone que Jesús era un tipo super cool que amaba a la gente de pueblos distintos, a los pobres, a las trabajadoras del sexo, a los pecadores y a los enfermos por igual y que, curiosamente, a quienes no toleraba era precisamente a los mercaderes de la fe?

En Costa Rica todos somos igualitic… ah no

A mis 38 años yo seguía creyendo en el mito de que en Costa Rica todos éramos igualiticos. Y no me refiero a creer que no había diferencias, sino a que en poco o nada estorbaban a nuestra convivencia. Entre mis amigos puedo contar a gente de distintas generaciones, etnias y nacionalidades, religiones, gustos, estratos sociales y orientaciones sexuales… nunca, pero nunca sentí en nuestras diferencias por portar una o varias de las anteriores etiquetas un motivo para no poder interactuar respetuosamente, disfrutar y tenernos cariño.

A sabiendas de que no soy creyente, personas me dicen que dios me la acompañe y de corazón respondo gracias, igualmente. Una vez incluso preparé un power point para que una conocida que es cristiana tuviera un material bonito para ir a dar testimonio a su iglesia de la recuperación de su hija tras sufrir un derrame cerebral. Y lo hice porque *no obstante* ser atea, puedo conmoverme ante la convicción de esta persona y respetar su creencia y su religiosidad. Aún hoy en este contexto, no me arrepiento de haberlo hecho.

Costa Rica es super progr… ah no

Yo no sabía (en serio, lo juro que no sabía…¿será porque no tengo Facebook ni tele?) que en este país había tanta, tantísima gente que aparte de hacer uno que otro chiste de gays, y de llamarse “playo” a manera de insulto, está dispuesta a hacer a un lado un montón de problemáticas súper relevantes para el país y mandarlo por un barranco, con tal de perjudicar expresamente a este sector de la población.

Particularmente me llama la atención el grado de determinación que han mostrado: ¿Déficit fiscal? ¿Infraestructura? ¿Medio ambiente? ¡Que se hunda el país, pero primero que se jodan los playos! (¡¡por playos!!)

Democracia, ¿demos=pueblo, cratos=poder, ¿o cómo era?

A la luz de los recientes acontecimientos he comprendido de qué manera he estado en deuda con mi deber patriótico-democrático y he caído yo también en el individualismo (rasgo idiosincrático del tico) del que vive y deja vivir, sin molestar a nadie, (cierto, muy bien auto-palmadita en la espalda), pero aportando muy poco o nada en términos democráticos.

El cinco de febrero de 2018 le pedí una conocida que por favor me explicara por qué votó por Fabricio Alvarado cuando tiene una hija lesbiana y un sobrino gay y la señora se puso a llorar desconsolada contándome de su confusión sobre “cosas políticas”. Comprendí que yo no soy nadie para demandar un voto informado y responsable a una persona que no sabe ni entiende y, ojo. más importante aún, no tiene cómo saber ni cómo entender los grandes retos del país (a ver, si hasta a uno que fue a la universidad y ha tenido la dicha de rodearse de gente entendida le cuesta o tampoco entiende).

En esta difícil coyuntura he comprendido que, definitivamente, parte de mi deber democrático (como persona que ha tenido mejores y mayores oportunidades para acceder a formación, información y exposición a diversidad de pensamientos) es contribuir a una transferencia horizontal no formal de conocimientos, gracias a la cual otras personas puedan también conocer, preguntar y ser ciudadanos más informados, más exigentes y cada vez menos y menos mangoneables.

Entonces… el ejercicio moderno de una ciudadanía despabilada

Una experta —creo que guatemalteca— decía en un canal español que hoy en día todos, como ciudadanos armados de un smartphone, somos reporteros en potencia, somos justicieros en potencia.

Pero para eso urge que primero perdamos la indiferencia y la pereza y nos convenzamos de lo necesario que es ejercer una ciudadanía activa, vigilante, exigente, despabilada, que no aguanta nada, dispuesta a hacer de contrapeso cuando la detentación del poder se haga de forma irresponsable o antidemocrática (o ambas).

Legitimación de la violencia

Es uno de los aspectos que a mí más me preocupa. En los Estados Unidos de la actual era Trump, grupos de supremacistas blancos y neo-nazis se han sentido súbitamente legitimados a partir de la nueva retórica de la Casa Blanca y han emergido del anonimato y del silencio. Hasta hace poco sencillamente impensable, de repente ya no es inapropiado hablar de matar negros y judíos, hacer una marcha con antorchas y gritarlo a viva voz.

