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La grave crisis sanitaria que vive nuestro planeta debido a la pandemia por la enfermedad COVID-19 ha tenido un impacto directo en nuestro estilo de vida. A nivel individual estamos prácticamente imposibilitados de continuar con nuestra vida social tal cual la hemos asumido en nuestra cotidianidad. Ahora mismo la cuarentena o la confinidad juegan un nuevo rol rutinario en nuestras vidas lo cual nos evade momentáneamente de ser sencillamente “seres sociales” acostumbrados a la interacción física.

A nivel laboral también hemos incorporado medidas las cuales con anterioridad se nos decían que eran imposibles de realizar, al menos hasta hace unas semanas: el teletrabajo. Esta medida supone evitar o al menos disminuir posibles nuevos casos de COVID-19, y con ello evitar su propagación como parte de las medidas para mitigar los efectos de esta pandemia. También supone disminuir de forma drástica las emisiones de carbono causadas por el transporte masivo de personas a sus lugares de trabajo, una medida que ha tenido efectos visibles en países como China, uno de los mayores contaminantes de nuestro planeta, el cual ha reducido un 25% las emisiones de CO2 debido principalmente a la disminución del transporte y la industria más contaminante.

¿Será la pandemia de COVID-19 una oportunidad histórica para al menos plantearnos un cambio radical en nuestro sistema económico y social? El cambio climático sigue y seguirá matando más personas que el propio COVID-19. Nuestra preocupación e histeria colectiva por el nuevo coronavirus nos lleva a reconocer la poca importancia (individual y colectiva) que le hemos dado a la crisis climática en comparación a una enfermedad, que a priori, tendrá un impacto temporal (a la cual le debemos prestar toda la atención necesaria), mientras que la debacle ambiental se traduce en efectos irreversibles a largo, mediano y corto plazo.

El reciente informe de la Organización Meteorológica Mundial sobre el Estado del Clima Mundial señala que, a pesar de lo nefasto de esta pandemia mundial, el cambio climático ha estado entre nosotros por muchos años y se mantendrá por muchas décadas. Datos de 2019, señalan que el calentamiento global tuvo “consecuencias sobre la salud, la comida y el hogar de millones de personas en el mundo. Además, puso en riesgo la vida marina y una gran cantidad de ecosistemas”.

Recordemos que el año 2019 terminó con una temperatura media mundial 1,1°C por encima de los niveles preindustriales estimados, siendo el segundo año más cálido del que se tienen datos. Esto es aún más preocupante si juntamos los datos del quinquenio 2015-2019, siendo los años más cálidos de los que se tiene constancia, y el periodo 2010 a 2019 ha sido la década más cálida jamás registrada.

Volviendo a la pregunta inicial: ¿Será la pandemia de COVID-19 una oportunidad histórica para al menos plantearnos un cambio radical en nuestro sistema económico y social? Es esencial recordar que los periodos de crisis nos demuestran cientos de ejemplos sobre lo que aún valoramos y damos por hecho en nuestra expresión de “humanidad”. Pero también los periodos de crisis nos reafirman todo aquello que hemos perdido como sociedad, o simplemente nunca hemos tenido.

Ante la dificultad y desilusión presente en el escenario mundial, y ante el desafío global que representa la actual pandemia del coronavirus, la sociedad civil está en la obligación de encontrar propuestas y medidas “radicales” que propongan una salida a la debacle ambiental, y con ello reformar un sistema económico que no tenga a la explotación ambiental y al crecimiento económico como sus principales baluartes para generar prosperidad en nuestras sociedades.

Por ello considero que el decrecimiento sería una respuesta acertada ante los peligros que representa la falta de acción por parte de los gobernantes mundiales. El decrecimiento como corriente social surgida del ecologismo radical cuenta con una perspectiva ajena a los valores representados por el discurso tradicional desarrollista. Ese modelo que basa su premisa en crecimiento económico sin límite, a costa de la explotación ambiental como fuente de riqueza, ha sido sin duda alguna el causante a que existan propuestas innovadoras que respondan al neoliberalismo y sus contradicciones presentes en el tradicionalismo desarrollista.

Dicha respuesta la encontramos en el decrecimiento y su perspectiva, asumiendo que existe una salida a la sociedad de consumo a través de un cambio en la vida cotidiana de las personas que vaya asociado con un modo de vida amigable con el medio ambiente, y con una perspectiva que busca resolver todo aquello que ha sido abandonado por los ideales del crecimiento económico.

La actual crisis mundial desatada por la pandemia de COVID-19 nos exige, como mínimo, plantearnos las siguientes preguntas: ¿Qué somos como sociedad? ¿Hacia donde vamos? Y sobre todo, ¿Qué queremos como sociedad?