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En una breve conversación sobre el tema de equidad de género con una mujer muy influyente en la mi vida me dijo una frase que trascribo de forma literal “la sororidad no es luz que entra por la ventana. Se construye”.

- ¿Cómo se construye? pregunté. -Dando y exigiendo me contestó y continuó “la base de la sororidad es el respeto que se gana dando resultados en nuestros compromisos, en cualquier rol que asumamos, en la labor profesional o en nuestras casas”.

Pero ¿Qué significa sororidad?

Según Marcela Lagarde, en su artículo Pacto entre mujeres, Sororidad,  este concepto refiere a “una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Es una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer”.

Además, en su artículo, Sororidad, nueva práctica entre mujeres, Mónica Pérez, menciona que “La diferencia radica en que la solidaridad tiene que ver con un intercambio que mantiene las condiciones como están; mientras que la sororidad, tiene implícita la modificación de las relaciones entre mujeres. En resumidas cuentas, la sororidad se traduce en hermandad, confianza, fidelidad, apoyo y reconocimiento entre mujeres para construir un mundo diferente; percatarse que desde tiempos antiguos hay mujeres que trabajan para lograr relaciones sociales favorables para ellas y para nosotras, recordando siempre que todas somos diversas y diferentes”.

¿Somos sororas?

Este país ha logrado abrirse al liderazgo femenino, las experiencias de mujeres en ese ámbito son enriquecedoras y humanizadas, pero ¿reconocemos que no es el hecho de ser mujeres lo que las llevó a alcanzar sus logros y a marcar hitos de participación pública, sino su esfuerzo, formación y compromiso? O seguimos preguntándonos ¿cómo es que “ella” o “esa” logró llegar ahí? Metiéndonos la zancadilla nosotras mismas.

Muchas mujeres han alcanzado liderazgo público, político o institucional, pero los resultados del Informe del Estado de la Nación siguen mostrando brechas importantes.

En la entrega del 2018, el Estado de la Nación menciona que “Las tasas de participación y de ocupación para el período 2010-2017 muestran diferencias de alrededor de 30 puntos porcentuales a favor de los hombres, mientras que la tasa de desempleo es 3,5 puntos mayor entre las mujeres”.

Sin embargo, vale resaltar que también adjunta un resumen de indicadores de 1990 a 2017, y que la tasa neta participación laboral de las mujeres durante ese periodo aumentó en un 12,4%, pasando de 32,5% a 44,9% en 27 años.

Continúa el documento indicando que “La oportunidad de inserción laboral de una mujer profesional es el doble de la que tiene otra que solo completó la educación secundaria y 4,4 veces mayor que la de una que apenas logró terminar la primaria. La maternidad también incide en la participación: una mujer sin hijos tiene 1,2 veces más oportunidades que la que tiene un hijo y 1,6 veces más que una madre de tres”.

Además, indica el Estado de la Nación, que mediante ejercicios de simulación se ha determinado que, si las mujeres que están desocupadas o fuera de la fuerza de trabajo obtuvieran un empleo, la pobreza total se podría reducir casi a la mitad. ¿Será en este cambio que está el desarrollo del país a futuro?

Y aún más, menciona que una proporción de la brecha de ingresos entre mujeres y hombres no se explica por las características de las personas y los puestos de trabajo, por lo que se atribuye a discriminación salarial. En ausencia de esta, las mujeres percibirían ingresos superiores a los de los hombres, debido a su mejor perfil de calificación. Sí, discriminación salarial en pleno 2019.

El día que la vulnerabilidad de las mujeres deje de ser un tema, sino que nos encontremos en un mundo de iguales, ese día las políticas de equidad de género (para hombres y mujeres), los programas y proyectos y los esfuerzos individuales habrán ganado la batalla y solo entonces podremos decir podremos decir que hay sororidad.

Mientras tanto vale la pena preguntarse ¿será que necesitamos complementar las políticas existentes con más políticas, programas y proyectos? ¿O deberíamos redirigir la mirada hacia las masculinidades positivas? O ¿Será que las mujeres también tenemos que cambiar nuestra visión sobre la masculinidad?

A los espacios de pensamiento y análisis, de encuentros internacionales, a las conferencias mundiales, y a las cumbres de representantes y líderes sobre políticas públicas de equidad de género dirigidas a la mujer, deberían asistir muchos hombres y viceversa, los coloquios sobre masculinidad deberían tener representación femenina. Para darle validez a esa idea, basta pensar que se dan herramientas y se empoderan mujeres con información, datos y experiencias, pero que luego, al salir a la sociedad -a vivir el día a día- deben seguir luchando con hombres (y mujeres) que siguen pensando y actuando igual. Lo mismo puede suceder si todos estos avances de conocimiento y experiencias en las políticas de masculinidad se quedan entre esos hombres revolucionarios (si es que el termino cabe) que luego deben enfrentarse a una sociedad en la que incluso son los otros hombres, quienes los juzgarán con más dureza.

¿Qué estamos haciendo todos los días? ¿Por qué, aunque haya políticas, presupuestos y leyes, el cambio marcha lento? ¿Cómo afecta lo que se hace -o se deja de hacer- a las futuras generaciones? ¿Será que el enfoque debe estar en la educación de género en la primera infancia si lo que se quiere es ver cambios socioculturales? Todo lo que está pasando hoy, se socializa con los más pequeños de algún modo e influye en la sociedad que tendremos mañana, por lo que la pregunta es pertinente.

Depende de que nosotros sepamos cuestionar nuestro presente, que más niñas crezcan creyendo que son capaces de ser presidentas de la república; o que otras mujeres pueden ser sus líderes (porque tienen calificaciones, habilidades y capacidades), así como que otros niños se desarrollen creyendo que eso es correcto y sepan recibir ese liderazgo sin sentirse opacados o minorizados.

En el día que se conmemora la lucha de la mujer por su participación en la sociedad, habría que recordar que la lucha no solamente deben hacerla las mujeres y que es un esfuerzo personal que necesariamente hay que emprender desde privado y lo público.