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En los últimos días han vuelto a circular tanto en redes sociales como en la prensa varias opiniones e incluso una petición de Change.org para remover el monumento del expresidente León Cortés Castro (1936-1940) de su actual sitio frente al Paseo Colón. Estas voces han adquirido momentáneamente mayor fuerza a la luz del derribo del monumento a Edward Colston  –un reconocido traficante de esclavos– en Bristol, durante las manifestaciones en contra del racismo hacia la población afrodescendiente, a raíz del asesinato del ciudadano estadounidense George Floyd.

El impulsor de la petición en Change.org, el abogado Antonio Trejos Mazariegos, en un artículo de opinión publicado en el Semanario Universidad, criticó la presencia del monumento a Cortés que considera como un endoso oficial a sus ideas fascistas, su carácter autoritario y marcado anticomunismo. Señala además que es una “instrumentalización de su figura por parte del bando ganador como una especie de símbolo democrático”.

La figura de Cortés, ciertamente, es controvertida. Pero reducir la lectura del monumento a un panfleto fascista y autoritario, es bastante perezosa. El monumento al expresidente fue un homenaje realizado por parte del Comité Pro-Monumento a León Cortés poco después de finalizada la Guerra Civil de 1948, cuya ejecución fue delegada al artista italiano Arturo Tomaginni y finalmente inaugurado el 20 de abril de 1952. Su composición artística, transmite las ideas de la Sabiduría, la Prosperidad y el Sacrificio por medio de sus figuras sedentes y su guirnalda decorada con un águila reconoce la condición de benemeritazgo del expresidente y del monumento, como un “Altar de la Patria”.

Los liberacionistas que formaron parte del Comité se apropiaron de una memoria particular sobre Cortés como un defensor de la institucionalidad frente al “calderocomunismo”, quien sustituyó simbólicamente a don Pepe como el patriarca de la nueva era iniciada por la Junta Fundadora de la Segunda República. Con esto, trataron de legitimar en el espacio público su proyecto de Estado a la usanza de los liberales que hicieron los mismo con el Monumento Nacional, ubicado a pocos metros de la Estación del Atlántico. Por esta razón, más que un complejo que exalta el fascismo, lo que hace es resaltar el carácter anticomunista del personaje y del espíritu de la “Segunda República”.

Tal riqueza discursiva y su lectura crítica desaparecería con una remoción total del monumento. Borrar la memoria histórica del espacio público evita precisamente que surjan estas “batallas” que impulsan el revisionismo a los personajes que nuestros antecesores quisieron honrar según sus valores y visión de mundo.

En vez de proponer el absurdo de destruir un monumento, de los pocos complejos escultóricos de gran tamaño que tiene el país, se debe incentivar la colocación de mobiliario urbano acompañado de información histórica actualizada que permita leer al conjunto como un producto de su época y permita explorar los discursos comunistas y anticomunistas ligados a la imagen del expresidente. Dar espacio a las voces, debe ser el objetivo de la política pública del Estado. Callarlas o borrarlas, por otro lado, si es una actitud deleznable que debe evitarse a toda costa.