Nací y crecí en una familia humilde de Guadalupe, Goicoechea. Mi papá se desempeñó en múltiples trabajos, desde agente de ventas y cobrador en la Casa del Buen Lector hasta policía, cuando lo sorprendió la muerte. Mi mamá fue ama de casa, la encargada de que mi hermana, mi hermano y yo siempre luciéramos limpios y fuéramos personas de bien.
A pesar de la limitación de dinero, yo siempre quise estudiar, pues mi sueño era trabajar entendiendo y conservando el bosque y sus animales. Yo tendría cinco o seis años y, en aquella época, veía los programas de Jacques Cousteau en la televisión, en la casa de un amiguito del barrio. Recuerdo decirle a mi madre:
Mamá, cuando sea grande, yo quiero tener barba y ser un científico como el Dr. Cousteau".
Gracias a Dios, a mis papás, a mi esfuerzo —pues estudié con muchas limitaciones materiales— y al acceso a la educación pública, cumplí mi sueño y llegué a ser un profesional honesto y entregado a mi profesión, a mi país y a la conservación de los recursos naturales. Esto no hubiese sido posible sin tener acceso a la educación pública gratuita.
Asistí a la escuela Pilar Jiménez de Guadalupe, al Liceo Napoleón Quesada y luego a la Universidad Nacional, donde estudié Ciencias Forestales, una licenciatura en Ordenación de Fauna Silvestre y una maestría en Manejo y Conservación de Vida Silvestre. Toda esa carrera de estudio estuvo apoyada por un Estado solidario que crearon nuestros padres y abuelos.
Posteriormente, el Gobierno de Estados Unidos me otorgó una beca Fulbright para cursar un doctorado en Manejo de Vida Silvestre en la Universidad de Massachusetts, Amherst. A mi regreso a Costa Rica, me incorporé a trabajar en la Universidad Nacional como profesor e investigador en vida silvestre. Allí tuve la oportunidad de participar en la formación de más de mil estudiantes, muchos de los cuales venían de zonas rurales y tuvieron la oportunidad de estudiar gracias a esa oferta pública de educación. Ahora veo a muchos de ellos desempeñarse como excelentes profesionales, algunos en empresas, otros en el Gobierno, pero todos se superaron porque nuestro sistema, en general, les dio la oportunidad de estudiar y formarse como seres humanos integrales.
Lamentablemente, hoy veo cómo ese sistema educativo se destruye, se limita el financiamiento a la educación pública y se favorece la educación privada, con intenciones no muy claras. Cada año, el porcentaje del PIB dedicado a la educación pública es más bajo, lo que cercena la posibilidad de que las personas de clase media y baja tengan acceso a educación de calidad. No puedo entender cómo hay personas en este país que apoyen un nuevo modelo donde sus hijos e hijas van a quedar fuera del acceso a la educación y a otros derechos básicos, como la salud y el acceso a un ambiente sano.
Yo concuerdo en que las cosas en nuestro país no han sido perfectas, pero corregir lo malo no implica borrar de un manotazo todo lo bueno que hemos tenido en los últimos 70 años. Les invito a investigar el costo de estudiar en escuelas, colegios y universidades privadas, tanto aquí como en países como Estados Unidos, o a investigar cuál es el sistema de salud en otros países, donde usted no recibe atención si no tiene un seguro o dinero para pagar. ¿Por qué creen que mucha gente viene de esos países a operarse o a tratarse de enfermedades como el cáncer? La respuesta es porque aquí hay buenos profesionales y los costos no son tan altos como en sus países de origen.
Me da miedo lo que está pasando en Costa Rica, donde ese sistema público solidario se está desmoronando por las acciones de los últimos gobiernos y por la actitud de personas que han antepuesto sus resentimientos personales, apoyando a políticos que quieren destruir todo aquello sobre lo que esta bendita Costa Rica fue fundada. Llamo a todo costarricense a apoyar los cambios que sean para bien de toda la población, pero a no dejarse llevar por el populismo de políticos que lo único que quieren es favorecer a sus amigos, dejando de lado a la población más pobre y necesitada. Defendamos la patria, pues nuestros descendientes son los que van a sufrir las consecuencias si no lo hacemos.
