En su ensayo Lo intolerable. Repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea, Enrique Díaz Álvarez advierte que “estamos anestesiados ante el horror”. La frase interpela porque apunta a una de las formas más peligrosas de la indiferencia: acostumbrarnos a aquello que debería provocarnos rechazo, hasta que lo intolerable deja de parecernos extraordinario y se instala, cómodamente, en la rutina.
En Costa Rica, esa anestesia parece tener banda sonora: insultos, descalificaciones, expresiones pasadas de tono y una confrontación que ya no necesita motivos muy elaborados para ponerse en marcha. Basta con pensar distinto, pertenecer al “bando equivocado” o atreverse a formular una pregunta incómoda. La conversación pública se convierte en competencia de agravios, en la que cada quien procura tener la última palabra, aunque de camino se pierda cualquier posibilidad de entendimiento. Lo preocupante, entonces, no es solo la estridencia, sino las prácticas nocivas que se van volviendo costumbre.
Nos acostumbramos a que la violencia verbal sea presentada como carácter; la humillación, como valentía; la agresividad, como autenticidad. Confundimos hablar sin filtros con tener algo importante que decir. Y, poco a poco, el insulto se incorpora al paisaje cotidiano, como un poste torcido que todos vemos y nadie se detiene a reparar.
¿A qué conduce esta actitud? ¿Qué construye la división permanente entre buenos y malos, patriotas y enemigos, iluminados y traidores? ¿Cuánto espacio queda para pensar cuando toda discrepancia se interpreta como una afrenta personal?
La convivencia democrática, por supuesto, no exige que nos llevemos bien ni que compartamos las mismas ideas. El disenso es parte de su naturaleza. Lo que necesita es que podamos disentir sin convertir al otro en alguien indigno de ser escuchado. Una sociedad democrática se mide por su capacidad para procesar sus conflictos sin destruir los vínculos que nos permiten convivir.
Sin embargo, pareciera que estamos sustituyendo la discusión de fondo por una disputa interminable sobre las formas. Mientras nos entretenemos con la frase ofensiva del día, quedan pendientes las preguntas sustantivas: quién debe rendir cuentas, qué soluciones se proponen, cómo se utilizan los recursos públicos, qué políticas mejoran la educación, la salud, la seguridad y las condiciones de vida de la gente.
¿Será esta una distracción deliberada? Sospecho que sí lo es, pues discutir sobre el agravio puede ser mucho más conveniente que responder por los resultados. La confrontación desplaza la explicación, mientras el espectáculo ocupa el lugar de las propuestas y los problemas reales esperan, sin micrófono y sin voceros.
El costo de esta dinámica no es menor. La crispación desgasta las relaciones, alimenta la desconfianza y convierte cualquier espacio de encuentro en un nuevo campo de batalla. La política deja de ser una herramienta para organizar la vida en común y se transforma en una disputa permanente por imponer una verdad, silenciar al adversario o demostrar quién grita más fuerte.
Quizás por ello necesitamos recuperar la disposición a escuchar, la capacidad de rectificar, la voluntad de llegar a acuerdos. Necesitamos más reflexión y menos confrontación; más argumentos y menos etiquetas. Menos empeño en ganar cada discusión y más inteligencia para resolver aquello que nos afecta a todos.
Y necesitamos, también, ternura. No como una consigna ingenua ni como una invitación a tolerar abusos, sino como reconocimiento de nuestra vulnerabilidad compartida. Cuidar las palabras, respetar la dignidad ajena y procurar el bienestar de los demás son también actos políticos. El amor al prójimo, tan mencionado en los discursos y tan poco practicado en las disputas, podría ser una buena medida de nuestra vida democrática.
En esta insólita isla que somos, conviene recordar que la convivencia no se sostiene a punta de gritos, tampoco la democracia se fortalece humillando al que piensa distinto. No dejemos que el insulto se convierta en paisaje cotidiano ni que la crueldad nos parezca normal.
