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A inicios del siglo XIV, bajo un sistema feudal, en el cual los campesinos estaban sometidos a producir una cierta cantidad producto para sobrevivir y pagar los impuestos, surge una pandemia. La Peste Negra, o Peste Bubónica, viene a cambiar las dinámicas hasta entonces establecidas en Europa. Bajo este clima de muerte, incertidumbre y desabastecimiento, las relaciones señor-campesino reciben un fuerte golpe. Esto tomó dos direcciones distintas. Por un lado, en algunas zonas, la figura del señor feudal se fortaleció y los campesinos tuvieron que someterse a más exigencias. Por otro lado, en zonas del norte de Europa, se redujeron las imposiciones sobre los campesinos y tuvieron más libertades y voz en las decisiones políticas. Siguiendo una visión institucionalista, este fue el primer golpe, que causo un efecto dominó en Inglaterra tres siglos después. Vino la Revolución Gloriosa, luego las Revoluciones Industriales y el resto, literalmente, es historia.

La sociedad moderna ha sido comúnmente caracterizada por su individualismo, indiferencia, malestar, un deseo de poseer y un positivismo que cansa y que nos ahoga en ese constante mejoramiento del yo. Pero estos malestares, a pesar de que sean problemas públicos, han sido reducidos a problemas privados. Caracterizar el conflicto de esta manera genera que le sigamos echando la culpa al individuo, es un tema de la psique, es falta de optimismo y resiliencia y es la falta de ese: “¡Yo puedo todo!” Cuando un problema es público, debe ser tratado como tal, porque si no, las soluciones caen en las fauces del mismo capitalismo que busca generar ganancias de ese residuo del sistema. Surgen así negocios que prometen la felicidad, que mueven masas y millones de dólares. Esto solo refuerza esa idea del individualismo, ya que me convierto en un producto que debe estar siempre bien y actualizándose indefinidamente, que debe aceptar sin criticar las injusticias, que debe adaptarse, formarse y ser flexible en el trabajo para no ser despedido.

Así como la individualidad es ese fantasma de nuestra sociedad, en la Europa el siglo XIV, era la opresión. El sistema feudalista invisibilizaba ese problema público, prohibiéndole un espacio político de lucha en las decisiones de la monarquía, que poco le importaba el tema. No fue entonces hasta que la Peste Bubónica cambió las dinámicas de producción, que se abrió espacio para un posterior progreso en temas de libertad. La Peste Negra vino a poner luz sobre el problema de opresión, minimizado al ambiente privado, y lo llevó al espacio público. La enfermedad COVID-19 vino a hacer lo mismo sobre el individualismo de nuestra sociedad. Muchos afrontan con negatividad un posible cambio en el sistema capitalista, dado que ha llegado a cada rincón de un mundo homólogo y globalizado. De la misma manera, el sistema monárquico parecía imposible de vencer. Este virus vino a resaltar la necesidad de abandonar ese proyecto de nunca acabar del yo, y buscar el de nosotros como sociedad. Dejar de enfocarnos en un medio, que es el producto, y movernos hacia fines concretos. Resalta la necesidad de que los Estados deben invertir en instituciones solidarias en temas de salud, educación, pensiones, seguridad laboral y transferencias a las familias más necesitadas. Ha mostrado como, ante episodios de este tipo, la mejor manera de combatirlo es mediante la unión y un Estado centralizado que logre organizar sus ciudadanos.

He notado que promover un cambio ante esta situación implica salir tildado de comunista o utópico, retrógrado y trasnochado. La crítica no implica abandonar esos ideales de libertad, que no vieron luz hasta los siglos XVII y XVIII, tres siglos después de que azotara la pandemia en Europa. ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para ver resultados? Siempre va a existir un proceso de lucha e intereses, como hubo en su momento por parte de la monarquía en Inglaterra. No creo que los veamos en el corto plazo. A pesar de esto, es necesario que el problema de la individualidad se ponga sobre la mesa. Ese malestar social siempre ha sido un tema tabú, indeseable, oculto y reducido desde que se instauró el sistema capitalista.