En nuestro país, de repente no es inapropiado hablar de que la sangre deberá correr para hacer “la limpieza que el país necesita” o incurrir en actos de violencia contra quienes “eso se merecen…por playos”.

Sin ser miembro de la comunidad LGBTI, por primera vez en mi país, siento miedo. Y no es el mismo miedo que siente uno, por ejemplo, a una agresión criminal, precisamente porque esa NO está validada, sé que generará repudio social y se supone que una respuesta del sistema para ampararme.

No puedo ni imaginar lo que pueden sentir las personas LGBTI ante la evidencia de que estas otras expresiones de violencia que venimos viendo surgir están teniendo fuerte validación social y puede que lo lleguen a tener incluso desde el poder público.

La empatía, el amor al prójimo: síntomas de madurez de una sociedad

Cuando Hernán Jiménez llamaba a votar por amor, a votar con amor, (luego me enteré de que había gente que lo había calificado de cursi), yo lo que pensé fue en el amor al prójimo, en el principio de que el bien común está por encima del bien individual, y en la empatía.

La aspiracional de ser una sociedad mejor, más civilizada, la entiendo como una sociedad en que los distintos colectivos que la conforman son capaces de hacer ciertas concesiones en beneficio de otros colectivos, en el entendido no solo de que hay empatía o que uno es “buena gente”: comprendo y valido que otros seres humanos tienen otras necesidades, otros sufrimientos, otros sueños, aunque puede que nada tengan que ver con los míos o los de mi colectivo, sino también en un entendido absolutamente utilitario: en la medida en que los distintos colectivos gozan de oportunidades equitativas para alcanzar su bienestar material, mental y emocional, la sociedad como un todo se ve beneficiada.

Resulta entonces que el bienestar, felicidad, la armonía y sí, el amor, son contagiosos, y eso, gente, no es cursi, es muy chiva y debería ser el objetivo de toda sociedad.

Libertad de expresión… ¿dónde trazamos la raya?

Pregunto: La incitación a la violencia, al odio hacia colectivos de personas, la difusión de mensajes de connotación agresiva, incluso de irrespeto hacia la institucionalidad democrática de un país, ¿sigue formando parte de la libertad de expresión? ¿Tienen el mismo peso en la balanza de la libertad de expresión la marcha que organiza un colectivo para defender sus propios derechos y la marcha que organiza otro colectivo para negarle a aquel sus derechos? Yo que apoyo la inclusión, un Estado que nos cobije a todos por igual, el respeto al derecho internacional, ¿estoy en la obligación de ser tolerante y respetuosa con quien pide la exclusión, la negación de los derechos humanos y el irrespeto al derecho internacional?

Discusiones similares han surgido en otros países en que se ha valorado si el derecho a expresar racismo, o a la promoción de ideas neo-nazis se encuentran cobijadas por la libertad de expresión. La respuesta ha sido NO. En Alemania, por ejemplo, es ilegal cualquier expresión pro nazi o que induzca al odio y lo es por un principio en realidad muy simple: el respeto a la libertad de expresión no nos puede llevar al absurdo de tolerar la intolerancia, tolerar la incitación al odio, tolerar la promoción de la discriminación, tolerar el irrespeto a la institucionalidad democrática.

Medios de comunicación demasiado sedosos

Hace alrededor de un mes, Jack Tapper de CNN le hizo una entrevista en vivo a Stephen Miller, asesor de la Casa Blanca. Miller no paraba de balbucear estupideces alabando a Trump cuando ni venía al caso, hasta que Tapper se hartó y le dijo: “he desperdiciado suficientemente el tiempo de mis espectadores” y chau, terminó la entrevista.

A CNN habrá mucho qué criticarle, pero ya quisiera yo ver a un periodista de aquí hacer callado a cualquier político criollo en tele nacional por hacer desperdiciar nuestro tiempo y pretender abusar de nuestra inteligencia.

Gobierno y religión: se nos quedó corta la Constitución

Se está pero cayendo una reforma constitucional para extender la prohibición a ocupar cargos en los tres poderes de la república a líderes religiosos de cualquier denominación.

Si las iglesias cristianas están en crecimiento y tienen claras pretensiones de seguir incursionando en la política y de seguir utilizando su discurso religioso para atraer (manipular) votantes, es una deuda que la institucionalidad del país tiene para continuar fortaleciendo la democracia (¿rescatarla?) versus dejar que las grandes decisiones queden a merced de masas de personas impresionables con una fórmula muy efectiva (y efectista) de discursos atizados con fuego (si es líquido, parece que mejor), mucho miedo, trances, y lo más grave de todo, la construcción de un sentido de identidad y pertenencia basado en el odio y el rechazo al “otro”, al “diferente”.