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Una bala imaginaria

A inicios de los noventa fui proyeccionista en uno de los cines de la Universidad de Costa Rica que ofrecía una segunda vida a las películas. Por aquellos días, entre haces de luz y rollos de celuloide, recibí algunas de las mejores lecciones que recuerdo.

Así fue como apareció Taxi Driver. Después de verla varias veces, se me quedó grabado un gesto: el protagonista, Travis Bickle, levantaba la mano, doblaba el pulgar y usaba el dedo índice como el cañón de un revólver.

Travis era un hombre aislado. Conducía su taxi durante las noches para combatir el insomnio y buscaba conversaciones que no terminaban de ocurrir. Poco a poco empezó a imaginar que el mundo necesitaba un redentor y que él podía convertirse en uno. Su arma imaginaria era una forma desesperada de intervenir en una realidad que no lograba comprender.

En Taxi Driver, ese gesto aparece tres veces. Primero en el cine, cuando Travis apunta hacia la pantalla. Más adelante, frente al espejo, mientras sostiene un arma real en las manos y apunta a su propio reflejo. Hacia el final, cuando la violencia ha consumido la historia, el dedo con el que simula dispararse reaparece como signo de agotamiento y desorden emocional.

Algunas películas nos regalan preguntas que, años después, no terminamos de responder. Taxi Driver es una de ellas. ¿Cuál fue el último día verdaderamente tranquilo en la vida de Travis? ¿Cuándo dejó de apuntar hacia afuera y empezó a apuntarse a sí mismo? ¿En qué momento dejó de conversar con el mundo y comenzó a discutir con su propio reflejo?

La historia de John Hinckley Jr. sugiere que algunas de esas preguntas permanecen dentro de los espectadores como experiencias deformadas. En 1981, Hinckley intentó asesinar al presidente Ronald Reagan después de desarrollar una fijación obsesiva con Taxi Driver y con la actriz Jodie Foster. Durante el juicio, la película fue utilizada como parte del análisis de su estado psicológico.

Pensar en el dedo revólver de Travis nos lleva a preguntarnos qué habría ocurrido si Hinckley hubiera encontrado una red de apoyo antes de convertir su frustración en una fantasía destructiva. La pregunta conduce la conversación hacia la importancia de la prevención y el cuidado.

Medio siglo después del estreno de Taxi Driver, el gesto repetido de Travis sigue ubicándonos en un lugar incómodo y nos muestra cómo el aislamiento, la falta de vínculos y el deterioro emocional pueden deformar la percepción de una persona hasta hacerle creer que la violencia es la única salida.

En Costa Rica seguimos hablando de la salud mental cuando la crisis ya ocurrió. Cuando las conversaciones perdidas y las pequeñas renuncias ya hicieron su trabajo. Como si solo pudiéramos reaccionar al sonido del disparo, pero no a los rituales que lo preceden.

Existen esfuerzos importantes desde la Caja Costarricense de Seguro Social y distintas instituciones públicas, pero también persisten algunos desafíos evidentes: largas listas de espera, falta de especialistas, concentración de servicios en áreas urbanas y una insuficiente articulación entre atención médica, apoyo comunitario y acompañamiento familiar.

Durante el tiempo en que trabajé como proyeccionista, aprendí que una película puede romperse por un fotograma mal cortado. Basta un pequeño daño para que la cinta deje de avanzar con normalidad y la luz termine consumiéndolo todo. Sospecho que el fotograma que comenzó a quemarse primero en la vida de Travis fue Vietnam.

Si fuera así, ese es apenas un trauma. Uno de tantos. En ese delicado equilibrio que llamamos vida, el fotograma roto puede ser cualquiera.

Hoy, el dedo revólver de Travis no solo es un símbolo de violencia; es también una señal de alarma sobre la necesidad de contar con sistemas de apoyo capaces de intervenir de manera preventiva.

A pocos días de conmemorar el Día Mundial de la Salud Mental, el próximo 10 de octubre, el disparo imaginario de Travis nos recuerda la importancia de reconocer el sufrimiento antes de que se convierta en crisis.

Quizá esa sea la lección más vigente de Taxi Driver.

El verdadero peligro no está en la pantalla de una sala de cine, sino en la incapacidad de reconocer a tiempo el dolor ajeno. Cuando una sociedad ignora la salud mental de sus ciudadanos, una bala imaginaria empieza a recorrer el largo camino que va del aislamiento a la violencia.