En mis columnas anteriores he tratado de ver el Transpacífico desde los dos lados: las oportunidades que puede abrir para Costa Rica y los riesgos que puede traer para algunos de nuestros productores. Después de revisar ambos, creo que queda una pregunta importante sobre la mesa: cuánto necesitamos abrir para obtener aquello que realmente buscamos.
Costa Rica ya tiene tratados comerciales con seis de los doce países del CPTPP: Canadá, Chile, México, Perú, Singapur y Reino Unido. Los mercados nuevos serían Japón, Australia, Nueva Zelanda, Vietnam, Malasia y Brunéi. Entre ellos, Japón sobresale por el tamaño de su economía, su poder adquisitivo y su capacidad para importar.
Australia y Nueva Zelanda también representan oportunidades, pero son grandes productores y exportadores agropecuarios. Y aquí aparece algo que a veces se nos puede escapar: el Transpacífico no solamente nos abre seis mercados nuevos. También puede cambiar las condiciones comerciales con países con los que ya tenemos tratados.
Eso es importante para quienes vivimos en una zona productora como San Carlos. En negociaciones anteriores, Costa Rica decidió proteger productos sensibles. Con Perú quedaron excluidos, entre otros, papa, cebolla, tomate, frijoles, café y arroz; y con Chile, productos lácteos, carne y embutidos de pollo y buena parte de las hortalizas. Por eso, necesitamos conocer con claridad qué pasará con esas protecciones dentro del CPTPP.
También hay que reconocer lo bueno. El Transpacífico nos integraría a un mercado de cerca de 600 millones de consumidores, permitiría diversificar destinos, facilitaría el uso de insumos provenientes de distintos países del bloque y podría abrir nuevas oportunidades para atraer inversión e integrarnos a cadenas internacionales. Son beneficios importantes que un tratado únicamente con Japón no necesariamente ofrecería con la misma amplitud.
Ahí está, para mí, el verdadero balance que debemos estudiar. Muchas de esas ventajas pueden ser aprovechadas con mayor facilidad por empresas que ya participan en cadenas internacionales, especialmente nuestra manufactura avanzada. Mientras tanto, varias de las actividades que podrían enfrentar mayor competencia están en el campo: leche, arroz, algunas hortalizas y otros productos que hemos venido analizando.
No quiere decir que toda la industria gane ni que todo agricultor pierda. Tampoco significa que cada tonelada que importemos vaya a sustituir una tonelada producida en Costa Rica. Muchas veces, una nueva importación simplemente sustituye lo que ya comprábamos en otro país. Y también habrá productores costarricenses que encuentren oportunidades para vender más afuera.
Pero desde San Carlos uno entiende algo que a veces los números no cuentan por completo. Una finca no se mueve de país. El productor tiene aquí su tierra, su inversión, sus trabajadores, su familia y, muchas veces, el esfuerzo de varias generaciones. Una empresa internacional puede decidir dónde coloca su próxima inversión o una nueva línea de producción; el agricultor no puede trasladar su finca a otro país cuando cambian las condiciones del mercado.
Por eso me parece importante mirar con especial atención a Japón. Un TLC bilateral con Japón permitiría negociar directamente las condiciones comerciales entre los dos países. El CPTPP ofrece algo mucho más amplio: además de Japón, incorpora cinco mercados nuevos y una red de reglas comunes entre sus doce integrantes. Son caminos distintos y, por lo tanto, deben compararse con cuidado.
El Transpacífico ofrece una red comercial más grande, acumulación de origen, posibilidades de inversión y una mayor integración con las economías del bloque. Pero, junto con esos beneficios, vienen compromisos adicionales de apertura. La discusión seria debería poner ambas cosas en la misma balanza.
Costa Rica ha ganado mucho abriéndose al mundo. Sería un error desconocerlo. Las exportaciones, la inversión extranjera, las zonas francas y nuestros tratados comerciales han transformado nuestra economía. Pero abrirnos al mundo tampoco debería significar dejar de preguntarnos qué queremos seguir produciendo nosotros mismos.
Para quienes vivimos en San Carlos, esto no es una discusión lejana. Aquí sabemos lo que significa levantarse temprano para ordeñar, sembrar, criar ganado, enfrentar el clima, los costos y los precios. Sabemos también que el campo tiene que modernizarse y competir. Lo que debemos procurar es que pueda competir en condiciones que le permitan seguir produciendo.
Por eso, antes de tomar una decisión de esta magnitud, vale la pena comparar con profundidad qué obtenemos entrando al CPTPP completo y qué podríamos obtener mediante una negociación concentrada en Japón.
Porque una política comercial no debería medirse solamente por cuánto vendemos más. También importa qué seguimos produciendo, quién lo produce, cuánto valor queda en Costa Rica y qué capacidad productiva queremos dejarles a las próximas generaciones.
