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Nos narra Oscar Peyrou en su estudio “Introducción a los cuentos de hadas: La iniciación y la muerte”, escrito en 1983, que la peste negra (o muerte negra), también conocida como peste bubónica causó estragos en Alemania, específicamente en la villa de Hamelín, cerca del río Weser, en 1348. La población fue diezmada con innumerables muertes. Los infectados sufrían manchas hemorrágicas y su piel se volvía pálida y amarilla.

Algunos sobrevivieron gracias a sus defensas naturales. A pesar de ello, no gozaron de absoluta tranquilidad pues 13 años después, en 1361, exactamente en el Día de Santa Margarita, apareció una nueva epidemia de la misma peste que azotó a la población. Las víctimas fueron, por sobre todo, niños menores de 13 años que, en su mayoría, eran enterrados en fosas comunes en una caverna de la colina de Koppelberg. La razón hoy nos parece sencilla: no se trataba de ningún “castigo divino” contra la niñez como muchos creyeron pues los menores no habían desarrollado defensas ya que no habían nacido cuando apareció la primera epidemia. Como consecuencia, sufrieron más que los mayores.

También se dice que llegó por Hamelín, un hombre alto y delgado, conocedor de la alquimia, que aseguró que la peste negra se propagaba, con rapidez, debido a la cantidad de ratas. Fue conocido, entonces, como el “cazador de ratas” y pidió una recompensa a cambio de matar a esos roedores. Tocó la flauta y aseguró que los animales lo seguirían al escucharlo. Al parecer, fue así. Se encaminó hacia un río que él atravesó sobre sus pies y los animales, causantes de la epidemia, debido a su pequeño tamaño, fueron arrastrados por la corriente y se ahogaron.

Se dice que le pagaron la suma convenida y los niños dejaron de morir de manera masiva.

No existe certeza absoluta sobre la veracidad de todos los hechos aquí narrados. Las pestes eran comunes en esos tiempos principalmente debido a la falta de higiene de la población; asimismo la expectativa de vida era mucho menor que la que hoy tenemos.

Peyrou expresa que, en ese entonces, los artistas alemanes, caracterizados por el “gusto gótico”, dotaban de rasgos humanos hechos que resultan abstractos y complejos, por ejemplo, las epidemias. Así surgió la figura ficticia de un hombre que visita la villa de Hamelín, vestido de rojo y amarillo (los colores de la sangre y de la piel de los infectados), que prometía llevarse a las ratas a cambio de una suma de monedas de oro. Tocó su flauta y las condujo hasta un río donde las ahogó y allí dio por terminada la primera epidemia. Como no le pagaron lo acordado, regresó al pueblo, se llevó a los niños y los encerró en una cueva. Debe recordarse que con el segundo brote murieron los menores no inmunes, que eran sepultados en una fosa común, en una cueva. Así le dieron la recompensa y se marchó devolviendo a los pequeños.

Según Peyrou, el flautista de Hamelín simboliza la muerte. Actualmente, en esa ciudad, existe un museo y una escultura que recuerdan la famosa y anónima historia, que hoy es contada como un relato infantil.

La pandemia por COVID-19 nos recuerda estas viejas leyendas, que con el paso del tiempo, se convierten en historias que tomaron proporciones mágicas.

Deben ser muchos los creadores que, durante esta cuarentena, han elaborados textos de la literatura, las artes visuales, la música, el teatro, la narración oral o la cinematografía sobre una situación que, incluso, hace unos meses, nos hubiera parecido ficticia: la insistencia en el lavado de manos, la del confinamientos en nuestros hogares, la de la necesidad de establecer el teletrabajo, la del distanciamiento físico, la de la angustia de sentir la presencia de ese flautista mítico que se acerca sin que sepamos cómo afrontarlo.

Se sabe que la buena literatura no encierra fáciles moralejas y mucho menos consejos para hacer más llevadera la existencia, sin embargo, si se ha de construir un cuento como el del flautista de Hamelín, a manera de una memoria colectiva sobre lo ocurrido en el año 2020, esperemos que guarde uno de esos buenos y promisorios desenlaces. Se tratará de un cuento del cual, inevitablemente, seremos protagonistas.