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Imagen principal del artículo: El deber cumplido

El deber cumplido

Hay personas que uno conoce muy temprano en la vida y que, sin saberlo entonces, terminarán apareciendo muchos años después en capítulos importantes de nuestra propia historia.

Orlando Aguirre fue la primera persona que conocí el día en que llegué a hacer fila para matricularme en Derecho.

Éramos muy jóvenes. No podíamos imaginar adónde nos llevaría la vida, ni mucho menos que muchos años después volveríamos a encontrarnos en la Corte Suprema de Justicia, ambos como magistrados.

Desde aquel primer encuentro nació una amistad que ha atravesado los años.

Y el tiempo, que a veces cambia la percepción que tenemos de las personas, en el caso de Orlando hizo exactamente lo contrario: confirmó lo que desde joven había visto en él.

Un hombre bueno

Sereno. Pacífico. Trabajador. Sin estridencias. Un juez profundamente dedicado a su oficio y, por encima de todo, un hombre honesto.

Compartir después con él en la Corte me permitió conocer, además del amigo, al juez. Al hombre que entiende que administrar justicia exige conocimiento, independencia y carácter, pero también prudencia, equilibrio y humanidad.

Por eso, ahora que concluye su período como presidente de la Corte y ha decidido no optar por la reelección, no quisiera detenerme solamente en la función que desempeñó. Los cargos, después de todo, son pasajeros.

Quisiera detenerme en lo que queda.

Queda una carrera judicial construida durante décadas. Queda el trabajo de un juez que ha dedicado buena parte de su vida al servicio de la justicia costarricense. Queda una forma de ejercer autoridad sin necesidad de levantar la voz. Y queda algo particularmente valioso en estos tiempos: una trayectoria de honestidad.

No es poca cosa.

Vivimos días difíciles. Días en los que el debate público se ha vuelto más áspero y en los que, con demasiada facilidad, la diferencia se convierte en descalificación y el desacuerdo en ofensa.

Incluso hemos llegado a escuchar expresiones que pretenden convertir la edad en una razón para descalificar a una persona.

Yo pienso exactamente lo contrario.

La juventud tiene su fuerza, su impulso y su enorme capacidad para transformar. Pero los años también tienen lo suyo. Dan perspectiva. Enseñan a escuchar, a esperar, a distinguir lo urgente de lo importante y, muchas veces, a no responder al grito con otro grito.

Una sociedad que desprecia la experiencia se empobrece a sí misma.

Orlando concluye este período después de una larga vida dedicada a la justicia y puede hacerlo con la frente en alto, con la serenidad de quien sabe que ha cumplido con su deber y con el reconocimiento que merece una trayectoria construida durante décadas con trabajo, rectitud y honestidad.

Ayer lunes presidió su última sesión ordinaria de Corte Plena como presidente de la Corte Suprema de Justicia.

Ese hecho tiene para mí un significado especial. Cierra una etapa en su vida, pero abre también otra de enorme importancia para el Poder Judicial.

La Corte deberá elegir ahora a la persona que asumirá su Presidencia. No será una decisión cualquiera.

Costa Rica atraviesa tiempos que exigen mucho de sus instituciones. Hay desencanto, confrontación, inseguridad y una creciente tensión en el debate público. Precisamente por eso necesitamos instituciones fuertes y personas capaces de comprender que ejercer autoridad no significa imponer, que dialogar no significa ceder independencia y que defender la institucionalidad democrática requiere firmeza, serenidad y respeto.

Quien asuma la Presidencia de la Corte recibirá mucho más que un cargo. Recibirá una responsabilidad histórica.

Tendrá en sus manos la conducción de uno de los Poderes fundamentales de nuestra República y deberá hacerlo consciente de que la independencia judicial no es un privilegio de los jueces. Es una garantía de cada ciudadano que algún día pueda necesitar que un tribunal decida su causa sin temor, sin presiones y sin obedecer a ningún otro poder.

Estos tiempos requerirán capacidad para unir, para escuchar y también para tomar decisiones difíciles. Requerirán liderazgo para impulsar los cambios que el propio Poder Judicial necesita y firmeza para defender aquello que no puede negociarse: la independencia de la justicia, la separación de poderes y el Estado de Derecho.

Es una enorme responsabilidad para quien resulte elegido, pero también para quienes deberán elegir.

Y quizá por eso el final del período de Orlando tiene todavía más significado.

En tiempos de ruido, Orlando escogió la serenidad. En momentos difíciles mantuvo su manera pausada de ser. Y aun frente a ataques y descalificaciones personales, siempre fue un caballero. No respondió a la ofensa con la ofensa ni permitió que la confrontación cambiara su manera de ejercer la Presidencia.

Eso también es carácter. Y eso también forma parte de su legado.

Desde aquella fila para matricularnos en Derecho ha pasado prácticamente una vida. Y después de todos esos años puedo decir de Orlando lo mismo que habría dicho mucho tiempo atrás, pero ahora con la certeza que solamente da el tiempo: es un hombre bueno y un hombre honesto.

Hay pocas cosas más importantes que poder concluir una responsabilidad pública llevando eso consigo.

Orlando termina su período como presidente de la Corte y lo hace con la frente en alto.

Con su buen nombre intacto, con una vida dedicada a la justicia y con algo que ningún cargo otorga y que ningún cargo puede quitar: la tranquilidad del deber cumplido.