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El eco de Trump en Costa Rica: cuando la excepción democrática se agrieta

La reciente transcripción de la entrevista de Donald Trump con la revista TIME no es solo un documento sobre las obsesiones de un expresidente, que solemos asociar con conductas excéntricas. Pienso que es un manual de estilo. Un catálogo de tácticas que, leídas con atención, resuenan con una familiaridad incómoda en el paisaje político costarricense de los últimos cinco años.

Trump no inventó la nueva derecha latinoamericana, pero le dio su vocabulario más efectivo: la prensa como enemigo, el juez como obstáculo, el adversario como traidor. Ese vocabulario tiene hoy acentos locales.

La prensa como blanco

En la entrevista, Trump justifica restringir el acceso de medios críticos a la Casa Blanca porque, según él, son "noticias falsas". "No respeto las fake news", sentencia, mientras acusa a CNN y MSNBC de ser "personas horribles". El presidente de Estados Unidos menciona: "El público me dio un mandato tan grande que me autoriza a tratar a la prensa como enemiga." Confunde ganar una elección con tener el derecho a silenciar o castigar a medios críticos y asume que la victoria en las elecciones le da licencia para ignorar el principio de una prensa libre que fiscaliza al poder, incluso si esa prensa es molesta.

En Costa Rica, esa lógica se tradujo en conferencias de prensa convertidas en un ring de boxeo. Rodrigo Chaves popularizó el segmento "Dato mata mentira" para desacreditar a medios independientes. Llamó "sicarios" a periodistas. Y su Gobierno utilizó la publicidad estatal como un garrote económico contra la prensa incómoda, una práctica que la Sala Constitucional tuvo que frenar.

El resultado es medible: Costa Rica cayó del puesto 8 al 36 en el Índice de Libertad de Prensa de Reporteros Sin Fronteras durante el mandato de Chaves. No es casualidad. Es método.

El juez como enemigo

Trump dedica varios minutos de la entrevista a despotricar contra un juez que falló en su contra. "Es un juez anti-Trump", dice, y deja flotando la pregunta de si piensa acatar la orden. "No estoy ignorando su orden", matiza, pero acto seguido relativiza: "¿Qué orden? Ni siquiera estoy al tanto".

En Costa Rica, Chaves hizo algo similar con la Sala IV. La acusó de obstruir su Gobierno, propuso reorganizarla y llamó a elegir diputados "patriotas" para capturarla. Su sucesora, Laura Fernández, ha continuado esa narrativa, calificando fallos judiciales como "golpes de Estado" cuando le son adversos.

La diferencia es que, en Costa Rica, la Sala IV ha resistido. En otros países de la región, no.

La deuda como coartada

En la entrevista, se minimiza el crecimiento de la deuda estadounidense —que superó los 40 billones de dólares— apelando a una fórmula simple: "Este crecimiento lo resolverá muy fácilmente”. Es la vieja promesa de que el crecimiento económico, por sí solo, licuará cualquier exceso fiscal.

En Costa Rica, Laura Fernández está aplicando el mismo manual. Su Gobierno impulsa la colocación de $13.500 millones en eurobonos, argumentando que es "cambiar deuda cara por deuda más barata”. Quienes se opongan, advirtió, quedarán "muertos y enterrados”.

Los números cuentan otra historia. La deuda del Gobierno Central cerró 2025 en ₡31,3 billones, un 60,4% del PIB, y las proyecciones de S&P Ratings indican que se mantendrá por encima del 60% durante los próximos cuatro años. La deuda con la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) supera los ₡4 billones, tras crecer un 61% durante la administración Chaves. Y el presupuesto nacional, según la propia Fernández, es una "camisa de fuerza" con el 93% de los recursos ya comprometidos.

La lógica trumpista de la deuda tiene un atractivo superficial: si el crecimiento es suficientemente alto, el cociente deuda/PIB baja y el problema parece resolverse solo. Pero esa reducción es contable, no real. El monto absoluto sigue creciendo. Y cuando el crecimiento se desacelera —como ya ocurrió en el segundo trimestre en Estados Unidos—, la ilusión se desvanece.

La afinidad geopolítica

Un aspecto interesante es que Trump habla en la entrevista de "resultados" y "lealtad". Chaves se alineó sin pudor con esa lógica: se unió a la "Coalición contra los Cárteles" impulsada por Washington, coqueteó con la idea de recibir apoyo militar extranjero —¡en un país que abolió su ejército en 1948!— y adoptó el lenguaje de la "vieja casta" para describir a sus opositores.

No es una copia mecánica. Es una afinidad electiva. La nueva derecha latinoamericana no necesita instrucciones de Washington; comparte el mismo diagnóstico: las instituciones democráticas son el problema, no la solución.

Costa Rica y el mito de la excepcionalidad que se agrieta

Costa Rica fue, durante décadas, la excepción. Sin ejército, con una democracia robusta, con una prensa libre y un Poder Judicial independiente. Esa excepcionalidad no fue un accidente. Fue el resultado de un pacto social: el Estado de derecho como límite al poder.

Hoy ese pacto está bajo tensión. No ha colapsado, pero se ha agrietado. La Sala IV sigue en pie. La prensa sigue publicando. Pero el discurso que las señala como enemigas ya no es marginal: es oficial.

La historia latinoamericana está llena de países que disolvieron sus Estados de derecho un decreto a la vez, un insulto a la vez, una "noticia falsa" a la vez. Costa Rica no es inmune. Su excepcionalidad fue, precisamente, haber mantenido el Estado de derecho cuando otros lo abandonaron. Eso es lo que ahora está en juego.

La entrevista de Trump no es solo un documento sobre Estados Unidos. Es un espejo incómodo. Y, en Costa Rica, ese espejo devuelve una imagen que debería preocuparnos.