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Cuando el relato ya no llega a fin de mes

Todo relato político tiene fecha de vencimiento: el día en que el costo de vida pesa más que el discurso. Estados Unidos la encontró este martes.

Durante años, el Partido Republicano de Donald Trump construyó su estrategia política alrededor de un relato que dividía al electorado y movilizaba votos sin que le importara mucho si coincidía con la realidad económica de la gente. Funcionó.

Como si nada hubiera cambiado, el relato republicano no se movió un ápice: la campaña se enfocó en atizar las diferencias culturales, con poco contenido económico. El problema es que la gente dejó de poder subsidiar esa batalla cultural. Entre la guerra con Irán y una guerra comercial de aranceles que subió el costo de vida, la aprobación de Trump cayó a mínimos históricos, y el martes los votantes se la cobraron: los demócratas le arrebataron a los republicanos el Senado y la Cámara, con siete escaños que cambiaron de bando. Estados históricamente republicanos como Kansas, Texas, Carolina del Sur o Iowa le dieron la espalda a los republicanos.

Lecciones para Costa Rica. Está claro que no enfrentamos una situación idéntica, pero la lógica de fondo es la misma: hay una narrativa oficial, y hay una realidad que, tarde o temprano, termina cobrando la cuenta.

El relato oficialista es el de un país que ya alcanzó la categoría de ingreso alto, camino a ser el Singapur centroamericano. Hace pocos días, el INEC publicó su Encuesta Nacional de Hogares: el ingreso promedio de los hogares cayó 3,8% este año, y la pobreza subió a 298.713 hogares, 12.348 más que en 2025. Cuando le preguntaron por esos datos al ministro de Hacienda y de la Presidencia, Rodrigo Chaves, respondió, tal cual: "esa parte no la leí".

No es un dato aislado. El Banco Central recortó varias veces su proyección de crecimiento para 2026, hasta 3,4%, y la Cepal ubica al país como penúltimo en crecimiento centroamericano este año. Las zonas francas, el motor que más empleo formal de calidad generó en tres décadas, pasaron de crecer 12,7% en 2025 a apenas 6,1% en 2026, y la manufactura acumula la mayor pérdida de empleos del año. El turismo lleva meses en producción decreciente —"estamos en un frenazo porque perdimos competitividad", resume el presidente de Canatur—, y el agro, golpeado por sequía y plagas, tampoco la pasa mejor.

Parte de esa pérdida de competitividad tiene nombre: el tipo de cambio. El régimen cambiario opera bajo metas de inflación: el Banco Central debería enfocarse en la inflación, no en el tipo de cambio. Pero ni eso se cumple: el país acumula tres años con la inflación fuera del rango meta, con meses en deflación abierta, mientras el colón se aprecia a su nivel más fuerte en dos décadas y el Central compra dólares para frenarlo. Bajo su propio esquema, algo no funciona, y esa combinación le quita aire a zonas francas, turismo y agro.

Mientras esto pasa, la única política pública que por tres décadas le funcionó al país para atraer inversión de calidad —la coordinación entre Comex, Procomer y Cinde— se ha ido debilitando: Procomer le cortó apoyo a Cinde pese a manejar ₡26.000 millones de presupuesto, continuando una tendencia que arrancó en 2023. No es casualidad que Costa Rica haya perdido posiciones en los índices de atractivo para inversión en los últimos cuatro años.

Las señales se siguen acumulando. El Banco Central detectó meses atrás una "paradoja" —la mora en créditos en colones subía aunque la economía se veía bien—, el crédito crece menos que el año pasado, y el empleo formal encadenó cuatro trimestres de caída antes de una leve mejora, mientras la informalidad ganaba terreno. Eso debería preocupar más que cualquier encuesta, y no es solo intuición: la mora es, por definición, una señal retrasada del lado del deudor. Nadie deja de pagarle a un banco el primer mes que le aprieta el bolsillo; primero recorta otros gastos, usa ahorros o se endeuda con alguien más, y solo cuando esas opciones se agotan, deja de pagar la cuota. Si esa señal ya se mueve mientras el desempleo oficial todavía luce estable, es porque buena parte del ajuste ya está ocurriendo por debajo de las estadísticas agregadas, probablemente empujando a más gente hacia la informalidad en lugar de hacia el desempleo abierto. Y cuando sube, los bancos endurecen sus criterios de aprobación, cerrándole el crédito formal justo a quienes más lo necesitan: la factura ya se está cocinando antes de que llegue el recibo, y la paga primero la gente con menos colchón.

Hay una diferencia con EE. UU. que conviene no ignorar. Por ahora, las encuestas en Costa Rica no muestran el mismo desgaste. Fernández arrancó con aprobación alta, y Chaves salió de la presidencia con su respaldo más alto en dos años. Sin embargo, esa foto no contradice lo que viene: menor crecimiento, menos inversión, más desempleo y más mora. Primero se acumulan los indicadores técnicos, y solo después se sienten en la calle y eventualmente en las urnas.

La historia reciente de Washington deja una lección válida para cualquier gobierno que construya su relato sobre una economía que no entrega resultados: el discurso aguanta mientras el bolsillo lo permite. El día que deje de alcanzar para la canasta básica, ya no habrá "zurdos" ni enemigos externos que valgan como excusa.

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