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¿Menos presupuesto, más futuro? La peligrosa apuesta de Costa Rica con la educación

Hay una peligrosa disonancia sobre la mesa de decisiones del Gobierno de Costa Rica. Por un lado, se engrandecen los discursos sobre conectividad, innovación y la urgencia inaplazable de insertar al país en la economía global del conocimiento. Por otro, con la fría y calculadora precisión de una tijera fiscal, la administración actual vuelve a golpear directamente el corazón del sistema educativo público. El segundo presupuesto extraordinario de 2026 plantea un nuevo y grave golpe al Ministerio de Educación Pública (MEP) por un monto de ₡8.973 millones, una reducción que afecta de forma directa recursos destinados a tecnología educativa, mejoramiento de infraestructura, programas sociales y cobertura de plazas vacantes esenciales.

La premisa implícita en cada uno de los recortes desafía la lógica más elemental del desarrollo humano y económico: se pretende, de manera hipotética, que el país avance con paso firme hacia el futuro y alcance un mayor desarrollo, mientras se desfinancia y debilita sistemáticamente su principal motor de movilidad social e integración democrática.

Costa Rica ha construido su excepcionalidad histórica y prestigio internacional sobre una apuesta valiente y transformadora: abolir el ejército para sembrar aulas, libros y maestros. Este pacto social logró transformar la educación pública en un ascensor indiscutible por el cual muchas generaciones lograron superarse y salir de la pobreza, consolidando a la nación como un faro de estabilidad, paz social y desarrollo en medio de una región históricamente convulsa. Sin embargo, hoy ese faro parpadea con debilidad. Los sucesivos recortes impulsados desde Zapote no son meras cifras abstractas ni asientos contables fríos en una hoja de Excel; se traducen de inmediato y de manera trágica en centros educativos con techos caídos e infraestructura en ruinas, bibliotecas desactualizadas, comedores estudiantiles con presupuestos asfixiados que apenas logran atender las necesidades nutricionales de los niños más vulnerables y una brecha tecnológica que se ensancha cada vez más entre las zonas urbanas más favorecidas y las comunidades rurales más apartadas.

A este escenario de asfixia financiera se suma la profunda vulnerabilidad material de las escuelas y colegios, que resisten cada ajuste quirúrgico realizado en áreas clave para el desarrollo digital, la retención escolar y la igualdad de oportunidades. Pretender que nuestros niños y jóvenes enfrenten con éxito los complejos retos de la modernidad y del mercado laboral actual mientras el sistema opera con recursos cada vez más menguados es, cuando menos, un ejercicio de irresponsabilidad política. No se puede cosechar desarrollo donde deliberadamente se siembra precariedad ni se puede exigir excelencia educativa cerrando la llave de los recursos indispensables para garantizarla.

El verdadero costo social y político de esta política de achicamiento estatal no se mide únicamente en puntos porcentuales del producto interno bruto, sino en el colapso silencioso del porvenir. Un país que debilita y empobrece su educación compromete de forma directa su productividad a largo plazo, erosiona los cimientos de su democracia y profundiza peligrosamente las brechas de desigualdad. Las consecuencias de recortar hoy en las aulas y en el bienestar de la niñez se pagarán inevitablemente mañana en forma de mayor exclusión social, desempleo juvenil, pérdida de oportunidades y una preocupante erosión de nuestra soberanía frente a los profundos desafíos del siglo XXI.

La consigna táctica de recortar para sanear las finanzas públicas a costa del aprendizaje y el bienestar de las futuras generaciones representa una contradicción radicalmente insostenible. Pretender apostar por el crecimiento económico mientras se desmantela la escuela pública es exactamente igual a intentar correr una maratón con las manos atadas y los pies encadenados. Costa Rica se encuentra hoy en una encrucijada histórica de máxima gravedad: o el país comprende de una vez por todas que la inversión en educación no es un gasto superfluo que se pueda recortar ante el primer achaque fiscal, o terminará hipotecando trágicamente aquello que la hizo grande y diferente ante el mundo. El futuro de una nación no se decreta jamás con discursos vacíos ni con exigencias desmedidas; el futuro se financia con recursos vitales. Y hoy, lamentablemente, las cuentas de este Gobierno no salen ni dan esperanza.