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Existe un antes y un después para la civilización por causa de un síndrome agudo respiratorio severo (SARS) producido por este nuevo coronavirus que ocasiona la enfermedad COVID-19. Es una crisis global muy llamativa pues no existe una persona o grupo responsable, un perpetrador o un victimario que esté infligiendo violencia en otros. Quiere decir que no somos víctimas de nadie y eso debería ser invitación suficiente para no diluir nuestros esfuerzos en culpabilización y asumir la actitud de aportar constructivamente a la transformación requerida. La crisis sí exacerba la violencia estructural que existía en la humanidad: inequidad, pobreza, corrupción, exclusión, y el evidente daño que la mala gobernanza está resultando para muchos países que llevarán la peor parte. La politiquería mata.

Jamás hemos vivido nada igual. Podemos suponer que el impacto económico global será peor que el de una recesión o depresión o guerra. Para nuestro país es una tormenta perfecta: una crisis fiscal que nos ha tenido al borde del abismo por varios años; una suspensión total de la industria turística —que genera $4.000 millones al año y emplea, de forma directa o indirecta, a cerca de un tercio de la mano de obra del país— y por si fuera poco, la economía estadounidense, que es la canasta donde hemos puesto muchos de nuestros huevos en comercio exterior, apenas empieza a sentir los primeros embates del virus que la dejarán maltrecha por meses o quizás por el resto del 2020. Recuperarnos de este evento podría tomar años.

Cuando la Administración Obama asumió el poder en enero de 2009 en medio de la peor crisis económica en 70 años, el jefe de despacho de la Casa Blanca, Rahm Emanuel, famosamente dijo: “no desaprovechemos una buena crisis.” El coronavirus llega justo en el momento en que la ciencia nos advertía que en los próximos diez años debíamos revertir y mitigar las causas del cambio climático o sufrir sus peores consecuencias, que serían muchas veces más costosas en pérdida de vidas humanas, de biodiversidad y en términos económicos. Sin embargo, seguíamos actuando como siempre, echando más leña a una enorme hoguera.

La pregunta obligada sería ¿de qué manera podemos reactivar la economía, erradicar la violencia estructural y regenerar la ecología? Einstein decía que no se puede salir de un problema pensando como lo hacíamos cuando caímos en él. Se escuchan múltiples recetas que provienen de un paradigma que, de la noche a la mañana, terminó. ¿Cómo atender las necesidades más apremiantes del 50% más vulnerable de los costarricenses en los próximos 30, 90 ó 180 días? ¿Cómo poner en sus mesas alimentos nutritivos a precios accesibles? ¿Cómo aliviarles su poder adquisitivo de agua potable, medicamentos, electricidad, acceso a internet? Es una tarea titánica y por ello requerimos de la mejor versión de cada costarricense en capacidad de aportar.

Haríamos bien en juntarnos —por medios tecnológicos— a idear, crear, diseñar y labrar soluciones que provengan desde la empatía —pensando primero en la mitad más vulnerable— y que empleen la máxima creatividad que somos capaces de hacer brotar de nuestras fértiles mentes. Estamos en un escenario donde son insuficientes los liderazgos tradicionales, verticales, de arriba hacia abajo, donde una persona decide, dirige y manda, y los demás acatan. La nueva forma emergente de hacer avanzar a una comunidad u organización es la facilitación de grupos de conformación diversa donde quien facilita logre intencionalmente provocar sinergias a partir de la mentalidad de que las semejanzas nos unen y las diferencias nos enriquecen. Así se forja la paz. Quien tiene destreza y experiencia en facilitación sabrá hacer las adaptaciones necesarias para realizar estas tareas de manera virtual y remota. ¿En cuáles grupos sentiría que mis aportes son más fértiles? Juntarnos, además, de manera transversal entre sectores público y privado, academia y sociedad civil, enriquecería el diálogo, la ideación y la construcción de soluciones concretas que hoy no existen. Llegó la hora de innovar y de diseñar nuevas formas de participación.

Estamos escribiendo una de las páginas más memorables de la historia de la humanidad, una que generaciones por venir estudiarán a fondo. Asegurémonos de que sea también una de las más brillantes para que aprendan cómo aprovechamos esta buena crisis. Enseñémosle a nuestros hijos y nietos —aún los que no han nacido— cómo nutrimos la solidaridad que siempre nos caracterizó para ser nuestra fuente de visión, energía y valores en la construcción de la mejor Costa Rica que pudimos co-crear. Si hemos sido ejemplo mundial en múltiples disciplinas por más de un siglo es porque hemos sabido tomar decisiones extraordinarias en tiempos extraordinarios. Hagámoslo de nuevo.